Públicos impulsivos y también algunos malintencionados en Acho

Solo las pasiones malas impiden la realización de un mundo mejor, sentenciaba Bertrand Russell en su obra Sociedad humana, ética y política. ¿Pero son acaso todas las emociones humanas necesariamente malas?

No lo creo.

Desde la génesis humana, el hombre siempre actuó motivado por impulsos que de una u otra forma le valieron para sobreponerse ante las circunstancias.

Lo que de hecho lo ha diferenciado de otros seres vivos es su capacidad de razonamiento, de su inteligencia. Pero también esa capacidad le proveería de una felicidad más plena ─como apunta Russell─ si algunas de sus pasiones tuvieran menor alcance y otras más.

Quiero decir con todo esto que la racionalidad con la que controlemos nuestros impulsos determinarán las consecuencias de nuestros actos.

Esto en la vida diaria.

Como en los toros, a los que uno va en primer lugar a disfrutar con un espectáculo inigualable; a sensibilizarse, que no es otra cosa que percibir y trasuntar emociones, en admirar y solazarse ante la creación artística encumbrada en obra de arte puro que por lo efímero de su ocurrencia resulta en menor o mayor medida perceptible para algunos.

Entonces lo subjetivo se encima por sobre incluso la razón muchas veces. La pasión con la que los aficionados establecen juicios de valor sobre la actuación de un diestro, una faena o la condición de las reses, siempre los impulsará a conclusiones arbitrarias y disímiles unas de otras. Lo que se dice que es lo bonito de esto. La discrepancia y disparidad de opiniones respecto de un mismo hecho.

Eso sería la justa medida, el equilibrio ponderado.

Pero no.

Hay actualmente una corriente de derrotismo exacerbado, de negativismo y hasta de evidente mala intención que presupone que todo está de por sí mal ya de antemano. Beligerancia que escapa muchas veces al sentido común y al entendimiento razonable disfrazado de “purismo” y reivindicado bajo el precepto del derecho a reclamo que le asiste al aficionado pagante de su entrada.

Triste, sin embargo, es comprobar o reconocer que de entre estos grupos hay personas que distan mucho en cuanto a probidad y ética. Justamente son, algunos de ellos, los más nefastos y más aprovechadores que existen y han existido en el mundillo del toro. Felizmente ya segregados de por sí no gratuitamente y de solitario andar.

De penoso andar además, pues de ellos todos se apartan como si de la misma peste del medioevo se tratase.

Es que la gran mayoría ya no les creen. Han perdido rumbo y objetividad.

Pero son hábiles, qué duda cabe. Siempre se dan maña para conseguir a algún desorientado que los banque, los convide y les solvente sus majaderías.

Entonces que tampoco se ufanen mucho de pregonar que ellos se pagan sus entradas porque se las pagan otros. Esos a los que envían desde su camuflado  refugio a que celular en mano estén captando todo lo malo que quieren encontrar. Soplonería del más distinguido estilo.

Complacer a las masas, ciertamente resulta tarea difícil y arduamente comprometida, descifrar sus latidos mucho más complicado de entendimiento más aún cuando la erudición taurina aflora insulsa.

La gente, ante esa falta de criterio, es ostensible de dejarse manipular por los innobles propósitos de los reventadores de siempre, tomando como propias las actitudes de los desatinados escandalosos en la creencia que hacen bien o siguen el camino correcto.

Pero tampoco, valga decirlo, todo es un Edén. Por supuesto que han habido errores ostensibles. No es cosa de extender un cheque en blanco así por así.

Ni de ser complacientes y optar por una mirada horizontal de las cosas. De ninguna manera. Pero, finalmente quién no es infalible. Responsabilidad que compartirían tanto por separado como por sí juntos la autoridad municipal, empresa y la propietaria del coso de Acho.

Siendo más censurable la participación edil que ni regula, fiscaliza ni ejerce autoridad alguna como nula colaboración para que las cosas funcionen. Su presencia responde solo a esquilmar a los empresarios, manejar el Jurado del Escapulario a su libre antojo (intentando nombrar en él a extranjeros inclusive).

También del Juez de plaza que, cualidades personales aparte, que las tiene y es un tipo simpático y amical, sus decisiones crean más de una controversia debido queremos suponer a que no calma, como dice el valse criollo, las dudas que tormentosas crecen…y que lo llevan inútilmente a echarse a la gente encima.

Es claro que sus recientes decisiones han respondido a calibrar las peticiones del extraño público actual y si nos ajustamos a las reglas, el soberano manda y la autoridad acata o utiliza su facultad discrecional para sancionar con justicia.

Más allá de todo aquello, la protesta es un derecho inalienable e irrenunciable cuando media en ella propósitos auténticos y honestos que le confieren legitimidad. Todo lo contrario sucede cuando se le emplea como vehículo para el figuretismo, la extorsión, el chantaje o se le utiliza como consecuencia de revanchismos y odios particulares.

Por eso nunca estaremos de acuerdo cuando se agravia, se insulta y difama. Menos cuando se le espetan a aquel que se juega la vida en un ruedo calificaciones tan censurables sorprendentemente provenientes de voces de “aficionados”.

Pero vayamos en busca del tiempo perdido.

Queda en todo caso, ponderar todos los hechos, buscar el camino para que con buena voluntad se miren las cosas con reflexión y mesura.

Vivimos un momento de continúo hostigamiento por parte de nuestros enemigos. No los tengamos dentro de casa también. No malgastemos el tiempo para luego atormentarnos de su añoranza como Proust.

Aún es posible tratar que este boom taurino que vive el Perú perdure, y que lo que nos separa quede en ese tiempo muerto y perdido de nuestras diferencias para que finalmente se torne en tiempo recuperado, más bien.

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