El arcón de los recuerdos de Jaime Sierra… Nunca dejes de verle la cara al toro

Dando continuación a mis vivencias taurinas, ahora les voy a compartir otro episodio de mis andares taurinos, que me enseñaron mucho en mi vida, formando mi carácter y ayudándome a doblegar mis miedos.

La similitud de los retos de nuestra vida, con toda su problemática que en ocasiones nos pone en duras pruebas, la comparo con la incertidumbre que representa estar anunciado en un cartel y enfrentar a un animal que sale a por todas tratando de echar mano de uno.

Seguramente les haré recordar momentos similares vividos por alguno de ustedes.

No todo es miel sobre hojuelas“… reza el refrán, y cuanta razón encierra. Siempre he afirmado que los refranes fueron hechos por sabios.

Con el gozo de esa primera vez y las historias contadas por mi papá y sus hermanos, que de jóvenes fueron amigos de toreros y buenos aficionados prácticos, me dedique a buscar oportunidades para “echar capa”.

A mi papá y tíos les motivo este hecho y volvieron a buscar sus contactos y así juntos pudimos disfrutar de tientas en la ganadería de Don Rafael González (QEPD), allá por los rumbos de Teocuitatlán, sí sí, en mi querido estado de  Jalisco.

Recuerdo que en una de estas tientas debutó mi hermano Guillermo y se llevó tremenda golpiza, que lo único que le hizo fue afianzar más su afición a la más hermosa de todos las fiestas, la Fiesta de Toros.

Andando un poco en la vagancia -claro amigos, vagancia sana-, conocí más gente del toro con la que me fui relacionando y así se apareció la  oportunidad de participar en una “novillada” en una placita cerca de Guadalajara. Obvio me emocione y le informé de inmediato a mi papá.

Al conocer la noticia de que estaba anunciado, me preguntó…

¿Estas seguro que son novillos de lidia?“.

Yo con seguridad rápidamente le respondí: ¡Sí!

Mientras él, con la sabiduría que tenía, sólo se encogió de hombros y me repuso ya lo veremos, ya lo veremos.

Llegó el domingo… en completo silencio mi padre me ayudó a vestirme y nos dirigimos a una población al sur de la ciudad, en donde festejaban la fiesta del Santo Patrono.

Desde lo lejos escuchamos, yo sobretodo con mucha emoción, a la tambora y el tronar de cohetones. Al llegar nos dimos cuenta que era una placita de trancas y había gran jolgorio.

De inmediato nos dispusimos a buscar a los  organizadores,  los que ya también andaban localizando a los otros novilleros incluidos en el cartel.

En medio del nerviosismo, de la ilusión de asegundar la puerta grande que ya les conté la semana pasada, esperaba impaciente; fue entonces que apareció uno de los encargados, quien se dirigió con seriedad a nosotros los toreros:

Señores ya va a ser hora, favor de pasar a los corrales a escoger su animal”.

Ni tardo ni perezoso fui con mi padre, y los demás hicieron lo propio con quienes les acompañaban. Cuando llegamos a los corrales quede petrificado:

¡Oh!… ¡Sorpresa!

¡Eran cebúes!

De inmediato, volteé a ver a mi papá y a mi hermano, debo confesarles amigos, que me dieron ganas de correr, pero ya no había tiempo para nada de eso, ni para mostrar debilidad.

Mi compromiso era torear, y yo lo había buscado, así que  debía respetar el acuerdo al que había llegado, ese valor me lo habían inculcado en casa desde siempre, y aunque aquí no se habían cumplido con mis expectativas, ya que yo esperaba un novillo, tenía que cumplir con mi palabra.

Así que a recibir una clase rápida de mi papá, de cómo enfrentar a un cebú apretalado:

No intentes quedarte quieto para nada, cita siempre de frente y tapado, torea por la cara y trata de sacarlo de su querencia”.

Se escucha fácil y sobretodo en una clase exprés, pero hacerlo en medio del terregal, de la euforia sin control de los asistentes, de la tambora, los gritos, los chiflidos y un cebú endiablado, créanme mis amigos, que en verdad fue un suplicio.

Aunque, debo decirles que yo aguanté e hice mi mayor esfuerzo, era mi compromiso, mi ilusión y tenía que responder; ésta fue otra gran lección que me estaba dando la universidad de la vida, desde las aulas de una muy pero muy incipiente tauromaquia.

En un pequeño receso de esas broncas embestidas que parecían olas interminables de bombardeo, meciéndose entre bramidos y cabezazos, corrí a las trancas para pedir un poco de agua y quitarme el lodo que se había formado en mi boca.

Ahí estaba yo, cuando de pronto en medio de la algarabía sin parar escuché gritos de desesperación que me exclamaban: “¡Cuidado torero!, ¡cuidado!“.

Cuando volteé el cebú venía sobre mí, mi padre que estaba sentado en la ‘comodidad‘ de una tranca lo distrajo con el capote pero…

… hizo por él. Al grado de que con un cabezazo que le pegó en un pie, lo aventó afuera de la empalizada.

Y, justo ahí terminó mi participación ese día.

Esta fue mi primera y última “chonada”.

De regreso a casa, agotado, lleno de tierra y mi papá golpeado pero con buen ánimo, me resaltó la experiencia obtenida de ese evento taurino:

Nunca aceptes sin saber lo que vas a torear, pero sobretodo, nunca dejes de verle la cara al toro”.

Y así ha sido, amigos, nunca he dejado de verle la cara al toro, consejo de mi querido padre, que no sólo lo he aplicado en los toros sino a través de mi vida.

¡Vaya experiencia!, y con este relato me despido afectuosamente por hoy, mis amables lectores, quedando el compromiso de volvernos a encontrar hasta el próximo recuerdo de mi arcón taurino.

Ahora, a quedarnos en casa, y no perderle la cara al coronavirus, porque le tenemos que ganar la pelea.

¡Que así sea!

#QuédateEnCasa

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