En Sevilla… Un gran espectáculo

Sevilla. Jueves 9 de mayo 2019. Real Maestranza de Caballería. Undécima de abono. Se lidiaron dos toros de Santiago Domecq, correctamente presentados, bravos, encastados y nobles; al segundo se le dio la vuelta al ruedo. Tres cuartos de entrada.

Manuel Jesús El Cid: Ovación y silencio.

Miguel Ángel Perera: Oreja y ovación.

Paco Ureña: Ovación y silencio.

Detalles:

Se obligó a El Cid saludar tras el paseíllo en su última corrida de Feria de Abril.

Curro Javier saludó tras parear al 2º y tras lidiar al 5º.

El segundo de nombre Aperador, nº 31, colorado, de 575 kilos de peso y nacido en 10/2014, fue premiado con la vuelta al ruedo.

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Perera corta una oreja a una brava, encastada y noble corrida de Santiago Domecq

La corrida fue un gran espectáculo gracias a la bravura y la encastada nobleza de los toros de Santiago Domecq, que han cosechado un gran éxito en su presentación en la Feria de Abril.

No fue lo que se dice un corridón, porque la felicidad nunca es completa, pero todos los toros presentaron un trapío aceptable, acudieron con prontitud a los caballos, galoparon en banderillas y repitieron con mayor o menor codicia en la muleta.

Excelentes fueron el segundo, al que se le concedió el honor de la vuelta al ruedo, el cuarto y el quinto. No hubo, quede claro, grandes peleas en los caballos, pero no por falta de fiereza de los toros, sino por decisión de los toreros.

Perdido en la práctica el tercio de varas y sometida toda la lidia a la faena de muleta, los lidiadores procuran aliviar el paso por el piquero para que el animal aguante los cien muletazos de la moda actual. De ahí, que se plantee la polémica sobre la justicia de la vuelta concedida al segundo.

Con la ley en la mano, fue una exageración del presidente; pero si se mantiene la norma, ningún toro obtendrá nunca más ese honor. El tercio de varas fue, en verdad, una simulación porque así lo decidió su matador, pero Aperador, así se llamaba el toro, era de brava condición, como todos sus hermanos.

Enhorabuena, pues, al ganadero, que ofreció un gran espectáculo a pesar de que no hubo triunfos clamorosos, como se podría presumir por la calidad de los astados.

Eso; ¿por qué no hubo triunfos si hubo toros? Ya se sabe que los toros encastados no son fáciles, no admiten errores y exigen muletas poderosas y cabezas inteligentes. Y no siempre están los hombres de luces con la inspiración a tono para afrontar tal papeleta.

Perera solo cortó una oreja al toro de la vuelta. Quizá, si la estocada no hubiera caído trasera y caída, hubiera paseado los dos apéndices, pero… Se le vio, no obstante, transfigurado con la muleta en las manos.

Se hincó de rodillas en el centro del ruedo y allí dio dos pases cambiados por la espalda que cerró con el de pecho en un instante cargado de emoción. El toro, repetidor, largo recorrido, con prontitud y fijeza en su embestida, le permitió que se luciera en un par de tandas con la mano derecha en las que sobresalieron muletazos largos y hondos.

Sufrió un desarme tras un natural de categoría y aún dibujo otros más del mismo tenor. El toro, de menos a más, contribuyó sobremanera a una tanda final de derechazos sencillamente excelente.

Espectacular fue el tercio de banderillas del quinto, otro animal encastadísimo, alegre y fiero, que había metido los riñones en el caballo, y desafió engallado a los subalternos.

Extraordinario su galope, como lo fueron el primer par de Javier Ambel y Vicente Herrera, y la lidia capotera de Curro Javier, que embelesó al respetable y este le obligó a saludar.

Decepcionó ese toro en la muleta. Desbordó por momentos a Perera, pero se cansó a mitad de faena y acabó rajado en tablas. Queda la incógnita de si se cansó o se aburrió ante la sosería del torero.

Casi curioso es el de El Cid. Antaño deleitó a todos con el mejor toreo clásico, y con el paso del tiempo ha aprendido a torear mal. No es el mismo torero. Se lució a la verónica en su primero, pero en cuanto tomó la muleta se lo comieron las prisas.

No había transcurrido un minuto y ya había dado tres tandas de derechazos olvidables. No, hombre, no. No se puede pintar un cuadro en el tiempo de un café. Demasiada celeridad.

Y si mando ni reposo ante el noble y encastado cuarto, que lo superó de principio a fin.

Las prisas de El Cid contrastaron con la serenidad de Ureña. Fue verlo en el centro del ruedo con el capote a la espalda, en el primer toro de Perera, y todos se percataron de que allí había un torero. Las gaoneras no surgieron con la limpieza deseada, pero quedó sensación de grandeza. No tuvo el murciano el mejor lote, y su decisión no encontró el efecto soñado.

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  • Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País

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