El arcón de los recuerdos de Jaime Sierra… Siempre que hipoteques tu nombre le sales hasta el final

Dando respuesta al amable lector, Don Javier Mendoza, con relación de que si los toreros son supersticiosos, me da perfecta entrada para este nuevo episodio de mi caminar taurino.

La calentura, como se dice en el argot taurino, nos pegó de lleno a toda la familia, tan fue así que mi papá (Jaime) y sus hermanos Guillermo y Antonio se contactaron con los hermanos Barbosa (Rubén, Raúl y Manolo) quienes a principios de la década de los sesenta en unión con otros aficionados prácticos se dieron a la tarea de construir una placita de toros por la calle 68-A entre Medrano y Pensador Mexicano en el populoso sector Libertad de Guadalajara, sí por supuesto, Jalisco.

Recuerdo a grandes aficionados prácticos y especiales amigos como los señores Barbosa, Roberto Zepeda, Luis Prieto, Ignacio Heredia, Jesús Carlos Urrea, Alejandro Prieto, Joaquín Garzón, etcétera, etcétera, etcétera.

Y por supuesto y sustancial para este capítulo, mi papá, mi hermano Guillermo, mis tíos Guillermo y Antonio y mis primos Javier y Antonio todos de apellido Sierra.

Se formalizó la Peña Taurina La Calesa, en honor del matador Alfonso Ramírez El Calesero quien fue nuestro padrino.

Ahí dimos rienda suelta a nuestra afición y casi cada quince días se programaba un festival, toreaba el que pagaba la bravura y los otros salíamos de subalternos.

En verdad gozábamos de nuestra afición a la más hermosa de todas las fiestas, la Fiesta de Toros.

Después del festival se organizaba gran baile familiar, con música en vivo, en donde departíamos la cena con las familias de los asociados, invitados y claro uno que otro colado, por ahí… (¡ja!, ¡ja!, ¡ja!).

El cartel que nunca olvidaré es el de la fotografía que muestro aquí, justo debajo de éstas líneas, alterné con mi amado padre y mi querido hermano Guillermo, en donde mi mamá sufrió al triple pero aguantó estoicamente.

¡Olé por mí querida mamá!

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Esa noche de sábado, llena la placita, partí plaza con mucha alegría, emoción y esperanzado en dar la pelea en el ruedo, pero…

… mi papá se nos fue por delante al realizar una faena de sobriedad, como era su toreo.

Lanceó a la verónica con algo de apuro pero con soltura, lo mejor vendría con la muleta, supo sujetar y dominar las embestidas bruscas para sacar pases con temple y naturalidad, lidiando con firmeza y matando de certera estocada para llevarse una oreja.

En mi turno lanceé a la verónica a un ejemplar que embestía con bravura pero se revolvía en un palmo de terreno, mi faena de muleta la inicié con pases de costado para seguir con derechazos que me fueron aplaudidos.

Sin embargo, pronto se amarró al piso y tuve que abreviar dejando dos pinchazos y entera, retirándome entre la ovación de todos los concurrentes.

Mi hermano Guillermo recibió de capa toreando a la verónica entre los ¡olés! de los convocados. En medio de la emoción que le invadió a Memo, tomó entusiastamente las banderillas llevándose fuerte ovación tras parear con certeza y exposición.

Inició toreando por alto a un astado que pronto se aquerenció en el área de la puerta de toriles por lo que se concretó a lidiar por la cara. Dejó un pinchazo y media en buen sitio para retirarse entre los aplausos de los asistentes, incluso por ahí se escuchó un grito de ¡torero! por su evidente entrega.

¡Qué maravillosos recuerdos señor Don Simón!

Este caminar torero inevitablemente tenía que seguir y en la siguiente ocasión en que fui acartelado, mi tío Nacho, que vivía en Guaymas (Sonora), se le ocurrió venir y participar como observador en estos inolvidables festejos nocturnos, por lo que tan pronto estuvo en casa, me pidió que le llevara a conocer La Calesa y así fuimos el jueves anterior al festival a que le diera su primer vistazo, con tan mala suerte que al llegar estaban los animales en el ruedo y me vino a la mente la nada grata impresión de cuando tuve que escoger aquel cebú del que les conté la semana pasada. Di la media vuelta y regresamos a casa.

La tensión sin que yo lo advirtiera se hizo presente, no pude descansar de estar pensando en lo que había visto y recordar aquel cebú.

Llegó el sábado por la tarde nos dirigimos a la plaza, ya en el vestidor, después de tanta reflexión, caí en pánico, sintiendo escalofríos sudando frío, mi tío Guillermo se acercó y me dijo no puedes salir así, tienes temperatura, habló con mi papá y solo me dijo…

… “desvístete que yo también me llamo Jaime Sierra”.

Pero recuerda…

… “siempre que hipoteques tu nombre le sales hasta el final”.

De nuevo mí querido padre me hizo el quite pero lo mejor fue la enseñanza para toda mi vida.

Y aquí vuelvo al comentario de nuestro amigo, Javier Mendoza, si, efectivamente sí, todos los toreros tenemos supersticiones, desde ese día jamás volví a ver a los astados antes de torearlos.

Me despido estimados amigos, por esta ocasión, no sin antes invitarlos a reencontrarnos en el próximo episodio del arcón de mis recuerdos.

Y, por favor, en estos momentos tan difíciles que vivimos por el coronavirus, debemos seguir en casa y así poder vencer a este virus tan contagioso.

Que Dios les cuide a todos.

#QuédateEnCasa

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