Opinion

El comentario de Paco Cañamero… Manzanares y Robles, más allá de una amistad

El viejo Manzanares (José María Dols Abellán) dejó un imperecedero brillo en la Fiesta. Líder -junto al Niño de la Capea– de una generación, espejo del empaque, elegancia sobre las arenas o figura de figuras, como lo definió el gran peón Martín Recio. Todo sustentado en las sendas de una larga carrera con muchos compañeros de travesía, pero por encima del resto con un querido torero unido desde sus principios y del que ya nunca se separaría: El también llorado Julio Robles.

Cierto es que quedaron muchos otros nombres para su historia. Desde los tiempos de novilleros y primeros años de matador al formar el interesante dúo con José Luis Galloso. O después con El Niño de la Capea, con quien comparte un total de 287 corridas de toros para formar la gran pareja de los setenta y primeros ochenta. Sin olvidar a Dámaso y por medio Curro Vázquez, Domínguez, Ortega Cano…

También con los toreros de generaciones anteriores, ejemplo de Palomo, Paquirri o Teruel sobre el resto, pero también El Viti o Camino, con quienes sumó muchos paseíllos dentro de una carrera de fondo y aupada bajo la admiración despertada por su empaque.

Entre ellos cobra especial protagonismo el nombre de Julio Robles, quien conoce a Manzanares en tiempos de novillero a raíz de los primeros viajes del alicantino al Campo Charro, época donde se instala en Ciudad Rodrigo. Allí nace una estrecha vinculación, íntima que perdura para siempre, acentuada en las muchas tardes que comparten cartel y dejan la estela de su arte.

De entonces quedan triunfos mútuos en numerosas plazas –Valencia, Salamanca, Zaragoza, Bilbao, Santander, Ciudad Real…– fruto del brillante toreo de capa de Julio y las chicuelinas a mano baja de Manzanares. Del empaque de Robles con sus naturales ligados en redondo o la exquisitez de los derechazos de José María con el perfecto pase de pecho que los abrochaba.

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Julio Robles, Nimeño II y José Mari Manzanares

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Eran íntimos amigos, siempre juntos y tan unidos en la vida personal que los hijos del maestro alicantino se dirigían al charro con el trato de Tío Julio. A ese Julio que siempre tuvo cerca a su querido Josemari y con quien disfrutaba en su casa de Alicante, o en el invierno taurino del campo de Salamanca.

Junto a vivencias en América o cualquier punto de España o Francia. Inicialmente era Ciudad Rodrigo, lugar que forja la amistad, el que más frecuentaban, tanto que un grupo de amigos crea la Peña Manzanares para seguir al torero y juntarse a merendar, lo que da lugar a que ante las frecuentes ausencias taurino/jaraneras las mujeres se reivindicaran para fundar la Peña Femenina Julio Robles.

Siempre los dos, muy cerca y un ejemplo de ello es que un salón de la casa de Julio, en la finca ‘La Glorieta’, presidida en el horizonte por la inconfundible silueta de La Peña de Francia, en lugar destacado había colgadas varias fotos que inmortalizaban momentos de ambos. Como una salida en hombros en la Feria de Julio de Valencia. O tardes compartidas de San Isidro.

Pasa el tiempo y ambos disfrutando de las mieles de ser figuras, un día de agosto de 1990 llega la tragedia de Beziers y Josemari, al conocer la noticia, llora de rabia ante el amigo roto.

Desde ese momento vive con la amargura íntima y en cuando llega una ocasión lo anima con sus palabras de hermano del alma. Uno de ellos fue en la Feria de Hogueras de 1996 al cumplir el alicantino las bodas de plata de matador y en la corrida de la celebración brinda a su querido Julio en emocionantes palabras escuchadas en toda España gracias a que la corrida fue retransmitida por RTVE.

Siempre al lado y inseparable hasta que una fría tarde de enero de 2001 Julio emprende el camino de la eternidad y para Manzanares no había consuelo en un llanto íntimo y sincero.

El reflejo de una vida se vivió a la tarde siguiente en el cementerio de Ahigal de los Aceiteros mientras Robles recibía tierra y por las mejillas de Manzanares corren lágrimas de desolación ante el amigo que se fue.

Ya no había consuelo para él y, allí, junto a la tapia del camposanto con la cabeza apoyada en el brazo todo era amargura, hasta que Raúl Aranda se abrazó a él, que sentía como parte de su vida ya era historia y quedaba enterrada en ese rincón del oeste salmantino. De ese Julio Robles que fue su compañero de travesía durante treinta años.

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@pacocanamero

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