Rafael Santa Cruz ‘La maravilla negra del toreo’

“Plaza de Carabanchel, tu arena se ha puesto roja con la sangre que te moja mi torero Rafael…”

Esa sonrisa exultante dejaba ver la blanquísima hilera de dientes contrastando con el prieto color de aquel rostro moreno que coronaba su formidable corpulencia. Eran esa figura y esos desplantes socarrones llenos de la festividad de la gente de la color, los que le valían anteponerse ante el llamado de las Keres en los ruedos y meterse al público dentro de la taleguilla. Ese público que lo celebraba y acaso le disculpara alguna carencia técnica en favor de la temeraria hilaridad y la sorpresa.

Pero el toreo, ya se sabe, ni asomo es de bufonada y como tal, se le toma por cosa seria y se respeta. Como respetaban a ese negro peruano que toreaba, porque negro y todo era antes torero. Por tanto,  no se mal entienda lo que relatamos. Solo re escribimos aquello que las crónicas y el anecdotario de la época han guardado para el recuerdo.

La maravilla negra del toreo, proveniente de las etnias más puras de la afro-peruanidad, derivadas de Guinea o Senegal, supo nacer en medio de una familia que nunca se amilanó ante el señalamiento racial de una sociedad peruana, que como la limeña más específicamente, siempre será heredera de esa tara clasista cortesana de la colonia.

Por el contrario, en su entorno familiar surgieron artistas y exponentes de la cultura nacional como lo han sido sus hermanos y descendientes. Cada uno de los cuales supo abrirse camino destacado dentro de la sociedad. Recordemos sino ese clamor valiente y altivo expresado en la figura de su hermana Victoria, que más que un impulso defensivo ostentaba mejor un llamado a reivindicar su orgullosa negritud; o a su hermano Nicomedes, decimista, poeta y costumbrista de la cultura negra del Perú que afincó en España. De su hijo mismo, Rafael, músico y cultor del cajón negro peruano; entre otros miembros de esta familia de artistas.

Hace unas semanas atrás nos ocupábamos de un torero peruano descendiente de japoneses, Higa Mitsuya, el peruano japonés que vistió de luces y llegó a ser “… el primer torero japonés del mundo”. Ahora les traemos, amables lectores de Toros en el Mundo, la historia de uno afroperuano, Rafael Santa Cruz al que llamaban también como Lima con traje de luces.

No fue el único negro peruano que ha toreado. Antes, en los albores del siglo 19, ya lo habían hecho un tal Casimiro Cajapaico y Juanita Breña,  mas en realidad se trataban de capeadores  que a montas de cabalgadura, ejecutaban lo que se vino a conocer como “la suerte nacional”, conforme dan cuenta tanto Manuel Ascencio Segura y luego Ricardo Palma.

Lo fue también El Indio Zevallos, que más que indígena se dice que era mulato y que fuera incluso inmortalizado por el mismo Francisco de Goya.  A ellos se suma el referente más cercano de Angel Valdez EL Maestro aquel descendiente de esclavos manumitidos, que un 24 de mayo de 1885 diera muerte en la plaza de Acho al temible y mítico toro de Mala, Arabi Pachá . Pocos años después, toma la alternativa en Écija, España, Pedro Alfaro Castro Facultades de Lima un 21 de mayo de 1929, teniendo como padrino a Algabeño hijo.

Hubo también un moreno de nombre Epifanio de los Reyes al que anunciaban como Negro de la Habana pese a su origen peruano. Luego ya, en los años setentas, surge otro diestro nacional de color, Marcos Méndez, La Palmera Negra quien tomó la alternativa en la Plaza de Toros de Acho, el 8 de noviembre de 1970, teniendo de padrino a Sebastián Palomo Linares y testificando el acto, Angel Teruel, ante ganado de La Viña. Participó en las temporadas limeñas de los años 1970 y 1971.

Como vemos, esta multiculturalidad consecuente con las diversas raíces étnicas que han prodigado al Perú de una vasta legión de exponentes artísticos en todas las artes, no ha sido ajena al más sublime y culto arte de la tauromaquia que a punta de panalivio y landó, del crujir de quijadas y sonares de cajones, allá en el barrio de negros limeños de La Victoria, donde el tiempo de estrecheces se sopesaba con los cantos y las alegrías de su bullidor espíritu como clara muestra de que el alma posee sus propios ignotos registros y sus apegos subconscientes, han definido en ese canto único, toda una raza que viera nacer al  torero de los Santa Cruz.

