En la Opinión de Pepe Mata… La insustituible verdad y grandeza del toro bravo

Nunca me preocupo por la acción, sino por la inacción”: Winston Churchill

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  • Advertencia: Siempre es oportuno advertirle tanto a ganaderos como a toreros que esta artículo no es apto para ellos, porque aquí no aparecerán ni los falsos elogios ni las inútiles justificaciones para acomodar todo en una artificiosa ficción y así dañar al arte del toreo. Para ello, existe la prensa corrupta, la que enaltecerá el engaño e intentará convencer a la buena fe de los lectores de lo que no ocurrió en el redondel. Bajo advertencia… no hay engaño.

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Hoy es Noche Buena y mañana Navidad… bueno, parece una frase hecha, pero que refleja la verdad de un hecho ya insustituible, como debiera ser así en todas las plazas de toros del mundo… el toro bravo, encastado e íntegro.

Un hecho que se ha tomado como símbolo para una época específica del año en donde todos se convierten en buenos y comienzan a transmitir sus mejores deseos. La reminiscencia misma de la bondad, de la generosidad invade al mundo, aunque luego pasen unas horas y todo vuelva a la anodina normalidad de las cotidianas intenciones y consecuente conformismo.

Hace ya muchos años… en la Fiesta -al margen de mi eterna juventud- he escuchado las buenas intenciones de tantos, en las que anuncian ofrecerle la verdad al público y cumplírsela.

Una frase hecha pero certera que proclamaba mucho el siempre admirado y bien recordado Maestro Pepe Alameda, quien afirmaba igualmente, que el “… público siempre es primero“.

Lástima grande que ni para los empresarios ni para las llamadas figuras que deformaron en simples e inútiles figurines, tuvieron la capacidad para entender de esta frase maravillosa y de la inobjetable responsabilidad que tenían frente a un público que les dio todo y, ellos, -los figurines– no le cumplieron en nada.

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Por más de tres décadas, Enrique Ponce, Julián López El Juli -quien estará cumpliendo 25 años de alternativa el próximo 2023-, Morante de la Puebla, se dieron a la fácil y reprobable tarea de ser hacedores en España de un espectáculo de oropel en donde se impuso el torillo bobalicón de Juan Pedro Domecq, consolidando un sistema ventajoso que sólo benefició a la comodidad de… los figurines.

Al ver más ganaderos que se vendían así muchos torillos bobillos para las llamadas faenas bonitas, decidieron unirse a la inadmisible complacencia y así las ganaderías comerciales se multiplicaron, no sólo en España, sino también en América.

Fue la época en la que el pequeñajo bobalicón y con escandalosa sospecha de despuntado, apareció con sobrada insistencia en México, haciéndose presente en todas las Ferias, hasta que el naciente internet también globalizó a la tauromaquia y comenzaron a darse cuenta todos de la Fiesta tan diferente que se producía, por ejemplo, en Las Ventas y del simulacro que ocurría en las demás plazas.

Sí, conocieron de la simulación que se estaba produciendo en el redondel con un toro no sólo disminuido en su casta y bravura, sino con alarmante y estentórea sospecha de manipulación de astas y de edad, porque parecían más jovenzuelos que un niño de pecho.

La Fiesta menoscabada comenzó hartar al público, hasta que decidió alejarse no porque no le fascinara el arte del toreo, sino porque el engaño les había conducido a la decepción.

Comenzaron a buscar pretextos para justificar la notable ausencia del público en los cosos taurinos; sin embargo, la única verdad era justamente la falta de verdad en el ruedo.

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Faltó la grandeza del toro bravo, encastado e íntegro y, con ello, la emoción que produce ver a un héroe que se impone a la temible fiera, la que una vez dominada, es conducida por el artista que logra consumar efímeros pero intensos momentos escultóricos.

La verdad insustituible del toro bravo, encastado e íntegro.

Sin esa verdad todo lo que hagan los figurines no pasa del mero anécdota tan vulgar como pretencioso y hasta podría ser cómicamente divertido.

¿Qué hacer?

Simplemente, devolverle la verdad a la Fiesta a través de enfrentar un día sí y otro también a ese mítico, mágico, enigmático animal llamado toro bravo.

Sí, como aquel toro blanco, poderoso en el que se transformó Zeus para seducir y raptar a la bellísima Europa.

Que los figurines no pueden, es tiempo de jubilarse como lo vengo sosteniendo desde hace más de 10 años.

Seguirle haciendo daño a la Fiesta con el engaño nada, absolutamente, nada beneficiará y sólo continuará perjudicando a una expresión milenaria.

Por otra parte, ahora mismo transitan por la tauromaquia, muchos jóvenes que sí poseen sobradas cualidades y pueden enfrentar la grandeza de esa verdad del toro en toda su dimensión.

¡Ahí estará el mejor regalo de Navidad!… el inmejorable regalo de Año Nuevo, volver a la esencia del arte del toreo a través de confrontar con grandeza al insustituible toro bravo.

No hay de otra.

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Casta y bravura… casta y bravura

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Epílogo

Queridos amigos sólo queda desearles que tengan una maravillosa Noche Buena y una aleccionadora Navidad. Sin olvidar que… sólo la verdad nos hará libres.

Dios les bendice.

¡Dígase la verdad… aunque sea motivo de escándalo!

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@PERIODISTAURINO 

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