En Aguascalientes… Alucín Poncista; Payo armó el verdadero aquelarre

Espectacular lleno en la Monumental de Aguascalientes, novena corrida de la Feria de San Marcos 2018. Se lidiaron toros de Bernaldo de Quiroz, 1ro bien presentado, manejable que recibió arrastre lento, 2do justo de presencia y manso, 4to de muy escasa presencia que fue regresado a los toriles y 6to muy escaso de presentación, complicado. Los de La Estancia, 3ro muy justo de presencia y de mal juego, 4to (Bis) mejor presentado y manso, 5to justo de presencia y malo. Uno de regalo de La Joya muy bien presentado que se rajó al final, pero aun así le dieron arrastre lento.

Enrique Ponce: Orejas y rabo protestado y leves palmas.

Octavio García El Payo: Al tercio, leves palmas y ovación.

Diego Silveti: División de opiniones y vuelta al ruedo protestada.

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Hechizos y pociones se vertieron hoy en la Monumental, hoy cual caldera de bruja se añadieron al fuego distintos brebajes que hirvieron echando humo. Unos frasquillos de aquella pócima contenían toreo verdad, carácter y entrega y de otros recipientes salieron gotitas de aguas verdosas, toritos sosos y dóciles, premios exagerados y auto complacencias tan fétidas que hicieron asquearse al monstruo de mil cabezas que, se lo tuvo que beber.

La faena de Enrique Ponce al primero de la tarde fue… bonita sí, de esas como las colegialas de las cuales los hombres se enamoran… pero al final no se quedan con ellas. Ponce preparó el brebaje perfecto para encantar a todos, contenía pinceladas, detalles y momentos de su muleta que desprendieron humos de colores que fueron subiendo hasta la última grada del coso hasta hechizar al tendido, al inicio el astado fue repetidor y constante, con una embestida prolongada, pero sin ese punto de fiereza y bravura que se espera de un toro BRAVO (valga la redundancia) comenzó por alto, pero cuando le bajaba la mano el astado doblaba y el viento también quiso participar, acción que provocó que Ponce se molestara con los Dioses por enviar brisa fresca que le movía la muleta.

La pelea de gallos sonaba en las alturas mientras se añadían a la poción los trincherazos, Ponce se daba a torear por bajo y en redondo a un toro que sólo pasaba sin provocar los miedos. Naturales largos para rematar con el pase de pecho deletreado, siguió con la zurda llevándolo embebido a su muleta, ya más por inercia que por fiereza, los cambios por delante ligando el pase de pecho. Por derecha unas veces no tan limpios y no tan ciertos tomando la muleta de la esquinita, es la verdad.

Y no podían faltar, llegaron las famosas poncinas que a muchos encantan y otros detestan, y su autor prosiguió así con la cómoda embestida de su colaborador, mató de entera caída y el juez de plaza, Ignacio Rivera Río, quien al parecer se bebió la pócima entera del brebaje poncista, cegado por el éxtasis del rito,  en un microsegundo su pañuelo verde apareció para la sorpresa de todos, que en ese momento despertaron del encantamiento, volvieron del Sabbat y le protestaron los máximos trofeos al valenciano, pero a él no le importó y prosiguió su andar por el redondel orgulloso del alucín provocado.

Su segundo fue otro de Bernaldo de Quiroz, un chiquitillo grácil que desde que saltó al ruedo se llevó las protestas airadas, hubo que ser devuelto y en su lugar salió el reserva de La Estancia un poquito mejor presentado con el que Ponce realmente muy poco hizo, algunos tersos por bajo, pero la mayoría de las veces protestándole la muleta, tomándose de los cuartos traseros, extendiendo la labor pero nada más. Múltiples pinchazos, un aviso y leves palmas.

Cánticos antiguos, olés profundos sonaron en la Monumental, ésta vez el que armó un verdadero aquelarre fue Octavio García El Payo ante un imponente astado de La Joya al que le pudo. Desde que salió por toriles el bello jabonero fue aplaudido por su estampa, los lances a la verónica y la media torera embrujaron a la concurrencia. El astado desde inicio le dejó en claro que la cosa no se las pondría fácil.

¡Vaya gran momento del Payo al bregar a su toro, olé que arte!

Así lo colocó en el caballo donde peleó, pero terminó huyendo. Para iniciar el tercio de muleta, El Payo le llamó a los mismos míticos Dioses para ofrendarles el momento de arriesgar su vida en un escalofriante cambiado por la espalda que tocó las fibras de los más incrédulos, de los más inquisidores, hasta de los no creyentes.

Los llevó hasta su rincón para enseñarles lo que es someter y dominar a un SEÑOR TORO, que de principio tuvo una embestida fuerte y briosa, pero conforme fue pasando la lidia terminó rajándose, huyendo a su querencia natural y hasta él tuvo que ir el torero para hacerlo pasar por su muleta, un Payo serio, firme, poderoso y sin florituras. Falló con la espada, el astado tardó en caer y todo quedó en una merecida y cerrada ovación, de pie señores, aplausos a la verdad.

Con los de su lote El Payo estuvo voluntarioso y entregado, pero tenía enfrente a dos imposibles a los que sólo había que sacrificarles.

Al hijo del rey David; Diego, le correspondió en primera instancia un astado muy justo de presencia que fue protestado desde su salida, de muleta sus ofrendas no sirvieron de mucho, tandas por ambos sin encontrar el temple, ni el ritmo. Por izquierda dejándolo pasar sin rezar el ritual completo, unas veces el sustillo lo hizo echar pá atrás, malo como la magia negra fue el de La Estancia, por ello Diego Silveti fue invisible, terrible bajonazo para escuchar división de opiniones.

Con el otro, un justito de Bernaldo de Quiroz que recibió una breve puya, Silveti quitó correctamente por gaoneras y revolera sin mover las zapatillas de la arena, se lo pasó por la espalda y luego remató por alto provocando los olés del tendido. El astado unas veces metía bien los pitones y a la siguiente salía suelto, Silveti tenía que cazarle y le extrajo así medios pases.

En ese empeño estaba cuando en lo alto el juez de plaza mandó a sonar la charanga y ¡venga la Pelea de Gallos, para ver si así la gente se anima y mágicamente las notas se meten como alucinógeno a sus venas y provocan que el sino de Silveti cambie…!

Pero no, esta vez la misma gente mandó callar a la banda sinfónica porque en el ruedo no se desarrollaba una faena importante. Pegado a tablas Silveti continuó aguerrido su labor, desesperándose porque no obtenía respuesta.

Al final se tiró a matar dejando estocada entera en buen sitio y la gente en reconocimiento a su esfuerzo lo invitó a saludar al tercio, pero el joven Silveti pecó, no se conformó con eso y sin que nadie lo solicitara incumplió el séptimo mandamiento y se dio una desangelada vuelta al ruedo por su propia cuenta, derrumbando las palmas sinceras que le había concedido la afición, ganándose así la inquisición, a la hoguera lo mandó  la gente que mostró su descontento con pitos y otros con la triste indiferencia mientras recorría el redondel, cual si se dirigiera al limbo.

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@AnaDelgado28 

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