Rafael Santa Cruz Gamarra, el “torero de Carabanchel…” conforme le cantara su hermano Nicomedes,  aquel de la espigada figura y la sonrisa presta que asomaba al tendido el fúlgido resplandor de su blanquísima dentadura, de ese talle que “hacía ver a los toros como simples animalitos”, −la maravilla negra− nació en el distrito de La Victoria un 3 de julio de 1928. Fue el primero de los hermanos en alcanzar notoriedad a través de su arte y contra toda predicción familiar fue torero, según relata su propio hijo Octavio.

Desde muy joven anheló hacerse torero, quizás llevado por esa misma vena artística que influyó el camino de sus conocidos hermanos, Nicomedes, Victoria y César.

Rafael fue el primero en destacar y el primero que hizo el viaje hacia la España donde materializaría sus sueños de torero. Lo siguió posteriormente Nicomedes quien radicó toda su vida en Madrid.

Desde La Victoria, emprendía camino por toda la larga avenida Abancay para llegar al puente que franqueaba el paso a través del Rímac hacia la plaza de Acho, donde buscaba tenazmente forjarse conocimientos en la técnica de torear. Tanto así que irrumpió como novillero imponiendo su  espigada figura, su morena estampa y fornida contextura, debutando de luces en  1947 para al año siguiente, aún de novillero, consagrarse obteniendo el recientemente instaurado premio del “Escapulario de Oro de la Feria del Señor de los Milagros”, el cual ese año solo se dieran novilladas y no corridas de toros propiamente dichas.

En efecto, la novísima Feria limeña, que se inaugurara con gran éxito en 1946 y que el siguiente de 1947 dejó ver la estética de Bienvenida, abruptamente el año cuarentaiocho “hizo quebrar su permanencia” ante la falta de iniciativa por hacer empresa creando un vacío sorpresivo y desalentador que si no hubiera sido por “la afición desbordada de personajes como don Oscar del Pomar” que logró remontar la desidia llegando a cubrir dicho vacío con un ciclo de novilladas, algo es algo, donde alternaron aparte de Rafael Santa Cruz, Fernando Alday, Humberto Valle y Juan Guerrero.

Del espigado diestro de ébano, las crónicas de la época dejarían impresas estas líneas: “Valor mostró Valle, medrosidad por el contario, Guerrero, mientras que alguna desgana y cierta calidad, Alday. Sin embargo, la excepcional actuación de Rafael Santa Cruz es digna de destacar con lugar propio. Pese a que por sus actuaciones anteriores haya recibido discutidas opiniones,  ayer el novillero peruano encendió la plaza de clamor y prendió el unánime comentario de su rara, de su magnífica calidad.”

No vamos a decir ya que es un torero, que conoce todas las suertes, que posee absoluto dominio sobre sus adversarios. Está aprendiendo a torear. Pero sí que ha penetrado hondo en algunos lances y muletazos y que llega a lograr momentos inimitables.  Y no nos referimos a aquellos que surgidos del postismo suelen entusiasmar a las multitudes. Ayer toreando a la verónica, que es el lance más serio del primer tercio y ejecutando el natural que es el pase por antonomasia, lo hizo tan despaciosamente, tan bellamente, tan toreramente, que arrebató al público entero y lo hubiera logrado ante la más exigente de las aficiones taurinas.

Porque tanto en unas como en otros embarcó a la res en el engaño, corrió suavemente la mano, templó magistralmente y remató las suertes con majestad, con auténtica solera y calidad.  Este moreno humilde, por su ingenuidad irrisoria que exhibe a veces y por la hondura de su arte, por el chispazo genial que lo inspira, tremendamente impresionante, en otras. Estamos ante un caso desconcertante. Ojalá el tiempo se encargue de afianzar y pulir esta extraña y misteriosa escultura del toreo.” (Manuel Solari Swayne, Señó Manué).

