En Sevilla… El Juli y Manzanares cortan una oreja de pura bisutería, y Ureña, otra tras una estocada defectuosa

Sevilla. Jueves 30 de septiembre 2018. Casi lleno sobre un aforo del 60 por ciento. Undécima corrida de la Feria de Sean Miguel. Toros de Hnos. García Jiménez, correctos de presentación, mansos a excepción del cuarto y muy nobles; inválidos cuarto y quinto, y deslucido el sexto.

Julián López El Juli: Oreja y silencio.

José María Manzanares: Ovación y oreja.

Paco Ureña: Silencio y oreja.

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¡Pena de La Maestranza! ¡Qué pena…! Con lo que ha sido esta plaza en la historia del toreo y lo bajo que ha caído. Será el sino de los tiempos, señal inequívoca, por otra parte, de que los nuevos vientos afectan, y de qué manera, a la esencia de la tauromaquia.

La lidia del quinto toro y la oreja que paseó Manzanares fue una desvergüenza para Sevilla y su afición; al igual que sucedió con la que se le concedió a El Juli; y tampoco la mereció Paco Ureña tras una heroica actuación ante el peligroso y descompuesto sexto al que mató de una fea estocada, que debió dejar el premio en la ya desaparecida vuelta al ruedo.

El quinto de la tarde manifestó invalidez a poco de pisar el albero. Estaba claro que venía enfermo o beodo porque era evidente su esfuerzo para mantenerse en pie. Pasó el tercio de varas sin que le hicieran sangre, y arreciaron las protestas de gran parte del público. Aguantó las banderillas porque el subalterno le levantó el capote para que no claudicara. La plaza entera ya era entonces un clamor para que el animal volviera a los corrales.

Pero el presidente aplica la lógica: como no ha mordido el polvo, aquí se queda.

Manzanares toma la muleta entre el enfado general. El toro no sabe dónde colocar las pezuñas para no perder el equilibrio. Su matador lo cuida, lo refresca, lo trata con mimo; y su oponente, que era un bendito, le responde con embestidas obedientes. Y así, poco a poco, surgen los primeros olés, que se generalizan en la cuarta tanda, y es la banda de música la que entonces se lía la manta a la cabeza y rompe a tocar.

Manzanares se engalla, cita al hilo del pitón a su moribundo acompañante, y se luce con muletazos largos por ambas manos. Es entonces cuando el toro dice que hasta aquí hemos llegado y se desploma en el albero. Llaman a las asistencias, le hacen el boca a boca, le enchufan oxígeno y el animal consigue levantarse. Volverá a caer para siempre momentos después tras una estocada en la suerte de recibir de Manzanares.

Y los que minutos antes habían protestado agriamente la invalidez del toro piden con entusiasmo la oreja para su enfermero. ¡Y hubo algunos que llegaron a aplaudir en el arrastre…!

El trofeo que paseó El Juli en su primero puede optar al premio de una de las orejas más baratas de la historia de esta plaza. Es verdad que el torero lanceó a la verónica con las manos bajas y dibujó un vistoso quite por chicuelinas. Pero la faena de muleta a un muy bonancible animal gestado y criado para colaborar con su matador fue una muestra lamentable del toreo industrial y mecánico, con aditivos, colorantes y conservantes, ese que sabe a todo menos a toreo verdadero; siempre el torero al hilo del pitón, muy despegado, ventajista, superficial y vano de principio a fin. Pero La Maestranza se le rindió como si protagonizara una faena de época.

La misma película la repitió Manzanares en su primero, un manso que embistió con altas dosis de bobería; el torero aprovechó su innata elegancia para ocultar los trucos ya conocidos y que acababa de exponer su compañero: toreo que no dice nada, el bien llamado destoreo moderno.

Ureña tuvo mala suerte con el tercero -como la tuvo El Juli con el inválido cuarto- con el que se justificó sobradamente, pero pareció decidido a no ser el convidado de piedra de la corrida.

El último fue el garbanzo negro; manso huidizo, amigo de los arreones, de corto recorrido y muy deslucido. El típico toro para quitarle las moscas y pasaportarlo.

Ureña eligió el camino más difícil. Se colocó en el sitio justo, mostró el pecho, más derecho que una vela, y obligó el toro a embestir, aunque en cada muletazo se masticaba la voltereta. Hubo muletazos aislados cargados de pasión por la cruda verdad que el torero había colocado en la balanza de la faena. La emoción subió enteros cuando con los pies juntos y de frente robó algunos naturales emocionantísimos. Fueron los momentos, sin duda, más intensos de la corrida. La estocada no fue buena, pero la oreja cayó en sus manos injustamente.

Allí quedó La Maestranza, convertida en una portátil; triste, sin duda, porque, quizá, nunca imaginó que se manchara de tal modo su historia.

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* Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País

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