Lo dice Pepe Mata… Andrés Roca Rey, sólo hay uno; para fortuna del arte del toreo

Usted es príncipe por azar, por nacimiento; en cuanto a mí, yo soy por mí mismo. Hay miles de príncipes y los habrá, pero Beethoven sólo hay uno”: Ludwig van Beethoven.

El inmenso Beethoven, en un momento de ira, cuando pretendían hacerle sentir que no era digno de estar entre la oropelesca sociedad, exclamó esa frase contundente, que define perfectamente la diferencia entre lo frívolo e intrascendente y la grandeza de la genialidad.

Cualquiera puede ser un frívolo figurín, andar por los ruedos del mundo autonombrarse artista y hasta genio -si quieren-; otra cosa es serlo en la realidad.

Estos pensamientos deambulaban presurosos en el archivo de sastre de mi memoria, cuando veía la primera faena de, Andrés Roca Rey, este viernes 3 de Mayo en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.

Para este festejo seleccionaron absurdamente una corrida no mala, pésima de Núñez del Cuvillo, era de esperarse; bobitoros inválidos.

De tanto echarle agua a la sangre brava, para mantener un toro bobalicón, dúctil, una dulce ovejita con movilidad, pareciera que se está revertiendo el efecto (o el encanto) y la mansedumbre apoyada en el descastamiento da paso a la invalidez, incluso, hasta con genio, la casta mala, y los astados resultan impredecibles y sumamente violentos.

Es lo que les está sucediendo a las ganaderías comerciales.

Así de simple.

En medio de esta desolación en donde la casta y bravura eran inexistentes, tuvo que apechugar, Roca Rey, porque su administración en la persona de, José Antonio Campuzano, sucumbe ante la frivolidad que han impuesto los figurines, no busca lo mejor para su torero.

El público ya lo quiere ver torear otros encastes, otras ganaderías, porque inobjetablemente lo puede hacer con luminosa grandeza.

Andrés, es un genio.

Ni duda cabe.

Un torero de los que nacen cada cien años, tesis que he sostenido desde que era becerrista; el inexorable destino me ha estado dando la razón.

No obstante, se hace necesario que el artista peruano, cambie el entorno que le rodea, con el fin de que su espíritu creador, en constante evolución lo conduzca a un porvenir más luminoso y revolucionario, del que sólo hemos visto apenas un esbozo.

Tuvieron que pasar cien años para que volviera aparecer un torero excepcional, que además de revolucionar al arte del toreo, le volviera a dar significado de verdad.

Hace un siglo lo estaban haciendo Rodolfo Gaona, Jose Gómez Joselito y Juan Belomonte.

Ahora cabalga solo, Andrés, y está a mil años luz de los demás.

En menos de cinco meses, tras su alternativa, cuando los figurines pretendían imponerle su mandato; él terminó por imponerse y comenzó a mandar.

Es el único que llena plazas.

Lo acaba de demostrar en Sevilla, bajo el influjo de su nombre se agotaron las entradas.

Y, no…

… ¡por supuesto que no decepcionó!

Es un torero tan excepcional, que todos los que alternan con él, apenas y tienen tiempo de existir.

La luz de Andrés es superior, porque…

… Andrés Roca Rey, sólo hay uno.

Dos faenas importantes, incontenibles, más portentosa la que consumó con el mansesco ejemplar que cerró plaza. Un bovino que no hizo nada digno en caballos, tuvo movilidad, pero el mérito estuvo en la sabiduría de Andrés, al darle el tiempo exacto sin agobiarlo, el tiempo necesario entre casa pase, entre cada serie, para consumar su prodigiosa creación.

De hinojos el prólogo contundente, arriesgando, porque así es él.

Nadie puede pisar esos terrenos tan comprometidos, que en ocasiones no se entiende cómo ha pasado el toro.

¡Sí!, pasarse al toro surcando su geografía corpórea y toreando magistralmente.

Así lo hizo con ese sexto.

Fue extrayendo cada serie con los espacios correctos, sin excederse cuando le obligaba a embestir, hasta concretar el toreo en redondo, que hizo a toda la plaza levantarse para tributarle ovación de gala.

Cuando todo ya estaba escrito en ese mágico pentagrama que es el albero de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, la gran rúbrica, un certero estoconazo, rodando sin puntilla el bovino de Núñez del Cuvillo.

El público exigió los máximos trofeos.

Andrés los merecía.

El remilgoso presidente se hizo el exigente y bajo un falso statu quo que supuestamente mantiene el prestigio del coso sevillano, lo negó.

Una cosa ha quedado clara, Andrés Roca Rey, en este momento es inalcanzable para sus compañeros.

Es la primera figura del toreo mundial y como exclamó el inmenso Ludwig Van Beethoven -Andrés lo puede también afirmar-:

¡Andrés Roca Rey, sólo hay uno!

¡Sí!

Para fortuna de él, del Perú que le vio nacer, de España que lo arropó con cariño de becerrista y le ha visto trascender como torero; y por supuesto, para fortuna del arte del toreo universal.

¡Dígase la verdad… aunque sea motivo de escándalo!

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@PERIODISTAURINO 

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