Opinion

Antitaurinismo, situación actual y perspectivas de futuro… Parte dos

El antitaurinismo en la era de la globalizaciónBases sociológicas y antropológicas del nuevo antitaurinismo. Como vemos, hasta el momento la reprobación antitaurina ha sido centrada en el ser humano, en su condición y en sus deberes ante la religión, la moral y la sociedad. El animal, aquí, queda en la periferia, siendo a lo sumo el objeto de la obligación de no maltratarle inútilmente.

Es una crítica de carácter humanista, como lo es también la tauromaquia, en la que se reflejan los valores de las dos ramas -grecolatina y judeocristiana– de ese humanismo que cimienta la civilización mediterránea y occidental.

En esta civilización –la nuestra hasta el momento– el hombre, como espíritu, está en el centro de la creación. Vive, sufre y muere como todas las criaturas animadas, pero su inteligencia termina por someter a los seres irracionales.

Éste es el significado de los mitos fundamentales de nuestra cultura, entre ellos la lucha de Teseo contra el Minotauro, que de alguna manera resurge en el ritual de la corrida.

Sin embargo desde las últimas décadas del siglo XX, en un mundo cada vez más sin fronteras, donde las normas tienden a uniformizarse, nuevos vientos están soplando. Traen mayoritariamente aires anglosajones y también, por medio de muchos componentes de la generación del 68, disgustados por la sociedad y atraidos por filosofías orientales –los famosos beatniks de Katmandou-, consignas de no violencia y de amor absoluto entre todos los seres que viven bajo el sol.

Entre éstos no existe separación ni, en el fondo, jerarquía.

Lo afirman Darwin, tal como se le simplifica ahora, y el Dalai Lama. Humanos y animales se equiparan. Tal planteamiento lleva al animalismo que sustenta el antitaurinismo y que se impone en la opinión «bien pensante» o «políticamente correcta», a nivel planetario, por diferentes modos y etapas.

Walt Disney sigue reinando en nuestras mentes. En sus documentales ha despertado, en los que vivimos en ciudades alejadas de ella, nuestro interés por una naturaleza valiosa en todos sus aspectos, que merece ser preservada como tal, y en sus dibujos animados, con un talento fuera de serie, ha sustituido a los humanos por los animales.

Unos animales muy simpáticos y más listos que nuestros congéneres. Sonríen, hablan, no se matan ni se comen entre sí, y terminan por triunfar, alegres de la vida.

La violencia y la destrucción, por ejemplo en Bambi, pertenecen a los hombres, no a ellos.

Bien es verdad que Disney ha contribuido a extender en toda la tierra la preocupación ecológica y a llamar la atención –¡con razón desde luego !– sobre los desequilibrios y atropellos cometidos por los hombres en su afán incontrolado de riqueza. Un sinfín de películas han tomado el relevo y, en la misma dirección, promueven el respeto del medio ambiente, de la vida salvaje y de los animales.

Éstos son los protagonistas de innumerables y cotidianos programas televisivos a ellos dedicados, por ejemplo Aquí la Tierra en TVE. Salvajes o no, nos encariñamos con ellos y necesitamos su contacto, incluso o, mejor dicho, sobre todo en las grandes ciudades donde muchos, en particular los mayores, sufren de aislamiento afectivo.

Se expande el imperio de las mascotas que, además de constituir un mercado cada vez más suculento, a veces, se convierten en verdaderos sustitutos de humanos en el afecto de sus dueños.

En todo caso son el elemento principal de esa ecología urbana que, por razones obvias, ha perdido el contacto con las realidades del campo, en el cual los animales, aunque queridos y cuidados, se crían y se matan para nuestro consumo.

¡Cuantos jóvenes, ahora, van al supermercado a comprar carne como si fuera un producto manufacturado, olvidando que se debe a una matanza previa y necesaria!

El problema es que en la corrida se realiza, y en público, esa muerte que no quieren ver, esa muerte que condiciona el triunfo de la vida y del arte. La muerte, en efecto, hoy en día, salvo en escasas regiones mediterráneas, en el ámbito social, tiende a convertirse en algo poco menos que indecente.

Ya no se ostenta en la calle como antes. La vejez y el final de la vida se encierran en residencias y hospitales, las exequias, si no tienen un particular significado de cara a la actualidad, se hacen discretas y se reservan al entorno de la familia y de los íntimos.

Claro está, nuestros hogares quedan repletos de imágenes de catástrofes, terrorismo y actos de guerra, recogidas en todo el planeta y vehiculadas por la televisión, pero precisamente esa abundancia de noticias, más o menos lejanas, produce un fenómeno de banalización y casi nos convencen de que quedamos fuera del alcance de esas tragedias.

Uno entiende por lo tanto el escándalo que constituye para muchos el espectáculo en vivo y cercano de la sangre y de la muerte del toro y, a veces, del torero, aunque esto ya no indigne tanto a la mayoría de aquellas almas sensibles.

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* A las cuatro en punto, obra del Maestro Rafael Sánchez de Icaza

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