En Valencia… Hablar de arte en donde no lo hay

Valencia, España. Cuarta de la Feria de Fallas. En medio de la lluvia que apareció en varios momentos, acaso y habrán logrado convocar a los dos tercios del aforo de la plaza. Toros de Juan Pedro Domecq, mansos y no hay más que decir.

Morante de la Puebla: Silencio y ovación tras aviso.

Juan Ortega: Silencio en ambos.

Pablo Aguado: Silencio y oreja.

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Es tan difícil hablar de arte en donde no lo hay.

Aunque lo más sencillo es justificar y festinar esa falta de argumento inventando la aparición de una faena bonita, en medio de la triste ausencia del arte.

Vamos que existe alguno que otro osado que afirma en sus escritos que existe ese arte, pero la incontestable realidad demuestra que si acudió se esfumó.

Muchos más comentan, que, el arte llegó al coso valenciano y preguntó ¿en dónde está el toro que le da razón de ser a la tauromaquia?

Todos se pusieron a buscarlo y no lo hallaron.

Entonces, volvió a preguntar ¿en dónde están esos toreros que se llaman artistas y que deberían defenderlo con la verdad y la inobjetable honestidad?

No los encontraron.

El arte decepcionado al no existir esa luminosa verdad para que tenga razón su existencia, tuvo que abandonar el coso, porque todo lo que había ahí, se resumía en la aproximación, en los falsos elogios, en la inadmisible engañifa.

El arte, por si se olvida, está salvaguardado en el Olimpo por  Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia; quienes defienden su integridad, sobretodo de aquellos, que, intentan ultrajarlo.

Es tan sencillo hablar de arte sin tener argumento para ello; hablar de armonía en donde no se produce y, por eso, la tauromaquia a la falta de un defensor de su verdad está aletargada, esperando que en verdad llegue ese torero para convocar a la grandeza y así devolverle su razón de ser.

Sí, porque en el redondel aparecieron seis toros mansones, con cierta presencia, y con la pena que dieron en su apariencia de lirios desmayados.

La escena daba más que vergüenza, tristeza y hacía ver a los que supuestamente se llaman artistas; tan ajenos a lo que debe ser el arte.

La esperanza en este cartel estaba en, Juan Ortega, un torero postergado por el sistema que nada más tuvo un poco de apoyo demostró su valía. Tiene argumentos para llegar a mucho más, pero si se encasilla con estos toros no pasará mucho.

Seguramente hará faenas bonitas, pero no habrá creaciones intensas y por ende no trascenderá.

Se perderá en lo fatuo como sus compañeros de cartel, quienes a pesar de que mediáticamente se pasan intentando convencer de que son artistas, justamente es el propio arte el que les desmiente sin tasa ni medida.

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Juan Ortega la esperanza de la revolución para el regreso a los cánones de la verdad, ahí estuvo perseverante, unos lances cadenciosos, en su primero, pero nada que iluminara la tarde, al no existir la necesaria verdad del toro bravo de ese toro íntegro que parece lo tienen oculto sólo para los toreros “modestos”. Hubo la entrega y voluntad necesarias aunque hace falta más para consolidar algo que consiga el reconocimiento. A esto, habrá que sumar el desatino en las espadas en ambos.

Que, Pablo Aguado, después de haberse quedado en las buenas intensiones en su primero; sumó con el cierra plaza una faena de las llamadas bonitas y que han llevado a la Fiesta a menos. Pues sí.

Aparecieron pases con la derecha en donde hubo esa fastidiosa pose que tanto enseñan en las escuelas, para hacerles creer que eso es sinónimo de empaque y verdad. Nada más alejado de la realidad.

No se puede hablar de armonía si no se conoce su significado y lo que le vincula con el ritmo.

Sí, porque una cosa es pasarse al toro con pose y otra muy diferente es torear con verdad.

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Y sólo hubo una faena correcta, pulcra tal vez, con poses, erguidillo, que entusiasmó al mojado público que observó esta actuación y que seguramente a estas alturas ya olvidó lo que ocurrió.

El toreo al natural ni por asomo, no pudo a la primera y mejor a regresar por donde se había impactado en el amable público. Después de una estocada habilidosa, se le concedió una oreja y ahí quedó esta historia.

Morante y sus enésimos detalles. Detalles que dicen tan poco y que impactan menos. No se puede pretender ser artista cuando la verdad no le acompaña. Que con estos animalillos puede estar sin el agobio que obliga la casta y la bravura, pues sí.

Pero el estar con “borreguillos” no da razón de ser al toreo como arte; que de pronto se vea cierto esfuerzo, es lo menos que puede hacer con sus “toros” consentidos.

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Largo va a ser el año para él, y si quiere quedar en el reconocimiento de público, está en tiempo de cambiar de estrategia y enfrentar un día sí y otro también al toro en todo su esplendor; porque las gestas se hacen siempre no son el mero pretexto de una forma de justificar la existencia.

Una tarde en donde no hubo arte. No lo pudo haber porque faltó la inexorable verdad del toro bravo, encastado e íntegro. Cuando este aparezca, ya será otra historia que habrá que contar.

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