En El Espinar… Roca Rey y Javier Cortés por la puerta grande

El Espinar (Segovia). Domingo 15 de agosto. Plaza de toros de El Espinar. Más de media entrada dentro de las restricciones de aforo. Tarde calurosa. Toros de José Vázquez, de correcta presencia y poca raza en general. Los mejores fueron el sexto, con transmisión y codicia, y el quinto, noble y con entrega.

Emilio de Justo: Silencio y oreja.

Javier Cortés: Oreja y oreja.

Roca Rey: Ovación y dos orejas tras aviso.

Detalles:

Juan José Domínguez y Paco Gómez fueron ovacionados tras banderillear al 3o.

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Una vez más se abrió la puerta grande en El Espinar para rematar la feria por todo lo alto. Esta vez la atravesaron a hombros Roca Rey y Javier Cortés. El peruano no se quiso dejar ganar la pelea de un Cortés que vino a dejarlo todo en este ruedo. Y si Emilio de Justo no se coló en la foto, fue porque el escaso juego de su lote se lo impidió.

Montera en mano hicieron el paseíllo los tres toreros para cerrar una feria espinariega que resultó triunfal. Si bien, esta vez los toros no jugaron a favor de obra, tanto Emilio de Justo, como Javier Cortés y Emilio de Justo, habían decidido salir a triunfar sí o sí.

No lo tuvieron fácil, pues, aunque la corrida tuvo buen aire, le faltó fondo, raza y motor para que la fijeza y la nobleza que tuvieron como virtud, lucieran de verdad. Y es que el desarrollo de la tarde fue un poco el resumen de lo que fueron los toros, de menos a más, gracias a los toreros.

El menos le tocó a Emilio de Justo. El extremeño se estrelló con la suelta mansedumbre del flojo primero y, aunque consiguió encelar al toro en las telas con unos delicados delantales, la sutileza de su toreo no terminó de solucionar la falta de fuerza del animal, por mucho que Emilio quiso ayudarle al toro en cada muletazo.

Por eso en el cuarto cuidó desde el inicio cada detalle, cada cite, cada embroque y cada despedida. Abriendo los caminos sin obligar, dominando sin afligir. Así se afianzó el de José Vázquez que, mediada la faena, agradeció el buen trato con unas pocas embestidas llenas de calidad, aunque carentes de chispa. Eso lo pondría el torero, que se arrimó con sinceridad. El espadazo que agarró al segundo intento es de aquellos que se tienen que poner en las escuelas taurinas una y otra vez. Oreja de ley.

Y el más le tocó a Roca Rey. Fue el sexto, el único toro de la corrida que se movió con transmisión y recorrido. No lo suficiente para que el peruano pudiera sacar su látigo de dominar fieras, pero sí para que mostrara que, en su poderío, también habita la medida, ya que Andrés entendió que, esta vez, la mano baja y la longitud de sus muletazos no podían ser ilimitadas. Lo cuidó, al tiempo que lo sometió en tandas cortas, ajustadas y templadas, para, al final, poder llevarlo tan largo como quiso desde el principio. Hubo tres naturales colosales y un pase de pecho de lentitud pasmosa. El espadazo, de lento efecto, permitió que sonara el aviso, pero no que cayeran las dos orejas con toda justicia.

Ya se le habían escapado los trofeos del primero por la falta de raza del toro. Era tanta, que ni Roca Rey, poniendo la que le sobra, pudo balancear la ecuación. Además, a medida que avanzaba la faena, el toro perdió fuelle. Por mucho que el peruano tirara de suavidad.

Y, entre medias, Javier Cortés, que se encargó de sacar oro de un relavado. ¡Cómo toreó el madrileño! Está feliz y se le nota. Cierto es que su lote no fue malo, pero tampoco fueron toros de lío. Eran esos toros medios a los que había que ponerle mucho y Javier lo puso todo.

El tercero, que nunca terminó de ir completamente metido en la muleta, se encontró con un torero de apuesta sincera, que se pasó los pitones por la barriga en cada muletazo y lo condujo con temple y mucha verdad. Con la izquierda hubo una serie final emocionante por el desmayo en el trazo y la poca tela que usó para vaciar la embestida del toro.

Lo mejor vendría en el quinto, un toro que sacó su buen fondo gracias a la precisa lectura que Javier hizo de él. Las tijerillas con las que lo llevó al caballo aportaron variedad, tanto como las bernadinas de viaje cambiado con las que, en los medios, abrió la faena. A partir de entonces, el madrileño templó con sutileza las vivas arrancadas de toro, que pareció venirse arriba, nada más porque aún no le habían exigido.

Eso llegaría en la tercera serie, cuando Javier dio el paso y, sin terminar de someter por bajo, impuso su autoridad con muchísimo temple. Una serie más, esta vez de rotundos naturales, terminó de doblegar al toro, que acusó el castigo. Entonces vino el mimo, un par de series de transición, derechazos sin atacar al toro, acompañando con gusto y empaque, para que recuperara la confianza y sacara todo su fondo como lo hizo al final, cuando ambos se encontraron en una tanta de naturales que fue un escándalo.

Hubo tiempo para el susto. Javier estaba disfrutando su momento y decidió pegarle dos circulares invertidos de rodillas, metido entre los pitones. Si la espada hubiese caído en buen sitio habrían sido dos orejas indiscutibles, pero con una bastaba para irse a hombros y lanzar el guante a las figuras con una puerta grande que le tendría que valer para mucho más.

Así se cerró una feria con mucho contenido en El Espinar, la feria del regreso de las figuras y de las oportunidades (aprovechadas) de los que piden paso.

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