Lo dice Pepe Mata… ¡Larga vida al héroe!: Sebastién Castella

Habíamos visto un desfile de ‘bobitoros’ de Garcigrande, dehesa predilecta de los figurines, fundamentalmente de El Juli, y del divo de Chiva.

¡Vaya mansedumbre!

¡Vaya bobaliconería!

¡Vaya ofensa a la casta y la bravura!

¡Vaya insulto a la grandeza del toreo!

Daban la impresión de inofensivos -aunque en la realidad no lo sean- por su falta de casta, bravura, raza y fortaleza, y con ello no sólo desvirtúan a la verdad del toreo, sino pisotean sin remedio a una grandeza que ya parece inexistente.

En medio de este escenario, había estado sobrio, Sebastién Castella, con su manso primero; y cuando salió su segundo, mientras lo llevaba con el capote, lo arrolló elevándole con fuerza inaudita por los aires.

Toda la plaza enmudeció al ver que la cornamenta de ese mansesco y geniudo ejemplar, se convirtió en una especie de imparable hélice, que se movía a gran velocidad.

De pronto…

… cayó estrepitosamente en la arena, Sebastién, llegaron las asistencias, y entonces vinieron una serie de conjeturas entre los asistentes.

Sí… muchas conjeturas, deteniéndose los rumores, hasta que vimos incorporarse al torero, con el pie izquierdo herido; se lo vendaron, y como un auténtico héroe regresó al redondel a continuar la batalla.

Su sangre había teñido de rojo la arena, de incontenible drama al coso venteño, de un dolor indescriptible a su cuerpo, pero existía otro dolor, otro sentir más fuerte, más incontenible, el dolor del alma…

… ¡sí!, el dolor del alma que le ordenaba como héroe y como artista, a proseguir y no claudicar.

Y así lo hizo, como un César de la Roma Imperial, tras concluir el tercio de varas en donde se apreció la mansedumbre geniuda, del astado, el señor Castella, después de ofrendar al público su propuesta, se fue al tercio se hincó y ahí…

… ahí citó al astado de Garcigrande que acudió y aguantando la embestida, que fue atemperando merced a su sólida técnica, serena inteligencia, así tras dos pases por alto comenzó con el toreo al natural con la valentía a raudales.

El valor, ese imponente valor, lo ha mostrado y demostrado muchas veces, y hoy fue más contundente, más estentóreo, más portentoso que nunca.

Así consiguió trazar una faena, si bien es cierto poderosa, tuvo el sólido contenido de la pasión bien entendida, del sentimiento a raudales, de la inobjetable honestidad, y como es obvio en el arte…

… cuando la verdad está implícita, sólo así puede existir el arte y permite a la estética, sea la consecuencia necesaria de la creación.

Y, la belleza explícita apareció en la luminosa arquitectura de esa creación avasalladora de, Sebastién Castella.

Vino entonces el punto final.

Con el pie izquierdo herido, y con todo el cuerpo maltrecho, pero con el espíritu indómito, citó otorgando todo, y dejó un certero estoconazo que hizo claudicar de inmediato al toro.

La plaza en su inmensa mayoría se llenó de blancura, de esa blancura que ondeando reconoce la verdad del héroe, del artista, del hombre… ¡del torero!

Y, merecidamente se le concedieron dos trofeos conquistados con sólidos argumentos, abriendo con ello, el umbral de la gloria taurina.

Mientras concluía la lidia del sexto, atravesó la puerta de la enfermería, y de ahí salió para traspasar la puerta grande del coso titular del mundo.

Sebastièn Castella… había vencido.

¡Sí!, había vencido mientras el luminoso universo exclamó el inobjetable reconocimiento a su inflexible verdad.

¡Larga vida al héroe!

¡Larga vida a, Sebastién Castella!

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@PERIODISTAURINO 

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