Opinion

Los recuerdos de la Gran Muriel Feiner… Fotos de una tarde infausta, de tragedia y grandeza

No me olvidaré nunca de la tarde del 13 de octubre de 2019. Yo voy a la plaza para sentir y emocionarme, y no para ver tragedia, sin embargo, ese día, vi a un querido y admirado torero Mariano de la Viñamas allá de la vida” y mi también querido y admirado Enrique Ponce con un dolor y angustia indescriptibles.

No obstante, al mismo tiempo vi la escenificación de la verdadera grandeza de la Fiesta a todos los niveles: en el ruedo, en la enfermería y en el tendido. Las cuadrillas eran UNO. Todos sabemos de las milagrosas manos del Dr. Carlos Val-Carrere, porque él y su equipo, incluyendo su propia hija Pilar, son UNO. Y esa tarde en la plaza de la Misericordia de Zaragoza, aunque había seguramente 12.000 espectadores, todos los aficionados éramos UNO… sin contar con los héroes en el ruedo.

Puedo atestiguar que todos deseábamos que terminase aquella corrida cuanto antes, porque la agonía, el miedo y la preocupación nos embargaban, y sentimos y compartimos el destino de Mariano.

Alternaba mi mirada entre la puerta de la enfermería y la balsa de sangre tan grande que había dejado Mariano en la arena. Miguel Ángel Perera se dio cuenta del peligro real y emocional, que representaba ese charco, a la vista de los demás toreros y, sobre todo, del jefe de la cuadrilla, Ponce, y pidió un rastrillo de un clásico arenero de la plaza de La Misericordia, y se puso a dispersarlo para evitar el riesgo de un resbalón.

Como no bastaba el rastreo, el mismo monosabio buscó un cubo de arena, que cogió el banderillero Luis Cebadera en un intento de terminar de cubrir todo rastro de la tragedia.

Lo que siguió fue un reflejo de toda la grandeza del toreo, ya que después de que Ponce se echara las manos a la cabeza, porque pensó que había perdido a su amigo del alma, al que él llamó “su hermano”, cogió la muleta y la espada con decisión y firmeza y procedió a dar lidia y muerte al toro que había herido tan gravemente a uno de los suyos. Lo hizo con un alarde de valor, serenidad y profesionalidad que le honra y que no nos sorprende a nadie, porque él es así.

Luego la imagen de un Ponce: Hundido emocionalmente por la tragedia, descabello en mano, contemplando la bestia muerta a sus pies y con una expresión difícil de describir:

¿Impotencia?

¿Rabia contenida?

¿Desesperación?

Y salió el toro de Julián López El Juli, mientras Ponce, angustiado, como las demás almas en la plaza, imploraba, con la mirada, noticias de su mozo de espadas, Daniel Rosado, temiendo lo peor:

¿Por qué no se suspende la corrida?”.

El gesto de ése, con las manos, pedía “calma”, como diciendo: “No está todo perdido”, aunque dudo que Dani mismo lo creía. No era que “The show must go on” (El espectáculo debe seguir), como dicen en el mundo del teatro, sino que aún quedaba un hilo de esperanza, a pesar de que el torero llegó a la enfermería en parada cardiorrespiratoria, o según el parte médico, “en estado cataclísmico”.

El Juli no pudo hacer nada con el complicado morlaco que le tocó en quinto lugar. Tampoco debo olvidarme de la cogida que sufrió su banderillero José María Soler, en el segundo de la tarde, a la salida de un par de banderillas.

Y aparece el que cierra plaza, y como costumbre, la banda arranca con la tradicional jota, pero la plaza entera exige silencio. Se devuelve el toro a los corrales por cojo, a pesar de que el sentir común era que lo lidiara y terminase con él cuanto antes. Se acrecientan el estrés y los nervios, hasta que, por fin, logran sacarlo del ruedo con los cabestros.

Y sueltan el sobrero, también de la ganadería salmantina de Montalvo, otro toro difícil y traicionero, que en el segundo capotazo va directamente al bulto, a Miguel Angel Perera, que no logra esquivar el animal, que le coge por detrás y le infiere una cornada grave pero limpia en el muslo izquierdo.

