En la Opinión de Pepe Mata… Ginés Marín aplastó a Morante

El arte no cambia nada, el arte te cambia a ti”: David Lynch

Llegaron, Alberto López Simón y Ginés Marín, a Las Ventas y hallaron a un público -la mayoría- morantista, así que cualquier cosa por pésima que haya hecho, Morante de la Puebla, fue aplaudido y justificado sin cesar.

Morante, recibió a su primero con espantosos lances siendo todos alcanzados por el mansurrón ejemplar, y por supuesto, que fueron aplaudidos y celebrados a rabiar, como si se tratara de una algo inconcebible.

Lo que sí resultaba inconcebible era justamente tanta celebración para Morante cuando no existía un sólido argumento para ello.

Morante tomó la muleta todas las series fueron estropeadas, reponiendo mucho terreno por la falta de aguante que tiene merced a su obesa figura, y claro, escuchó estruendosa ovación.

En este contexto salió al redondel, Alberto (López Simón) y no pudo sobreponerse al reto que estaba frente a él… un toro manso y un público morantista; tan fuera de sí se observó, que hasta una soberana guantiza se llevó por citar de largo y dejar muerta la muleta, dejando al mismo tiempo, tremenda luz -entre muleta y cuerpo- por la que hizo camino el toro yéndose directo a la geografía corpórea del madrileño.

¡Vaya tremenda guantiza!

Apareció en escena el jerezano, Ginés, tuvo un pésimo toro que hizo tercero del festejo y desde el inicio se veía que poco iba a durar, al ver las firmes intenciones del joven torero pareció que, Morante, decidió hacerle un quite al descastado ejemplar con chicuelinas sobaqueras envolviéndose con el capote como si fuera cobija. Ginés que no se deja ganar la pelea, hizo lo propio con unas chicuelinas impecables, pero todo se regresó al cajón de las buenas intenciones porque el torillo ya no quiso caminar.

No pasó nada con Morante en el cuarto ni con López Simón en el quinto.

La tarde tornaba aciaga, el fastidio y la furia por el pésimo ganado asfixiaba el entorno. Salió el toro cierra plaza con todo el augurio de su mansedumbre, y también hizo acto de presencia un, Ginés Marín, más motivado, con el claro objetivo de conquistar el triunfo, y…

… simplemente lo hizo.

Desde con el capote Ginés impuso su imperio, se hizo del astado, lo sometió y por ello pudo concretar una propuesta de altos alcances arquitectónico, que si bien en lo explícito existió lo apolíneo… en lo implícito colaboró lo dionisiaco, como aquellas columnas del templo de Zeus, con el fin de apoyar a la creación del torero, dándole el inobjetable sustento que hizo cimbrar al monumental coso venteño.

Tras la rúbrica de esta seria, sentida y luminosa obra de arte taurino, el público exigió las dos orejas, una vez concedidas desde el palco de la autoridad, le abrieron de par en par la puerta de la gloria.

¡Triunfó!

Sí, triunfó y eso es un hecho claro e inobjetable.

Seguramente, la prensa corrupta siempre intentará justificar todo para no perder sus malsanos intereses, y en este caso a su mecenas de aquella Puebla.

No obstante, la realidad exclama iracunda que es imposible justificar al de la Puebla del Río, porque se vio obsoleto, fuera de sitio, en decadencia absoluta y sus poses con las que intenta adornar a su obesa corpulencia, no fueron suficientes para intentar convencer de que el arte puede estar en él.

El arte va más allá de todas las miserias, de esas engañifas con las que transitan en medio de la comodidad por la Fiesta.

El arte es verdad, honestidad y como expresó David Lynch: “El arte no cambia nada, el arte te cambia a ti«, y si Morante no ha cambiado en nada a nadie; es porque carece del halo divino de la creación.

Queda claro entonces que Morante no pudo con su toros, Alberto López Simón se hundió en la mediocridad, mientras que, Ginés, dio clara cátedra de verdad, sensibilidad y dignidad.

A la Fiesta le urge que los figurines… Morante, Juli, se vayan; y los retirados Talavante y Ponce no regresen.

Tantas miserias le hicieron un daño casi irreversible durante 30 años, es tiempo de la renovación para devolverle la grandeza perdida al arte del toreo.

Pero… la renovación está ya, ahí con todos esos maravillosos jóvenes que pueden enfrentar un día sí y otro también la grandeza del toro bravo y encastado, al que una vez dominado como auténticos héroes se transfiguren en artistas para regalar intensas obras de arte, al espíritu del diletante taurino.

El toro bobalicón, el pequeñajo ovejuno son cosas de un pasado reprobable de la Fiesta del que ya no se quiere saber nada.

Ginés Marín es un claro sustento de que la Fiesta puede tener un porvenir luminoso, desde aquí deseo lo mejor a él y le pido, con vehemencia y evidente respeto, que no claudique en el engaño, que no sucumba en las miserias, porque Ginés puede devolverle la grandeza perdida al arte del toreo, junto con toda esa juventud torera a la que pertenece con luz propia.

¡Dígase la verdad… aunque sea motivo de escándalo!

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Las fotografías que ilustran este artículo son de la galería de la Gran Muriel Feiner

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@PERIODISTAURINO ‏ 

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