El comentario de Paco Cañamero… Adiós al año escrito con renglones torcidos

Agonizó 2020, el año traidor que nos robó tanta vida e ilusiones. El que mató sueños y nubló proyectos. El que nos tiñó de luto por tantos amigos que dijeron adiós.

Se fue el año maldito, el innombrable, el que dejó herrado de dolor y llanto nuestro corazón. El que provocó tanto desgarro.

Se fue el 2020, el año que el inmenso busque de la Fiesta debió atracar ante la zozobra hasta paralizar prácticamente toda su actividad dejando en quiebra a un montón de profesionales y, lo peor, el futuro lleno de interrogantes.

Se fue y quedará escrita su historia con renglones torcidos, cogiendo a todo con sorpresa y el paso cambiado.

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Se fue y nadie lo llorará.

Se tratará de olvidar, aunque el daño y el dolor quedarán presentes, como cicatrices que siempre brillan a los soles y los fríos, abriéndose las puertas a un 2021 que ya está escrito como la esperanza; aunque inevitablemente tampoco se sepa qué ocurrirá para frenar esta lacra que ha cambiado el mundo.

La lacra que ha hecho pensar en nuevas perspectivas, cambiar modelos de trabajo y de gestión, buscar nuevos horizontes para que la rueda de la vida no deje de correr. Mientras, todos los sectores han debido reinventarse, casi siempre desde la marcha. Todos han echado el paso adelante.

Todos menos el mundo de la Tauromaquia, dormido en sus laureles, encerrado entre las cuatro paredes de esa grandeza en la que habitan parte de sus protagonistas y sin ser capaz de reaccionar para buscar soluciones en el año que no se colgaron carteles de ferias.

Las plazas permanecieron cerradas y con ellos el mundo ganadero inmerso en una gravísima situación económica al carecer de ingresos, lo mismo que toreros, banderilleros, picadores, mozos de espadas y todo el sector que se mueve alrededor de la Fiesta (sastrerías, transportistas, veterinarios, veedores, imprenta…).

Desde que la pandemia llegó la Fiesta se ha estancado, sin buscar soluciones cuando ha tenido una verdadera oportunidad de regenerarse y de buscar su nueva perspectiva, además de forma de negocio del futuro, pues no olvidemos que vive anquilosada en otras épocas.

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La ruina ha llegado al campo y como gremio no ha sido capaz de exigir con la importancia que tiene ese sector; al igual que los toreros, quienes tardaron meses en hacerse oír y al final fueron callados como una propina más parecida al aguinaldo.

Todo ocurría mientras debieron escuchar un montón de improperios desde el Gobierno de Madrid, desde los ministros Ábalos o Uribes, junto a la totalidad de Podemos en su afán –y lo dicen a las claras- de acabar con la Tauromaquia.

Se aguantó el chaparrón y todos callados, desde la prensa tan servil y más dedicada a labores propagandísticas que de denunciar tantos atropellos.

Encima se intentó hacer algo y se hizo esa chapuza de la Gira de reconstrucción y no hizo más resquebrajar la estructura de la Fiesta. Porque se hizo sin pensar en un futuro y siempre para los mismos.

Aunque de ella lo más agradable fue la explosión del sevillano Juan Ortega, que debe ser unas de las referencias de los próximos años y a raíz de una magnífica faena en la Feria de Linares se convirtió en la sensación del año (quienes lo conocíamos eran conscientes que en cualquier momento iba a dar el golpe en la mesa).

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El resto fue todo simple, en algunas ocasiones incluso con corridas vergonzosamente mochas y anunciados los de siempre.

¡Cómo será para que un torero con más de 30 años de alternativa siga liderando el escalafón!

Lo peor es que el mundo del toro sigue encorsetado, encerrado en sí, con inmenso misterio en su organización, sin recibir frescura y con un empresariado nefasto.

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Nefasto y falto de lucidez, de creatividad, de saber abrir mercados y de generar ilusión.

Un empresariado donde los grandes casas han permanecido en silencio, escondidas y ofreciendo la lección más triste que recuerda la Tauromaquia, donde solamente se hicieron fuertes para denunciar a José María Garzón, que en el 2020 ha sido el empresario con ganas de hacer cosas y además bien.

Pues eso, tener ganas y hacerlo bien, como ha hecho Garzón, sirvió para que ANOET (que lidera el vendehúmos de Simón Casas), en una actitud mafiosa le intentase segar la hierba de debajo de sus pies. Y otra cosa, de esta ya hemos escrito mucho y lo seguiremos haciendo.

Pero si no hay emoción en el toro bravo que apaguen la luz.

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Torear no es dar pases bonitos, es parar, templar y mandar con el sello personal a un toro bravo y que con sus embestidas emocione al tendido, pidiendo un valiente que sepa crear arte, porque ahí surge la grandeza del toreo y en los aficionados hierve la sangre.

Mientras no se siga ese camino la Fiesta seguirá desintegrándose y llegará, más pronto que tarde su desaparición. Porque es vergonzoso que hayan tenido una gran oportunidad de regenerar y no haya propiciado más que nuevas grietas después de que los taurinos lo hayan escrito con renglones torcidos.

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@pacocanamero

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