Otro torero llevado a la enfermería en brazos de sus compañeros, pero debido a la extrema gravedad de Mariano, no pudo ser operado enseguida. Y toca al director de lidia torear y matar esa res, aunque Ponce no deseaba más que acudir al lado de su “peón”.

Lo que mucha gente no sabía de esta accidentada corrida, fue que antes de liar el capote, hablé con el maestro porque le vi haciendo estiramientos con la pierna izquierda. Le pregunté si aún le dolía la lesión que le tuvo apartado de los ruedos esta temporada durante seis largos meses, y me dijo que no estaba bien del todo, y me comentó que además tenía una fisura de costillas de la cogida que sufrió en el pecho en la corrida de Juan Pedro Domecq que lidió en Zaragoza dos días antes. Luego se confirmaría en el hospital, la Clínica Quirón, donde pasó toda la noche al lado de su banderillero, que era una fractura de la 7ª costilla.

Ponce cogió la muleta y estoque para lidiar un toro que acababa de herir a otro compañero. Parecía que El Juli se ofreció a despachar esa res, pero Ponce sentía que tenía que hacerlo él. Incluso intentó ver si podía hacer una faena, empezando con una buena serie de doblones, pero el toro no daba más de sí. Abrevió y lo mató.

Terminó por fin la angustiosa corrida. Se abrazaron todos los toreros como suelen hacer al finalizar la corrida, y después, se marcharon juntos hacia la enfermería para esperar noticias.

Estábamos también todos los informadores… hubo pequeñas filtraciones provenientes de dentro, que decía que el gran doctor Carlos Val-carrere ha logrado “resucitar” (mis palabras) al torero que entró clínicamente muerto en la enfermería. Prometía ser una noche larga… y así fue.

El buen doctor, con sus 70 años, no terminó la operación hasta las tres y media de la madrugada, ya en el hospital, cuando se había estabilizado lo suficiente al torero para poder trasladarle. (Tampoco se debe olvidar que el matador de Chivas va a cumplir 49 años próximamente, pero no se le nota en absoluto.

Pienso que quizás un chico joven no poseería la entereza, el temple y la madurez para enfrentarse a una situación tan dramática).

Añado que llegamos a la plaza de Zaragoza con la enorme preocupación por el estado del matador madrileño Gonzalo Caballero, cogido el día antes, en Las Ventas, con pronóstico muy grave, con una cornada de dos largas trayectorias en la ingle que le seccionó la femoral. Gonzalo también se debatía entre la vida y la muerte y tuvo que pasar dos semanas en la UCI en el hospital San Francisco de Asís, de Madrid, antes de pasar a planta.

Confieso que voy a la plaza siempre en un estado de inquietud como si yo misma fuese a torear, porque soy muy consciente del peligro latente que entraña cada corrida de toros, pero ese domingo en Zaragoza me hizo cuestionar un poco mi “ideología y pasión taurinas”.

Sé que un torero puede morir en la plaza, pero ni él, ni yo, estamos realmente preparados para eso, aunque pensándolo bien, tal vez ellos más que yo.

La Fiesta no es el teatro y en el ruedo -cualquier ruedo en cualquier localidad- se puede morir de verdad. ¿Por qué lo hacen los toreros?

Porque son especiales y quieren medirse con la fiera para crear y transmitir su arte: el arte de la tauromaquia, que es ancestral y universal. Doy las gracias a estos héroes por su sacrificio y su entrega.

Postdata

Postdata, 7 noviembre 2019. Felizmente, Gonzalo Caballero recibió la alta médica del hospital para seguir su largo periodo de recuperación en su domicilio; mientras que Mariano de la Viña fue dado de alta el viernes 22 de Noviembre. Cierro este reportaje con la imagen que el maestro Ponce publicó en su página web, tras cumplir con sus compromisos profesionales en América, e ir a visitar su “hermano” en el hospital de Zaragoza.

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@murielfeiner 

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