El comentario de Martín Campos… El desconcertante palco sevillano y la digna grandeza de Roca Rey

Libertaste, por fin, mi lengua de las ataduras de las que ya habías liberado mi corazón” San Agustín – Confesiones.

Escribo esto desde mi corazón y a lengua despojada de toda circunspección posible, más aún si no cabe hacerlo al valorar el comportamiento de otro, que como yo, ejerce la función de Juez de Plaza. Pero aquí habla el crítico y no el juez. O de igual modo ambos. Que para el caso ya es lo mismo, puesto que de una u otra forma, prevalece el sentimiento de aficionado y aquello de las estigmatizadas incompatibilidades, pues simplemente no aplican.

Me refiero al controversial  (digámoslo benevolentemente) proceder del señor juez de plaza de La Maestranza de Sevilla el día de ayer al negar la concesión de la oreja del sexto toro que pidió, reclamó y exigió el soberano público en favor de Roca Rey.

Petición del público manifestada no de manera discutible, polémica, con división de opiniones; ni siquiera de la habitual forma mayoritaria que es como se conceden, no. Sino de modo ¡unánime! y contundente; distinguido colega, don Fernando Fernández Figueroa.

Ayer, lo suyo, no fue justicia. Fue la suya, únicamente. Emanada desde su caprichosa prepotencia. Quizás sea usted buen aficionado …al fútbol, y suponga que la llamada “ley de compensación” vale también para el toreo. En el deporte estrella, un referí puede —y sucede muy a menudo— errar al sancionar una falta, un penalti que perjudique a uno de los dos equipos y luego no cobre un gol válido o expulse a un jugador del equipo contrario “para compensar”. Lo cual no legitima la sanción aunque resulte legal aceptarla.

Pues bien, permítame contarle que en la tauromaquia, de esa que seguro conoce y entiende mucho más que yo, no caben compensaciones similares. Como que cada faena es una historia diferente, un capítulo aparte. Nada, bueno o malo, queda pendiente para resolverse en segunda instancia. Salvo la posibilidad para el torero de que las cosas le funcionen mejor, o peor, en el toro que le resta.

No solo por la reglamentación en sí misma, sino por el hecho contundente de la realidad y la costumbre, el primer trofeo se dice —y es— potestad exclusiva del público. Pero qué tanto se reserva este axioma al rol discrecional del Juez de Plaza.

¿Una estocada defectuosa, por más mayoritario el pedido, debería siempre ser validado para entregar el primer apéndice? ¿Una faena sin mérito pero efectista, de esas de algunos de nuestros pueblos y para espectadores festivos, lo merecería?

Pues, parece que sí. Aunque para usted, o para mí, o para cualquier otro que no concuerde, aplicando esa discrecionalidad que taxativamente los reglamentos no señalan en el caso citado de la primera oreja, actuemos en función de nuestro singular criterio. Bastaría ceñirse en estricto al tenor mandatorio del artículo correspondiente: “…la primera oreja la confiere el público”. No hay más.  Así de lacónico y rígido lo establece.

Pero ayer, señor, no fue el caso. Hubo un torero, Andrés Roca Rey, que instrumentó una importante faena a su primer toro, mató a la primera señalando bien con pinchazo hondo. El público exigió  de forma unánime las dos orejas de súbito pero el palco presidido por su señoría fue tomándose el tiempo hasta finalmente conceder la segunda. Bien.

Luego, llegó el otro capítulo de esta historia. Faena al sexto donde el torero hizo todo como es costumbre de la casa. Estocadón y, a cobrar pensábamos, pero no. Usted desoyó el mandato del soberano, canceló el Art. 59° de su propio Reglamento, hizo un mohín de indiferencia y partió para su casa dejando el albero maestrante hecho un adoquinado de almohadillas casi nunca visto antes, en medio de colosal bronca.

No recuerdo si la coincidencia lo ubica a usted también negando el rabo a este mismo torero no paisano suyo, vamos que tampoco es intención caer en banalidades chauvinistas puesto que el toreo es universal, hace dos años cuando igualmente aquella vez hubo total petición en La Maestranza tras la faena del sexto toro también de Núñez del Cuvillo.

Pero pierda cuidado, señor, a pesar suyo seguramente, mi paisano el torero universal Andrés Roca Rey que el viernes 6 de Mayo salió caminando de la plaza con el rostro sonriente, calmado, mostrando la dignidad de su inmensa grandeza; más temprano que tarde abrirá esa Puerta del Príncipe con absoluta e inequívoca justicia, como lo pudo haber sido ayer que su propia justicia, la suya particular, señor, no permitió, y que en cambio sí fue pródiga las tardes anteriores repartiendo por menos sus desconcertantes inequidades.

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