En la Monumental México… Cuando los toreros son héroes; El Zapata por la puerta grande hasta el hotel

Monumental Plaza de Toros México. Domingo 12 de Enero, 2020. Décimo segunda corrida de la Temporada Grande. Unos cinco mil asistentes. Se lidiaron toros de Pozo Hondo, propiedad de Doña Ana María Rivero Llaguno y Don Ramiro Alatorre, correctamente presentados, mansos y con una leve casta. No pelearon con las cabalgaduras.

Uriel Moreno El Zapata: Oreja y dos orejas.

Jerónimo: Oreja y silencio tras aviso.

Antonio Mendoza: Vuelta y silencio.

Detalles:

Tras parear espléndidamente al cuarto toro -segundo de su lote- Uriel Moreno El Zapata fue invitado por el respetable a dar vuelta triunfal.

El gran subalterno, Cristhian Sánchez, escuchó ovación en el tercio tras parear al complicadísimo quinto.

Tras cortar tres orejas, El Zapata, fue conducido por los aficionados en hombros a rebasar la puerta grande, la Puerta el Encierro; una vez rebasado el umbral de la gloria, le han llevado hasta el hotel pasando por el Eje 6 Sur Ángel Urraza y por la interminable Avenida de los Insurgentes Sur.

¡Pifias!

El buenazo de Brauny otorgó una oreja tras bajonazo a, Jerónimo, quien realizó una faena interesante. ¿Habrá alguien que le diga lo que significa el respeto a la liturgia y al rito? Porque la inútil Comisión Taurina de la Ciudad de México cuyo patriarca es, Vicentico Bandín, quien ahí estaba continúa evaluando las pifias del buenazos.

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Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla”: Paulo Coelho

Hacía tiempo que un torero no causaba en la Monumental México, tal alboroto, tal cúmulo de explosión del sentimiento en el espíritu de los aficionados, como el que originó esta tarde, Uriel Moreno El Zapata, quien rebasó el añorado umbral de la gloria, la Puerta del Encierro, y fue conducido hasta su hotel en medio de la mirada incrédula, atónita, azorada, sorprendida, de los que transitaban por la calle.

Sí de la calle que circunda al monumental coso hasta llegar a la kilométrica avenida de los Insurgentes Sur y ahí tras varias cuadras (bloques), la estruendosa celebración al dejarlo en su hotel.

Sí sí, he visto salidas en hombros -a pesar de mi eterna juventud- muchas e importantes, pero en esta ocasión ha sido como si todos hubieran conspirado con el universo, para ver cómo su héroe conseguía en acto solemne ser ungido por el Gran Arquitecto con la misteriosa y renovadora luz de la justicia.

Y así fue esta tarde, se derribaron barreras, se derribaron muros de incomprensión, que se sumaron inexplicablemente, en el incansable andar por los ruedos del mundo, del torero de Apizaco (Tlaxcala).

Sí. Ha tenido la luminosa respuesta del triunfo, porque así se lo propuso Uriel, y el universo actuó en consecuencia.

Dos toros si bien complicados, con una mansedumbre evidente, no fueron ningún limitante para que el señor Zapata consumara dos faenas de importantes alcances arquitectónicos…

… con un sitio y un oficio indiscutibles, con una capacidad imaginativa contundente, con la apasionada entrega incontestable.

Señorito, herrado con el número 2, y con 551 kilos, fue su primer colaborador. Un toro correctamente presentado, manso, reservón, que fue saludado por el experimentado, Zapata, con lances templados, suaves…

… suaves sobretodo, con el noble fin de no atosigar al toro, sino para invitarle desde ese momento a conducirse bajo su mandato; y así recortó ese primer encuentro con una revolera que, sólo interrumpió brevemente, el concierto.

Con chicuelinas andantes llevó a Señorito al jamelgo, y ahí tras dar cornadillas de manso arriba del peto, quedó durmiendo el sueño de los justos.

Vino entonces el quite del ojalá creación de El Imposible, para combinarlo con la caleserina. Por su perfecta ejecución dejó atónitos a los reunidos.

Ya en estos menesteres, con las banderillas, intentó en una primera instancia imponer el par monumental, sólo que la mansedumbre le impidió acudir al toro y, el señor Zapata, acabó cuarteando cerca de tablas con ortodoxia, luego tras resistirse a embestir el astado, consiguió un magnífico par al violín, y a cortísima distancia, al hilo de las tablas concretó un quiebro espléndido.

Absolutamente espléndido.

El prólogo de su propuesta fue con un pase por abajo, para trazar otro por alto y el toro protestó aventando un derrote.

Con la serena inteligencia y apoyado en la paciencia lidiadora, comenzó a resolver el reto que tenía frente a él.

Así la mano derecha hizo acto de presencia, pero de forma sutil y breve, para no complicarle la existencia al mansesco ejemplar, dejando esa serie de impecable creación, para rubricarla con el sólido pase de pecho.

Apareció entonces un molinete para encelar al toro, luego la muleta a media altura y retrasada, consiguiendo breve pero importante serie.

La zurda tuvo su oportunidad, y ahí apareció un natural suave e importante, detuvo su andar el toro, y luego extrajo más naturales de buena factura, pocos fueron sí, porque pesó mucho más la mansedumbre de Señorito.

En fin, se produjo una faena impensable y de no ser porque Uriel insistió a un toro que se negaba acudir, ese milagro no hubiera ocurrido.

Después de sucederse pases para preparar la rúbrica, a pesar de que rascaba la arena insistentemente, dejó estocada tendida y un tanto traserilla, que hizo claudicar al toro.

El público exigió una oreja, y el buenazo de Brauny la concedió correctamente.

