En el tintero del Abogado Pérez-Palma… Manolo Martínez, porque quiero ser torero; así comenzó la leyenda

Con presencia y personalidad, de esas que transmiten respeto, con mirada fija y arrogante,  de carácter seco, tosco y un toque de prepotencia, por eso los genios son diferentes, por todo ese cúmulo de detalles que los hacen grandes y a, Manolo Martínez, lo convirtieron en el último mandón de la Fiesta brava en México.

Manolo Martínez, el que encendía polémicas, pero que nadie le reclamaba después de ver su toreo, el que embroncaba, pero convencía con su arte, simplemente fue el último mandón de la tauromaquia mexicana.

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Así pisaba Manolo cada ruedo, despertando pasiones encontradas, dándole aire renovador a su arte del toreo, un visión moderna de aquellos años, imponiéndose sobre las figuras nacionales de aquel entonces Joselito Huerta, Alfonso Ramírez Calesero, Carlos Arruza, Manuel Capetillo.

Manolo demostró que el  toreo podía ser lento, pausado y con ligazón, sumando pases en un solo palmo de terreno, prácticamente las zapatillas clavadas en la arena, quebrándose la cintura en cada pase.

Un toreo que llevó a su perfección las chicuelinas, cada pase del desdén, cada martienete eran una majestuosidad, así plasmó Manolo Martínez su esencia, perfeccionando al arte mismo y así se expresaba del toreo; cuando el arte surge en el toreo, acaba con todo.

El toreo es arte“, afirmaba Manolo Martínez.

Hombre de pocas palabras que expresaba: “Torear es lo más bonito que hay”. Manolo hablaba con el capote y la muleta, con faenes lentas y largas, esos momentos únicos imborrables, que no se pueden describir sin emocionarse, eso momentos que hicieron a Manolo Martínez inmortal.

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El cite y el mando que Manolo poseía, lo plasmaba en cada plaza, así lo hizo con Carranqueño, al que prácticamente toreó con la mirada, un toreo  limpio, del derechazo, al natural, escribiendo una poesía de pasión, dejando una escultura en cada quite, en cada  pase.

Con Amoroso, demostró que la cantidad y la calidad, cuando eres genio tu mandas en la arena, hilvano once pases en un palmo, sólo girando el compas para darle seguimiento a cada derechazo diez en total. Lentos, extendidos con una cintura que se arremolinada al paso de Amoroso y un remate, para luego ligar ocho naturales.

Así toreaba Manolo Martínez, sin prisas.

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Corría las manos con sentido y distancia, llevaba a cada toro a su terreno para no atosigarlo sino considerarlo. Así llevaba a los astados, toda la arena le pertenecía. No había territorio inexplorado para el Mandón, hacia lo que quería y como quería.

Dijo alguna vez Manolo Martínez: “Mandón es un palabra que se usa en el medio de los toros, yo nunca me di cuenta que era el mandón”; pero mandó por diecisiete años como torero en México.

Solamente en la Plaza México fueron 91 corridas, 81 orejas y 10 rabos.

Hasta que aprecio Borrachón tras un largo natural de esos que únicamente, Manolo Martínez, sabia ejecutar y antes de hilvanar el segundo Borrachón no solo sintió, lo vio y al regresar al engaño para el siguiente natural, borrachón se enfrena y lo demás quedo la historia, Borrachón lo llevó de parranda al borde de la muerte y como todo buen  Mandón, regresó para dejarnos su arte, su tauromaquia.

La cornada es un error de los toreros, somos humanos, pero hay que estar ahí en el sitio de los errores. Para ser figura tienes que estar ahí.

Manolo Martínez fue todo un portento en el arte del toreo, una inspiración para escribir y cantar, un homenaje a la fiesta brava, portaba el traje de luces y transmitía emociones encontradas. El arte no concebía que la arrogancia  de un torero se podía transformar en una pintura, o en una escultura, si así fue Manolo Martínez, un artista del toreo.

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Manolo se despidió la primera ocasión con Toda una época, su  último toro. Se fue como los grandes, sin saber ya era una leyenda. Regresó a los pocos años un tanto aburrido del encierro, y así como regresó se fue en silencio.

Pero le faltaba la última vuelta al ruedo y con esa personalidad martinista, el Mandón seguía mandando y como ganadero dio su última vuelta al ruedo, tras el indulto de  Girladillo demostró que la casta y la bravura también habitaba en su ganadería.

A la edad de 50 años Manolo Martínez Ancira no pudo librar su ultima faena; falleciendo el día dieciséis de agosto del año mil novecientos noventa y  seis. El más grande torero mexicano del último cuarto de siglo XX. El último Mandón en México.

Hasta el día de hoy su presencia esta en cada ruedo, toda vía se escucha ¡¡¡Manolo, Manolo, y ya!!!! Manolo el Rey.

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@ALBERTO_SERFIN

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