La actuación a que refiere la crónica citada correspondió a la tarde del 31 de octubre de 1948, la cuarta y última del serial ferial, que como ya señalé, ese año sólo se montó por única vez con novilladas. El ganado a lidiarse fue del hierro arequipeño de don Víctor Delgado y, conforme narra el doctor Carlos Bazán en su espléndido libro “De Toreros y Gitanos”, Santa Cruz “cuajó una actuación triunfal saliendo a hombros luego de emocionar a la afición con su peculiar interpretación del toreo y su valor espartano”.

Esa actuación le hizo obtener el Escapulario de Oro de la feria limeña que en esa ocasión se le entregó siendo novillero pues no se dieron corridas sino novilladas.

Retomándose las corridas en la plaza de Acho, el año siguiente de 1949, se da un ciclo estival de cuatro tardes. El 27 de marzo toma la alternativa a cargo de Manuel Alvarez El Andaluz y actuando de testigo el peruano-argentino-español  Raúl Acha Saénz  Rovira, padre del cantante Enmanuel. Esa tarde el toricantano nacional cantaría misa cortando nada menos las dos orejas y el rabo a su segundo toro del cual recibiría un puntazo.

En España

De la mano de Luis Miguel Dominguín, el autodenominado número uno, consigue actuar suscitando expectativa y anunciándose como La maravilla negra del toreo. Justamente, en Barcelona toma una nueva alternativa el 27 de julio de 1952, de manos del mismo Dominguín como padrino y de testigo contó con Rafael Ortega, enfrentándose al toro Peluquero.

Sumó en la península, entre Portugal y España, y también Francia, una serie de actuaciones discretas y radicó buen tiempo por allí. Retornó al Perú y siguió actuando en provincias y países como México, Panamá, Colombia, Ecuador y Bolivia.

“A dónde marcha el tropel ?

muy claro dice el cartel:

“Solanito, Gitanillo, Santa Cruz y seis novillos,

Plaza de Carabanchel…”

Octavio Santa Cruz cuenta que su padre tentó incursionar en la actuación teatral pero continuó con mayor fortuna por el toreo. Se retiró de los ruedos en 1962. Fue padre del desaparecido músico Rafael Santa Cruz Castillo, cultor del cajón peruano, ese instrumento icónico de la música criolla costera y afroperuana que llevara a donde los gitanos de Algeciras, Francisco Sánchez, el genial Paco de Lucía y quien al respecto afirmara: “Este es el instrumento que necesitaba el flamenco. Hasta entonces, usábamos los bongós y las congas, pero aquello era más caribeño, no sonaba a flamenco. Advertí que el cajón peruano tenía el sonido grave de la planta del pie de un bailaor y también el agudo de su tacón.” 

“No queda un alma en el coso,

el sol oculta su esfera,

pero de contrabarrera

se oye un canto quejumbroso,

y entre sollozo y sollozo

una voz que dice fiel:

“Herida tu oscura piel

con mi llanto te acompaña

toda la afición de España

mi torero Rafael…”

Rafael, el torero de ébano, la maravilla negra, el primer torero negro del mundo, que gustaba vestir de celeste y oro −pero que alguien le llamó alguna vez Lima con traje de luces−  el descendiente de guineos occidentales, de la sonrisa enorme como su corpulencia, hermano de Nicomedes, Victoria y César. Entrañable de Dominguín. Del zapateo de  panalivios y agua de nieve,  esos ritmos de gente de la coló, del color endrino barruntado en la conciencia reticente de la cortesana sociedad limeña, muere el 11 de marzo de 1991 en su ciudad natal, la Lima que sucumbió ante la risotada temeraria de sus ceñidísimas manoletinas o se sobrecogiera con el vuelo de su mustio percal.

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Versos en comillas : del poema Plaza de Carabanchel de Nicomedes Santa Cruz

La Victoria : Distrito popular de la ciudad de Lima, aledaño a su centro.

Panalivio : canción y danza irónica de los afro descendientes peruanos de corte similar a las habaneras acompañados por violín.

Landó : Lamento hecho baile y música proveniente del lundu africano cuyo origen data de la colonia.

Agua de nieve : Agua e´ nieve, baile de zapateo realizado principalmente sobre las puntas del pie.

Quijada : Instrumento de percusión usual en varios lugares de américa latina hecho con el maxilar de equinos.

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