En Cali… ¡Sin toro no hay fiesta!

Se celebró la cuarta corrida de la feria con casi lleno en la plaza, por fin una buena entrada, y toros de Las Ventas del Espíritu Santo, desiguales de presentación y de mal juego, sin fuerzas, flojos, derrumbándose, tanto que dos se devolvieron y salieron en su reemplazo dos pequeñajitos impresentables de Ernesto González Caicedo.

Enrique Ponce: Dos orejas, vuelta al ruedo y saludo desde el tercio.

Roca Rey: Silencio, silencio y palmas.

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En los altos del tendido siete, ¿que coincidencia no? una valiente chica mostró durante varios pasajes de la corrida una pancarta que lo decía todo, “Sin TORO no hay fiesta” y eso es lo que ha ocurrido en Cañaveralejo y es lo que viene sucediendo desde hace mucho, mucho tiempo en la fiesta que hoy tenemos.

Los toreros con talento y con cualidades artísticas de excepción, a los que llamamos figuras, han terminado deformando lo que alguna vez conocimos como fiesta brava. Han exigido y manipulado tanto al toro con anuencia de la gran mayoría de ganaderos que hemos llegado a un punto del que creo no hay retorno.

Un toro que no es toro sino un pseudo toro, tonto, bobalicón, sin raza, sin fuerza, derrengado, que pasa por la muleta pero sin casta alguna. A muchos de estos pseudo toros hay que cuidarlos para que aguanten, óigase bien, cuidar a un toro, todo un contrasentido.

Y luego el gran público cree que estos toreros figuras son los grandes héroes que salvan una tarde como la que vivimos en Cali y que hacen frente a los “villanos” (toros mansos) que salen por chiqueros como si con ellos no fuera la cosa. Cuando son los grandes gestores del desfonde de la casta y la bravura que padecemos sin remedio.

Claro está también los ganaderos, que otrora tenían el poder de la fiesta de los toros en sus manos, lo han cedido mansamente, nunca mejor dicho, al poder que dejaron emerger de tanto complacer las exigencias y que se encarnó en lo que se denominan hoy las figuras del toreo.

Y paralelo a todo esto se gestó otra pseudo especie que fueron los toreros ganaderos, de la que hoy hace parte César Rincón, gran figura del toreo y que hoy sufre los rigores de ser ganadero. O sea más que un contra sentido.

César Rincón, cuando fue torero, y que torero fue, despertó los más grandes clamores en la plaza de Cali y en las plazas el mundo, pero con los dos encierros que ha presentado esta temporada en Cañaveralejo ha despertado la furia tanto de aficionados de verdad como el espectador de aluvión que vino a la plaza porque era el mejor cartel de la feria y porque era el último viernes del año.

Pero es que César se ganó él solito esa furia del noble público caleño, porque trajo un encierro indigno en presentación el día de ayer y porque hoy se le derrumbaron todos su toros, con una debilidad extrema que exacerbó los ánimos ya calientes por el bochorno del día anterior. Y estos, señores, son los toros que se pelean las figuras, estos son los que imponen en los despachos.

Ante este ruinoso material Enrique Ponce, con su acostumbrada elegancia y parsimonia, quedó como el querubín de la tarde por una faenita de las suyas, en donde cuido al torito de Las Ventas para que no perdiera las manos y con sus tradicionales circulares imantó y templó la embestida dulzona del torito e hizo las delicias del gran público. El “héroe” emergió pero el pecado ya está contado. Dos orejas y paseo triunfal.

Como lo ha dicho desde hace mucho tiempo el gran amigo de esta casa, Antonio Lorca, «… Ponce es el rey de los toros inválidos y amuermados«, se acostumbró a ser enfermero de toros, tanto en Europa como en América y el gran público le agradece como si fuera el gran salvador, cuando es uno de los grandes promotores de este tipo de toros, de esos que no se pican y hay que cambiar con dos pares de banderillas porque no aguantan más, porque se desfondan. A Lima incluso trajeron una mini corrida de Daniel Ruiz. Eso es lo que exige una figura del toreo, para que se enteren señores.

A su segundo, el primer remiendito de González Caicedo, lo tuvo que perseguir casi cinco minutos para ver si el torito quería pelea. Y por supuesto, como casi siempre lo hace, que lo metió en la canasta con su donosura y facilidad, pero eso no es el toreo señores. Cuando un torero tiene que ir detrás del toro para que este embista es que algo falla. Y algo está fallando desde hace mucho. Pinchó y hubo vuelta al ruedo por su “¡maestría!”.

No es broma.

Al tercero, el castaño requemado, no le llegaron a picar, – oye apoderado, yo quiero esos toros para mí, que son los me gustan, sino diles que no voy a Cali –  y vuelva a ponerse la batola de enfermería y venga ya a cuidar a otro toro. Mato mal como es costumbre y saludó desde el tercio en agradecimiento. No es chiste, así sucedió.

Roca Rey estuvo como ido, sin el punch de siempre, aplacado y sin capacidad de reacción, pasó desapercibido con el agravante de querer alargar una faena sin sentido al torillo (mejor dicho novillito) de González que salió de sobrero en quinto turno, al que también tuvo que perseguir para que el animalito tratara de embestir. Ni eso logró. A Roca ya le metieron en la noria de las figuras y pasó a exigir torillos de oropel cuando hubiera podido revolcar todo el sistema y ponerse en la otra acera y decir no señores, aquí viene uno que va a pedir toros de verdad y el que pueda que me siga. Por ahora no ha sido así.

Si alguien cree que lo de ayer en el primer toro es la fiesta, está muy equivocado, es una burda parodia en donde los villanos fungen de héroes y salvadores y así nos va. La figura de la tarde salió rauda por los altos de la plaza, sin vítores, ni salidas a hombros, ella no lo supo, empacó su pancarta, pero dijo lo que tenía que decir.

¡Sin toros no hay fiesta!”.

Y, no la hubo, así muchos lo creyeran.

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