Desde Lima, una anhelante mirada hacia la Monumental México

Siguiendo el axioma aquel que confiere universalidad al toreo, intentaré adentrarme en la historia prodigiosa de la Monumental Plaza de Toros México al cumplirse el 75° aniversario desde que abriera sus puertas y de cuya mayestática envergadura testifican las imágenes de El Encierro en su mástil mayor; de los egregios Luis Castro El Soldado, Manolete, Luis Procuna, Silverio Pérez, Fuentes, que cual adanes hijos del valenciano artista Alfredo Just Jimeno, cuidan inmutables y silentes su contorno.

Desde el cielo, cuando la inminencia de la capital azteca se hace previsible, nos reciben esos dos enormes círculos adyacentes uno del otro, el coso de la calle de Insurgentes y el estadio de fútbol. Entonces, ineludible, el asombro se hace la primera postal de nuestro gozo.

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Pensar que su propia gente la miró en principio con desdeñosa indiferencia y mal augurio. ¿Pero acaso no es de ese modo que se forjan los amores duraderos? No la creían imaginable a no ser que fuera copia de versiones mozárabes peninsulares. Más tales atuendos no le hicieron nunca falta para erigirse en el recinto mayor del mundo, aquel capaz de albergar la hasta ahora y ya por siempre inigualable cifra del medio centenar de miles de almas acostumbradas a colmarla.

Como antaño.

México, qué duda cabe, ha aportado tanto al mundo del toro dando muestras de insumisión o momentos de incertidumbre, como aquella etapa de prohibición de la fiesta extendida a casi dos décadas entre 1867 y 1887; y de apogeo, cuando volvió la mirada hacia adentro logrando lo que casi no se repitió en América: dar temporadas enteras solo con toreros de casa.

Y vaya qué toreros.

Desde Rodolfo Gaona, Jesús Solorzano, Luis Castro El Soldado, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Silverio Pérez, Fermín Espinoza Armillita, Luis Procuna, Carlos Arruza, Fermín Rivera, Manolo Martínez, entre tantos otros que harían una lista extensa el nombrarlos a cada uno.

En tanto, poco a poco los viejos y concurrentes aficionados de recintos como El Toreo de La Condesa, o vecinos de tanta prosapia que como Octavio Paz declamando a los amores ensimismados cosas así: «Te prometo luchas y un gran combate solitario contra un ser sin cuerpo. Te prometo una tarde de toros y una cornada y una ovación…», iban tomándole el pulso a este inmenso coso horadado en las entrañas de un suelo teñido de sangre y curtido por el sol. Azteca y español, pero lo primero por su supremacía indómita y lo segundo por su heredad occidental.

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Martín Campos visitando al monumental coso de Insurgentes

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Empero, del fervor que propició el apogeo de la Monumental, de tanto haberse acostumbrado al toro bonancible y mansurrón que tras un pase queda parado echando la cara arriba evidenciando la declinante ausencia de casta, pobrísima bravura y edades tiernas, algunos acuciosos buscarán el origen de esta decadencia en la etapa final del que fuera uno de los ases aztecas: Manolo Martínez.

Resignados, durante los años noventa, los pocos fieles que fueron quedando, hubieron de conformarse  ideándose para sí mismos un juego auto hipnotizador que no les hiciera perder el entusiasmo aún latente aclamando el tremendismo de la nueva generación de diestros nativos contagiados por el paroxismo y la ampulosa locución de los narradores televisivos.

Entre hierros y herrerías, las cosas no mejorarían; algunos avisados aficionados, dirían…

¿Tras setenta y cinco años, con gustos y sinsabores, es posible mantener aquella fidelidad que cual amantes no correspondidos —o desencantados— sostengan los aficionados con Insurgentes?

Seguro que sí, siempre y cuando se les devuelva la esperanza de creer en el regreso del espectáculo íntegro y los de apellidos que suenan a pillerías no vuelvan más, o sí lo hicieran sea salvo con la debida y aprendida lección.

Para los amigos de allende, de ese México lindo y querido, sepan disculpar alguna impertinencia de un limeño que no tendría por qué estropear el happy birthday feliz a un ícono mundial del toreo.

No pretendemos eso, de ninguna manera que no sea solo anhelar vuelva toda esa gloria lejana tanto para aquella Monumental como para la nuestra propia de la ribera del Rímac, distintas en su personalidad como menos ajenas en cuanto a una realidad acaso compartida por la arremetida de los tiempos modernos.

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