Lo comenta Antonio Lorca… La mejor presidenta echa un borrón

Concede una oreja al sevillano Serna y se la niega sin motivo al colombiano Luis Bolívar”.

Anabel Moreno es la mejor presidenta de la plaza de La Maestranza porque no hay otra, pero no porque la avalen sus decisiones en el palco. Este domingo, sin ir más lejos, cometió, supuestamente, un error en la concesión de trofeos, con la importancia que ello tiene para los toreros que los necesitan como tabla salvadora.

El sevillano Rafael Serna paseó la oreja del sexto tras una faena aseada y coronada por una buena estocada, y se quedó con las ganas el colombiano Luis Bolívar tras una labor de mayor consistencia y una efectiva estocada en la suerte de recibir ante el cuarto.

¿Razones de paisanaje? Quizá, no, pero esa fue la impresión que quedó en la plaza. Se puede discutir sin ambos merecieron el premio, pero Serna es sevillano, de familia muy querida en esta ciudad, y da que pensar la decisión de la señora presidenta.

Hasta que apareció el pañuelo blanco, la ovación más cerrada de la tarde se produjo cuando Rafael Serna se dirigió al centro del anillo, levantó la montera hacia el cielo y brindó la muerte de su primero a su padre, prestigioso músico y pregonero de la Semana Santa de Sevilla, fallecido el pasado mes de febrero.

Ese tercer toro de la tarde, sobrero del hierro titular, grandote, de 607 kilos de peso se derrumbó a todo lo largo en la segunda entrada al caballo y quedó el pobre tan maltrecho que no encontraba la forma de recuperar la verticalidad.

Tanto es así que la cuadrilla se vio obligada a protagonizar una de esas imágenes que denigran la tauromaquia: un hombre tiraba del rabo mientras otro asía un pitón, y entre ambos, y el ánimo vergonzante del animal, consiguieron levantarlo.

Y así fue toda la corrida. Ese tercero, que sustituyó a un hermano lisiado, no permitió que Serna alcanzara el triunfo soñado para relanzar una carrera necesitada de un empujón. Se le notó, como es lógico, que ha toreado poco, pero su oponente, tan pesado como descastado, no le ofreció opciones.

Todo había comenzado a las seis y media de la tarde, con buena temperatura, ambiente electoral y poco público en los tendidos ante la llamada de un cartel que reunía escasos atractivos.

Salió al ruedo el primero de la tarde y lo primero que hizo fue doblar las manos. Vaya preludio de festejo… A los pocos segundos estaba claro que era un inválido, kilos de carne fofa e inservible para el toreo. Bolívar intentó justificarse como mejor supo y pasó desapercibido y aburrido, sin aparentes ganas de pelea.

Mejor, mucho mejor, estuvo ante el cuarto, al que recibió con una larga cambiada de rodillas en la puerta de chiqueros. El toro se justificó en el caballo y llegó al tercio final con la movilidad suficiente para que el torero colombiano se luciera en un par de tandas, una por cada lado. Mató de una estocada algo caída en la suerte de recibir y la petición de oreja pareció mayoritaria, aunque la presidenta no lo entendió así y se ganó la bronca del respetable.

Luis David se lució en un quite por zapopinas a su primero, otro animal derrengado, con el que solo pudo mostrar una responsable actitud. Al quinto lo devolvieron en el tercio de banderillas, después de que se desplomara varias veces ante la llamada de la cuadrilla.

Salió en su lugar un sobrero de Hermanos Sampedro, que no mejoró la mala tarde de sus vecinos de corrales. Grande también, pasó de puntillas por el picador y llegó al tercio de muleta en tono agonizante; se arrodilló varias veces hasta que se desplomó y tuvo que ser también ‘coleado’ por los hombres de plata.

Fue entonces cuando surgió una oportuna voz de los tendidos que dijo:

‘¡Que salude el ganadero!’, como una forma de humorística protesta ante el desastre de los toros. Luis David no se intimidó y dio pases de todos los colores ante la abulia general.

Cerró la tarde Rafael Serna ante el único toro que empujó con cierta alegría en el primer puyazo y permitió que Juan M. Raya colocara un buen segundo par de banderillas. Noble, pero sin raza, embistió con suavidad a la muleta del sevillano que, si bien, no estructuró faena, dejó detalles de su buena condición en una tanda de derechazos y en los adornos finales. La estocada, de efectos rápidos, dio paso a la oreja y la justa polémica.

Si la presidenta concedió el trofeo a Serna, no tiene explicación que se la negara a Bolívar.

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  • Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País

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