Lo comenta Antonio Lorca… Los bombos taurinos, una novedosa iniciativa que no tiene marcha atrás

El pasado 27 de agosto, la tauromaquia moderna vivió un momento histórico; y así puede ser calificado por su aire renovador y su trascendencia; porque escenificaba en sí mismo una formidable sorpresa tan inesperada como reconfortante, y porque si a partir de ahora se establece como norma puede erigirse en una palanca revolucionaria que la fiesta de los toros pide a gritos para su imprescindible modernización.

El escenario no fue el más adecuado: el patio de caballos de la plaza de Las Ventas, sobre un suelo arenoso, y un fuerte olor a estiércol en el ambiente con molestas moscas astifinas como invitadas de piedra.

Pero la obra merecía la pena: los carteles de la Feria de Otoño se decidieron por sorteo, en presencia de un notario, y entre bolas azules, blancas y rojas. Por vez primera, los despachos, las influencias, los favores, las imposiciones y los caprichos pasaron a un segundo plano, y todo quedó en manos de la suerte.

No todo, claro, porque la perfección no existe. Los toros y los toreros los había elegido previamente la empresa, y, como suele ocurrir, entre unos y otros figuraban nombres que no merecían estar en los bombos, y no estaban algunos a los que, inexplicablemente, les han negado el pan y la sal ganados en el ruedo madrileño.

A pesar de ello, Simón Casas, el jefe de Las Ventas, se erigió por méritos propios en el más relevante protagonista del toreo. Ningún empresario se había atrevido hasta ahora a utilizar el azar para componer los carteles de una feria; y eso no lo hace cualquiera.

Casas, con esa imagen de cowboy malo del oeste americano, la cara surcada por cicatrices prominentes, el cabello desaliñado, raído pantalón vaquero, chaqueta moderna, camisa desabrochada y sin corbata, con esa sonrisa que no sabes si es de bienvenida o desafecto, su voz aguardientosa, una dicción que exagera su origen francés, esa pinta de canalla de alta escuela, y su desaforado empeño por ejercer de poeta taurómaco…

Ese Simón Casas, tan criticado, ha sido el primero en abrir un camino nuevo.

Y ese acto innovador, entre moscas astifinas y maloliente perfume a caballo, se celebró cuando el mundo del toro está en plena ebullición.

Entre las plazas medio vacías —o medio llenas, según se mire—, la impunidad manifiesta del afeitado —extendida como una mancha de aceite por todo el orbe taurino—, la perniciosa dictadura del sistema, la ausencia de un claro liderazgo en el escalafón, el hundimiento del toro bravo, la práctica desaparición de las novilladas, la huida de muchos aficionados, el protagonismo de un público festivalero y triunfalista y la constante pérdida de exigencia, a casi nadie se le oculta que la tauromaquia moderna está urgentemente necesitada de medidas innovadoras que devuelvan algo de ilusión a tantos que la han perdido.

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Porque el mundo del toro ofrece claros síntomas de cansancio. No se sabe si lo están los taurinos, que esos no abren la boca, pero, sí, con toda seguridad, los asistentes habituales a las plazas, aficionados (pocos) y espectadores. Hace tiempo que se nota en el ambiente que el espectáculo taurino necesita una renovación para evitar su lenta, pero inexcusable, desaparición.

Y en estas, cuando nadie se lo esperaba, el empresario de Las Ventas, Simón Casas, se sacó un conejo de la chistera e hizo realidad uno de los sueños que, desde hace años, muchos aficionados han planteado sin éxito ante las empresas.

Los bombos taurinos, al estilo de una práctica habitual en el mundo del fútbol, no son, claro está, la panacea de los toros. El azar no es la solución a los muchos y graves problemas de la tauromaquia, pero rompe con una tradición que hoy ya no tiene ningún sentido.

A la vista está que los carteles con las mismas figuras de los últimos veinte años y con las ganaderías más comerciales del campo pierden interés tarde tras tarde.

A la vista está que muchos buenos aficionados han desertado ante la dictadura de un sistema que manda con un poder omnímodo, que impone ternas, toros, precios, calendarios y horarios al margen de los intereses de los clientes.

A la vista está que la fiesta de los toros necesita una puesta al día, una nueva reordenación, un planteamiento empresarial diferente, nuevo, revolucionario…

Los bombos no serán la panacea, pero sí una herramienta que puede devolver parte de la ilusión perdida.

El problema es si Simón Casas —el cowboy malo del oeste— será capaz de ejercer como verdadero revolucionario del toreo y se atreverá a gestionar la feria de San Isidro con el mismo criterio.

Hay quien piensa —y puede que no le falte razón— que las figuras se podrían negar a participar en el nuevo formato, lo que restaría interés al ciclo isidril; sin duda, pero habría que afrontar el reto, resistir el chantaje de los toreros y descubrir quiénes son los verdaderos enemigos de la fiesta de los toros. Y que cada cual asuma las consecuencias de sus actos. Porque es más rentable una feria sin figuras que la muerte de la tauromaquia.

En suma, los bombos no tienen marcha atrás. No deben tener marcha atrás.

Volver a lo mismo de siempre sería una traición, una nueva decepción…

Quién sabe, además, si los bombos de la feria de Otoño son el último tren de la tauromaquia moderna.

Simón Casas tiene la oportunidad de pasar a la historia como el gran renovador de la fiesta o ser el protagonista del desengaño que certifique la defunción del espectáculo.

Menuda papeleta tiene por delante el empresario… Eso le pasa porque es un (bendito) osado.

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  • Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País

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