En Manizales… Triunfalismo sin toro ni toreros

Monumental Plaza de Toros de Manizales, festejo de cierre de La 64 Temporada Taurina de esta capital, correspondiente a un mano a mano goyesco; se lidiaron minúsculos bovinos de la ganadería de Ernesto Gutiérrez, dispares en la báscula, cornimichos y pastueños; sobresaliendo el quinto premiado con vuelta al ruedo.

Enrique Ponce: Oreja, vuelta tras aviso y dos orejas tras aviso.

Julián López El Juli: Oreja, oreja y dos orejas.

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Asistimos al escenario de la post verdad, las sociedades liquidas, en términos de Bahuman, la condición post moderna según Lyotard; momento en que la que toda cultura empieza a reevaluar sus valores fundantes y reemplazar las verdades inamovibles, por pequeñas certezas producto del subjetivismo y la falta de criterio.

Por su puesto la tauromaquia, como manifestación del arte y la cultura, no es ajena a estas transformaciones y ha vivenciado, en las últimas décadas, gracias a la influencia de las figuras, transformaciones impensables.

Apelando a uno de los geniales apuntes del buen Emanuel Sánchez, tomado de la juiciosa lectura de La tauromaquia, teoría y técnica  de Enrique Guarner, “La admiración que se sentía por el astado se ha convertido en fascinación hacía el torero y ha surgido en el público, el torerismo; ó sea el culto por algunos diestros y el desdén hacía el toro”.

Es justo esa fascinación la que invadió los espíritus de las más de 15 mil almas que se reunieron en la monumental de Manizales y en un acto de colonización tardía se rindieron a los pies de dos ibéricos, grandes en el pasado de la fiesta, innecesarios en el presente y que a la postre serán artífices de su decadencia en el futuro; de tal suerte que la exigente y taurina Manizales, que vio consagrarse a los califas del toreo, hoy se rendía, sin memoria ni criterio, al encanto de las figuras.

El complemento perfecto para este tinglado, lo suministro el señor Miguel Gutiérrez, que a modo de manual de instrucciones, ha puesto en el ruedo los seis matices del toro de las figuras, reinterpretación decadente de ese símbolo totémico que fue en su momento el toro bravo.

En este orden de ideas salieron por toriles: el pastueño, el mansurrón, el Ferdinand, el anovillado, la carretilla, el de la consagración y el brabucón. Todo un ejemplo de involución para el deleite del gran público y la degradación de la fiesta.

Enrique Ponce, tras su milagrosa recuperación, se mostró entusiasta bailando y realizando la tan afamada poncina a pesar de sus ligamentos rotos mágicamente curados. Prueba inefable de su tramposa lesión e irrespeto total hacía los aficionados de esta América taurina.

Su primero Bengala (522 kilos.) fue un amiguete, pastueño y bobarrón que acudió a las telas sin entrega, incluso requirió de algunos empujones en los cuartos traseros; con la espada dejó habilidosa en mal sitio que el presidente premio con dos orejas.

Su segundo, Flamenco (444 kilos) denotaba en sus juveniles formas el paso a fuerza de novillo a toro; de nuevo la falta de casta y raza se apoderaron del ruedo y la mano milagrosa del experto en mansos y tullidos se impuso toreando a distancia y con la punta, como se puede observar en la fotografía de Emanuel Sánchez. Con la espada se complica dando vuelta tras aviso.

El quinto fue el toro de la consagración Periodista (486 kilos) un bicho alto cornidelantero, que le apretó en ocasiones, condición que le llevó al suelo tras recibir fuerte golpiza. Momento cúspide en la faena que no sólo le permitió magnificar el dolor de su rodilla, sino alzarse como héroe, coronando con la espada una actuación sin mérito ante un toro menguado por la falta de bravura. Dos orejas.

Julián López El Juli: con Mentiroso (466 kilos) toreo a gusto, guardando las distancias y logrando pases de habilidad, porfiando incluso ante la cara del mansurrón que en un descuido hizo por el prendiéndole de fea manera, pero… a falta de pitones todo quedó en un varetazo. Con los aceros recurre al julipie y tras pinchazo despacha recibiendo una oreja.

Ante Florista (532 kilos)  encontró literalmente una carretilla de entrenamiento, con una embestida dulzona y generosa, pasando y dejando, exponiendo su ya conocido repertorio en el percal y el trazo fuerte y vulgar en la muleta. Con la tizona despacha sin ortodoxia, oreja.

El cierra plaza Cafuche (482 kilos) fue un toro bravucón que se defendió con las complicaciones propias de la falta de clase; empero Julián sobó y cumplió, fiel a su concepto e intrascendente a los ojos del arte. Simplemente la repetición de su tauromaquia. Dos orejas.

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Fotografía: Emanuel Sanchez

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@Manzanarestoro

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