Lo dice Pepe Mata… Extraordinario toro de Adolfo Martín para un gran artista, Pepe Moral

Tuvieron que pasar 32 festejos de la Feria de San Isidro para encontrar un TORO… un toro bravo y encastado, que procedió de la ganadería de Adolfo Martín, encaste Saltillo vía Albaserrada.

En medio de tanta ganadería comercial que nos inundan con ‘bobitoros’, para mantener a gusto a los figurines que ya deben jubilarse, apareció la inobjetable verdad que da sustento al arte del toreo:

La casta y la bravura.

Sí, todos los toros de Adolfo, han peleado con los caballos, pero el quinto de nombre Chaparrito ha sido sencillamente extraordinario, de excepción y de grandeza.

Casta, bravura, clase, calidad, recorrido y emotividad reunidos en un gran toro de Adolfo Martín.

Me dijo el Maestro Andrés Vázquez: “Pepe, este toro era de indulto“.

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El Maestro Andrés Vázquez me dijo: “¡ese toro era de indulto!”.

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Estaba notoriamente entusiasmado, y que un hombre tan sabio como él argumentara el indulto, es porque le asiste la razón.

No obstante, habrá que reconocer que Chaparrito, cayó en las buenas manos, en las manos artísticas de, Pepe Moral, y así desde con el capote se pudieron ver lances cadenciosos, un tercio de varas ejemplar, pudiendo llegar hasta los tres puyazos, pero le impidieron al bravísimo toro demostrar su poderío.

La faena tuvo un prólogo contundente, por abajo, lidiador y sometiendo al encastado toro, para una vez domeñado, el héroe que había conquistado el merecimiento por su mandato, se transfigurara en artista y así crear una obra imponente, haciendo subyugar a los espíritus de los diletantes taurinos, que emocionados hicieron retumbar con el ¡olé! hasta el Ministerio de Cultura.

Faena de trazo largo y sentido, de ritmo y cadencia, de armonía que dio luz al redondel cumpliendo la sentencia existencialista:

Cuando un artista crea… ¡es el centro del universo!

Una poesía que concede el ritmo del luminoso Rubén Darío, un Fantasía Coral que avasalla el espíritu con el poder del sentimiento del inmenso Beethoven, un lienzo de D’Vinci que plasma el hecho en el cielo de los artistas, y unas letras que en un ensayo deben plasmar la luz de la verdad en el toreo:

El toro auténtico para el torero de verdad.

Lamentablemente, la rúbrica no fue acertada.

Tras el pinchazo llegaría la entera, para claudicar el gran Chaparrito, así se concedió una oreja, y cuando todos suponíamos que habría más que merecido homenaje para tan extraordinario toro…

… ¡sí!, con la vuelta al ruedo para el bravísimo y encastado Chaparrito, al presidente se le fueron los santos al cielo, dejando sin ese reconocimiento a un toro que reivindicó la casta y la bravura, que parecían casi en extinción.

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@PERIODISTAURINO 

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