En Pontevedra… Diego Ventura por la puerta grande y oreja para El Fandi

Pontevedra. Sábado 11 de agosto de 2018. Segunda de la Feria de la Peregrina. Dos toros de Los Espartales para rejones, parado el segundo de ellos; uno de Santa Ana (2º) y tres de Virgen María para el toreo a pie, muy desiguales de juego y presentación, pobre esta última en todos ellos. Tres cuartos de entrada.

Diego Ventura: Dos orejas y dos orejas.

Antonio Ferrera: Saludos tras petición y oreja tras aviso.

David Fandila El Fandi: Oreja y silencio.

Detalles:

Sobresaliente: Álvaro de la Calle. No actuó

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El Sábado de la Peregrina en las calles de Pontevedra demostraron en las calles una pasión de la que carecieron los toros en el centenario coso de San Roque.

Las peñas de la ciudad volvieron a demostrar que la Fiesta de los toros es la mejor fiesta del mundo volviendo a ganar por goleada a los antirltaurinos que se manifestaron otra vez por las calles de la ciudad creando otra vez un ambiente de tristeza y represión que no aporta absolutamente nada a la sociedad.

Pontevedra sigue fuerte, sigue siendo esa aldea galaica de “Asterix y Obelix” rodeada por un “invasor” pero la “poción mágica” que se suministra cada año a la afición hace que sean más fuertes y valientes.

Se nos va esta feria de 2018 que no ha traído ni toros ni toreros con ganas de demostrar su valía y su profesión. Y se nos va entre acciones y actitudes impropias de esta fiesta ante astados que distan mucho de su condición de bravos. Lo peor es que el mal es general, epidémico, no aquí solo, que casi sería un mal consuelo.

Amagó con salir marcha atrás el primero, rectificó su rumbo y con muchos pies saltó al ruedo lo que aprovechó Ventura para encelarlo aprovechando su velocidad y recorrido. Tras dos rejones de castigo lo más aplaudido fue que lanzara el sombrero al aire, es lo que tiene el rejoneo actual: gusta muchísimo más y se ovaciona lo que no se hace en la cara del toro. Tres banderillas tres, todas al quiebro y se paró Lopesino, no quería más. Dos cortas, aunque sonara el cambio de tercio en medio y se le va el rejón de muerte. La rápida defunción ayudó para desorejarlo, mucha gente no se enteró siquiera de la colocación, no hubo tiempo.

Un único rejón colocó al cuarto a lomos de Guadalquivir para pasar a montar a Fino (gracias por el nombre, Diego, no hacía falta) donde sí hubo unión en dos banderillas. La faena continuó sin lucimiento con un toro parado basándose en la proximidad, arrimones, vueltas y más vueltas en los terrenos del astado. Perdón, he dicho astado. Perdonen ustedes, les ruego mil disculpas, de verdad que no quería. Ha sido sin querer. No estaba “reglamentariamente despuntado para rejones”, no, romo, estaba romo. Donde debían ir las puntas, acababan los cuernos en dos semicírculos. Tras las cortas, más vueltas y vueltas y un teléfono. Para llamar al presidente sería, usted mande los avisos de cambios que deba y quiera, yo pondré las banderillas que desee. Así no discutimos. Dos orejas más al esportón.

El público protestó de forma enérgica a Ferrera que no pusiese banderillas y el enfado se prolongó incluso durante el brindis; ya no habría unión, estaba sentenciado. Costó meter al toro en el caballo, dada su condición de parado, aunque demostró cierta calidad humillando en las verónicas de saludo y en el quite. No cuajó la faena en el tendido también por la irregularidad de las tandas, unas bien y otras…

El tercio de varas del quinto fue una feria acelerada, un circo romano. Nadie estaba en su sitio, ¡y mira que había gente en el ruedo!, el toro se adueñó del coso y al relance de nada (ni un capotazo se le dio) se empotró contra el caballo derribando. Ahí se quedó solo un monosabio dirigiendo al equino, amparándose del dueño del circus que se deshacía contra el peto. Voltereta de Juguetón en el quite, faltaba eso, y dobla las manos en el primer par de Montoliu, seguiría haciéndolo. Soltaba la cabeza, daba gañafones y dada su flojera las tandas fueron cortitas, de tres pases casi todas. También distintas en cuanto a su calidad, como en el segundo. Algo apático se le vio a Antonio toda la tarde y se le aplaudieron sus arrimones finales, teléfono incluido. La oreja premió la estocada y el remontar una lidia adversa desde el comienzo.

Cuatro verónicas y media de rodillas saludaron al tercero. Quite por lopecinas y el respetable ya coreaba al unísono aquello de “¡Fandi, Fandi!”. Lo del granadino con las banderillas es como una comida en casa de la madre. O de la suegra. Más vale pasarse a que no llegue. Y David se pasa, de tiempo y de ejecución en el embroque, siempre a toro pasado. De rodillas comenzó la faena de muleta y el toro se acabó en esa primera tanda. Suelto salía de cada pase buscando las tablas, no hubo forma. Desplantes de rodillas que hasta el toro protestó soltando la pata intentando alcanzarle. Pinchó entrando a matar junto a las tablas y la nada fue premiada con una oreja, supongo que por su presencia hoy en Pontevedra.

Se paró y dio un saltito en chiqueros el de menor presencia de la tarde, lavadito de cara. Quite esta vez por chicuelinas. Mejor de colocación que de ejecución, las banderillas suelen caerle en su sitio, demos gracias al señor Fandila. Porque el encuentro… ya me entienden ustedes.

De rodillas comenzó otra vez ante un toro fijo, atento al cite aunque sin clase ninguna. Molinetes y pases de pecho muleta al viento se sucedieron sin fin ni orden. Ni motivo. Jaleó al público con una mano antes de unas bernadinas perfilado, al hilo del pitón y apartándose. Lo sucedido con la espada, sartenazo más allá de donde el bajonazo pierde su casto nombre incluido, le privó de los premios que el público asistente guardaba para su ídolo. A pie tuvo que salir. Esta es la noticia, por sorprendente.

Seis fueron pocas…

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