Lo mejor se escribió en el cuarto, Gitano, otro toro bien presentado, pero tan manso como incierto, tan complicado como descastadón.

La paciencia lidiadora del señor Zapata junto con la serena inteligencia, la capacidad imaginativa en plena cara del toro, hicieron lucir y mucho al torero en su creación.

Le saludó con el lance complicadísimo pero vistoso la tacita de plata -así le llamaba El Pana a la plaza de Tlaxcala- para luego lancearlo con armonía.

El tercio de banderillas resultó explosivo.

Auténticamente explosivo.

Con una decisión que se observaba desde Júpiter, tomó el señor Zapata los tres pares, se fue a la cara del toro e impuso con certeza y torerismo, el par monumental, el par al violín y luego a lo clásico…

… a lo clásico un cuarteo por el lado izquierdo que salió, como todo el tercio, deslumbrante rayando en la perfección.

En ese momento la asistencia se levantó como un auténtico volcán en erupción, y la estentórea batería de júbilo se escuchó hasta la Catedral de Apizaco, pasando, por supuesto, por la tacita de plata.

El respetable le exigió al torero dar una vuelta al redondel, que se dio en medio de los vítores. Reconocimiento y admiración convocadas por un público que había sido subyugado, merced a la inquebrantable verdad de un torero que ha puesto por más de dos décadas, el corazón sobre la arena.

La faena tuvo la complicación de un toro reticente, pero no fue obstáculo para un torero que ya estaba impuesto en el triunfo absoluto.

Así vimos aparecer series con el fuego de la pasión bien entendida por ambas manos que fueron reconocidas con los ensordecedores ¡olés!

Y ahí estuvo, insistiendo, con esa paciencia lidiadora para no atosigar sino invitar, convidar a su oponente a ser parte de la creación.

Cuando todo ya estaba consumado, Uriel Moreno El Zapata, se perfiló, citó y con la total, inobjetable entrega, porque el triunfo no se le podía ir, dejó un estoconazo…

… sí, ¡un auténtico estoconazo!, que por entregar hasta el corazón en la arena, salió volando por los aires del Olimpo. Se incorporó para ver caer de inmediato al toro.

Al mismo tiempo, al unísono, se exigían las dos orejas, que le abrieron ipso facto las puertas de la gloria taurina.

Uriel, ¡había vencido!

La empresa tiene la palabra

Ahora sólo queda que la empresa corresponda y le incluya en el cartel del 5 de Febrero, como lo comprometió en su palabra, cuando informó de los carteles de la segunda parte de la Temporada Grande.

Los demás

También ha estado un inspirado, Jerónimo, a quien le correspondió en primera instancia, Barba Azul con 533 kilos, al que saludó con bonitos lances de recibo.

Tras un pellizco de puyazo y dormir una grata siestecilla el toro, Jerónimo, hizo un quite por chicuelinas bajas y el toro se derrumbó, para luego aplicar con sumo cuidado la revolera.

La faena fue medida, tres pases de inicio con la derecha, breve serie pero plena de voluntad, para dar paso a la zurda, en donde apareció un natural sensacional, porfió y extrajo otros tres de importancia.

Luego se recreó con dosantinas, para proseguir con más naturales intermitentes, dos, luego otro más, pero cada uno intenso. Quiso dar paso nuevamente a la derecha pero el toro buscaba la salida.

Y después de un detalle se derrumbó Barba Azul. Era necesario poner el punto final, y así lo hizo, sólo que la estocada ha quedado baja. El buenazo de Brauny, donó para las estadísticas de Jerónimo una oreja.

Su segundo ha sido malo, algo dejó, pero nada que esté en el grato recuerdo, más que su sólido esfuerzo.

Y, el joven Antonio Mendoza, es el caso de un torero que promete mucho, pero no cumple por la falta de una buena administración.

Traguito con 534 kilos, fue su primero, y lamentablemente se le fue la oreja.

Al inicio existieron lances andarines que no podían imponerse en el astado. Con la muleta hubo asentamiento, así inició con pases por alto correctos.

Existieron series con la mano diestra de correcta ejecución, que entusiasmaron seriamente a los ahí reunidos. Intentó por el lado natural pero no respondió el astado.

La voluntad y entrega de Antonio fueron evidentes, lo que supo reconocer el público. Así que también escribió en su obra dosantinas, apenas fueron tres, dado que el toro fue deteniendo su andar.

Después de unas manoletinas y cuando todos suponían que ya tenía una oreja en su espuerta, dejó un pinchazo delantero, otro pinchazo, dos tercios de acero, y en fin, se fueron volando todas las posibilidades.

Sí como también se fueron volando con el que cerró plaza, nos queda claro que posee cualidades, pero así como en su principio torero; ahora mismo le hace falta una buena administración que no ha logrado concretar.

Al final, cuando veíamos izar a, Uriel Moreno El Zapata, en los hombros de los cargadores, vimos bajar de los tendidos al entusiasta público que exigió y consiguió llevarlo en sus hombros.

En medio de la algarabía, de los estentóreos gritos que celebraran el triunfo, le fueron llevando desde ese largo túnel que conduce del redondel hasta la codiciada Puerta del Encierro; y luego, por las calles, por esa kilométrica avenida de los Insurgentes, en medio de toda la gente que la transitaba y que veía el hecho como un maravilloso, mágico misterio que estaban descubriendo.

Así llegaron hasta el hotel en donde esperaba al torero, otra muchedumbre, eso…

… justamente eso, nos recordó que los toreros…

… ¡son héroes!

¡Dígase la verdad… aunque sea motivo de escándalo!

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