En Jaén… Morante de La Puebla triunfa con tres orejas

Jaén. Primera de la Feria de San Lucas. Toros de Garcigrande y Domingo Hernández (3º y 6º) -el cuarto, devuelto-, mal presentados, anovillados y feos de hechuras, mansos y descastados; sobrero de Sancho Dávila (4°bis), correcto de presentación, mansurrón y bonancible en el tercio final. Fue premiado con la vuelta al ruedo. Tres cuartos largos de entrada

Morante de La Puebla: Oreja y dos orejas.

Emilio de Justo: Ovación tras petición y ovación.

Juan Ortega: Palmas y silencio.

Detalles:

Saludaron Ángel Gómez y Pérez Varcarce en banderillas.

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Una faena de locos. El titular es del propio Morante, que así definió en los micrófonos de la tele su labor ante el cuarto toro de la tarde, al que le cortó las dos orejas.

Algo de razón de tenía. El toro titular fue devuelto sin razón aparente, y solo porque el público protestó su peso (449 kilos) reglamentario. El propio torero mostró su extrañeza, pero salió como sobrero un ejemplar de Sancho Dávila, más guapo que el anterior, de comportamiento desigual en el caballo, y de noble y suave embestida en la muleta. Allá andaba Morante intentando interesar al público con muletazos entonados cuando, de pronto, también sin motivo conocido, la banda de música deja de amenizar la labor del torero. Los tendidos protestan y es el propio Morante el que le pierde la cara al toro, dirige su mirada a los músicos y con llamativos gestos les indica que no vuelvan a tocar, como si él dirigiera la banda.

A partir de ahí, sucedieron dos cosas: primero, que la directora le hizo caso, y segundo, que Morante entró en un estado de arrebato taurino y, acompañado por un público cómplice, firmó muletazos que si bien no fueron pinceladas artísticas, sí mostraron a un torero decidido y empeñado en dejar claro que su labor sí merecía el acompañamiento musical. Mucho más animoso que en el inicio de faena, enardeció a los tendidos con vistosos ayudados y una tanda de hondos naturales de frente antes de cobrar una estocada caída que no impidió que el presidente mostrara los dos pañuelos a la vez y, a continuación, el azul, que premiaba al toro con la vuelta al ruedo sin que la mereciera.

Morante ya había cortado una oreja en su primero, ante un animal soso y con escaso celo, pero ante el que mostró que mantiene la actitud comprometida de la que ha hecho gala durante toda la temporada.

Después del triunfo del sevillano, Emilio de Justo salió a por todas en el quinto. Recibió a su toro con una larga cambiada de rodillas en el tercio y lo veroniqueó con decisión. Brindó a la concurrencia y pronto comprobó que ese animal tenía movilidad, no humillaba en la embestida, y pronto cantó su deseo de abandonar la pelea. Lo enceló De Justo en un par de tandas con la mano derecha, pero el toro consiguió guarecerse en las tablas, y ahí, en tan incómodo terreno, tuvo que entrar a matar el torero. Y falló reiteradamente, como era lo lógico. En fin, que el buen deseo de Emilio de Justo lo rompió la mansedumbre de su oponente. Sin clase alguna y desbordante de sosería fue su primero.

Juan Ortega no tuvo suerte ninguna con su lote. Una verónica de las grandes a su primer toro es todo lo que pudo lucir.

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Créditos fotos © Juan Andrés Viedma Benítez, ANFT (Asociación Nacional de Fotógrafos Taurinos)

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  • Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País 

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