En Manizales… ¡Grandeza y Verdad camino al destazadero!

Monumental plaza de toros de Manizales, Colombia. domingo 9 de enero, 2022. último festejo de la 67 Temporada taurina de Manizales, correspondiente a una corrida de toros. Se lidiaron astados de Ernesto Gutierrez, producto de la mezcla torerista entre los encastes Murube y Santa Coloma; anovillados, mansurrones y bobalicones, con movilidad sí pero vaciados de todo lo que hace bravo al toro.

Julián López El Juli: Dos orejas simbólicas tras inexplicable indulto y oreja.

Luis Bolívar: Palmas y dos orejas.

Tomas Rufo: Oreja larga y silencio tras aviso.

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Por estas fechas en el año 2.020 en una crónica titulada “¡Tenemos la fiesta que merecemos!”, este servidor escribía:

Lo que pudimos observar fue al toro en su más mínima expresión, subyugado, domesticado y descafeinado, una sombra sin casta ni esencia, que al estar desfondada optó por refugiarse en tablas o rodar en la arena”.

Han pasado más de dos años, se ha revolucionado el mundo a causa de una pandemia y puedo observar con asombro, indignación y enfado, que seguimos igual, el eterno retorno a lo mismo; la circense repetición año tras año de una tragicomedia en la que se enmascaran toda suerte de canalladas que en otras plazas serían motivo de escándalo y en esta Manizales son insumo para la celebración y el júbilo.

Y aunque desde la presentación del cartel todo pintaba a mal, quien escribe, guardaba dentro de sí la esperanza de que empresario, ganadero y toreros, animados por el espíritu de renovación y reinvención, tomarán la senda de la verdad y por primera vez en más de una década, dieran cierre con grandeza y dignidad a esta temporada; empero, como lo sentenció Calderón:

La vida es sueño y los sueños, sueños son”.

Así las cosas, estimado lector dispóngase a recorrer, párrafo a párrafo la “Crónica de una muerte anunciada”, muerte de la grandeza, muerte de la verdad, muerte de la liturgia y el respeto al rito, muerte que propicia el triunfalismo engañando al generoso público que, cegado por el destello del oropel y la rimbombante verborrea de la prensa corrupta, termina aceptando lo inaceptable, conformándose con espejismos hechos a punta de adjetivos y grandeza de segunda mano.

Retomando mi indignación de hace dos años, sólo me resta recordarles lo también escrito en mi crónica de entonces:

La fiesta de los toros pervive gracias a que ella se alimenta de la verdad, del peligro y la emoción, subsiste por esa mezcla de temor y temblor que inspira la cercanía de la muerte; no por los engaños y las farsas que figuras, empresarios, ganaderos y periodistas, han querido vender como la evolución del toreo, miserable fábula que se inventaron sanguijuelas de la fiesta que a falta de valor se resguardan en vulgares espejismos”.

Julián López El Juli: Dio clase de su ya conocido destoreo, con el cariavacado Profesor (476 kilos), llevándolo con el pico de la muleta, toreando a kilómetros, y prodigándose con el trapo, en ocasiones con temple, en otras dejando puntear o enganchar los engaños; el animal, uno de esos caramelos de torifactoría no se cansó de pasar una y otra vez, logrando así el favor de la mayoría de los asistentes que, en un acto más pasional que racional, solicitaron un excesivo indulto que la díscola presidencia termino concediéndolo sin ningún tipo de reparo. De nuevo la idultitis suma al declive de la fiesta.

El segundo de su lote, Soberano (454 kilos), fue un animal flojo de los remos delanteros, exigiendo la ya tradicional faena para tullidos y limitados que es tan propia de este tipo de ganaderías; así se paso el señor Juli jugando al toro con un animal que en ningún momento presentó peligro, grandeza, casta, bravura, y demás características que hacen grande la fiesta. El animal no se cansó de repetir, El Juli, no se cansó de hacer su show. Con la espada el ventajoso julipié, cortando una oreja.  

Luis Bolívar: Se encontró con un pequeñajo y anovillado Turpial (484 kilos) que apenas cumplió en los dos primeros tercios, delatando su completa mansedumbre ante la franela de Bolívar, rehuyendo, gazapeando sin enterarse y buscando el arropo de los tableros; jocosamente me dice Emanuel Sanchez, “Los amigos del engaño no dirán que es un toro rajado, ellos prefieren decir que es abanto”. Ante la falta de insumo, el de Cali optó por abreviar, tras un pinchazo dejó estocada en buen sitio, haciendo doblar al bicho. Leves palmas para el matador, y pitos en el arrastre.

Peor presentando fue su segundo, Colegial, un animal típico buey de pesebre que, rebosado en carnes y cornimocho, resume el modelo de toro de esta casa ganadera; el primer tercio fue feamente instrumentado casando al bicho en las tablas, seguidamente, los rehileteros pasaron medrosos; con la muleta Bolívar montó faena pensando en la gradería: rodilla en tierra y lances facilones, todo a media altura pues el bicho se sentía podido al pedirle humillar.

Bolívar buscó el indulto, pero, el ganadero se negó a concederlo (si, leyó bien, en Manizales cuando se lidia esta ganadería es el señor ganadero quien decide lo que se hace); sin posibilidad de irse por la calle del medio, entró a matar dejando imperfecta ejecución, que la enardecida plaza premio con dos orejas larguísimas y una vuelta al ruedo a un mansurrón flojo de fuerza que se dejó hacer. Estas cosas sólo pasan en Manizales.

Tomas Rufo: Debutó en ruedos americanos ante Rapuncel (508 kilos) un animal de feas hechuras rematadas por una acapachada cornamenta, un típico toro de Ernesto Gutierrez que al mitigar el peligro propicia ese toreo pirotécnico que entretiene, pero carece de virtud al ser sólo una exposición de técnica más no de valor; pues así se lo paso por ambas manos, en ocasiones con mayor tino en otras trastabillado; Una faena sin alma que no dijo nada. Cerró por Luquesinas, y despachó con una correcta estocada. Oreja.

El cierra plaza Adinerado (486 kilos) como sus hermanos fue un dechado de mansedumbre, limitando de casta y carente de toda bravura; un bicho que en lugar de combatir buscó las tablas, mostrando que la genética no engaña y que la sosería le viene como propia; el novel torero, aún sin dominar la lidia de tullidos, muy propia de su padrino de confirmación, trato de hacer y nada pudo. Dejo una estocada en mal sitio y despachó tras aviso.

Se cierra de esta manera una nueva temporada en Manizales, quedando en el aire más sombras que luces, tres indultos sin ningún tipo de argumento, el triunfo diario de cada día para las figuras, una presidencia antitaurina sin más criterio que el que ordenan desde los despachos o el callejón, y una afición generosa que no merece más engaño pues mientras sigan los mismos con las mismas, las arcas seguirán llenándose, las figuras continuarán triunfando y la grandeza, la verdad seguirán su triste camino al destazadero.

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Sirvan las imágenes del buen Emanuel Sánchez, de colofón para esta crónica

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@Manzanarestoro

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