Lo comenta Antonio Lorca… Rejoneo familiar, juvenil y caduco

Guillermo es hijo de Pablo. Guillermo acaba de comenzar su carrera en el mundo del rejoneo y aún lidia novillos. Esta circunstancia no ha sido impedimento para su presentación en las Corridas Generales de Bilbao.

Es evidente que el padre ha recomendado al hijo, lo que no es de extrañar en un país en el que la mayoría consigue trabajo con la colaboración de un familiar. Pero queda claro, una vez más, el mando en plaza, y fuera de ella, que ostenta Pablo Hermoso de Mendoza.

Tanto como colocar a su hijo y desplazar a un compañero de alternativa, y no sólo a, Diego Ventura, a quien parece que tiene arrinconado de por vida.

Recomendado, pues, llegó el joven Guillermo -acaba de cumplir 19 años-, y demostró su natural bisoñez, su avanzado aprendizaje en la casa del padre, sus buenas cualidades para el toreo a caballo, su valor y pundonor y, también, su enfado, cuando las cosas no salieron como estaban previstas.

Como es lógico, monta una cuadra excepcional, pero justo en reconocerle una soltura fuera de lo común, conocimiento de los terrenos y la pasión suficiente como para superar sus carencias con la fuerza de la juventud.

Es una foto del padre, como no podía ser de otra manera. Paró a sus toros con facilidad, quebró en banderillas con seguridad, clavó los arpones a la grupa, como ya es habitual en todos los caballeros, templó con torería y mató mal.

El momento culminante lo alcanzó ante el sexto de la tarde, un toro de encastada nobleza, como toda la corrida, y, a lomos del famoso caballo Disparate, emocionó a los tendidos en un intenso tercio de banderillas. Templó muy bien a dos bandas, se lució con la suerte de la hermosina, y el ambiente se caldeó cuando tomó un par de banderillas para clavarlas a dos manos.

La suerte no le salió bien en las dos ocasiones que lo intentó, y además, falló reiteradamente a la hora de matar. Sea como fuere, el recomendado no dejó mal al recomendante, y se le atisban condiciones suficientes para conseguir metas más altas.

El padre, por su parte, estuvo sin estar en él; al menos, esa fue la impresión que dio. Muy preocupado, quizá, con la actuación de su hijo, la suya fue fría, anodina e insulsa; como de trámite. Ejecutó el rejoneo de siempre, con su maestría habitual, pero sin vida y sin gracia. Un rejoneo caduco, que sonaba a antiguo, carente de innovación y pasión.

Su momento más sobresaliente lo protagonizó con Berlín en el tercio de banderillas del cuarto de la tarde. Y especialmente lucido fue la ejecución del segundo garapullo, ceñidísimo, muy de verdad. El resto fue más de lo mismo, rejones de castigo y banderillas clavadas a la grupa, sin más aparente compromiso que cumplir con un contrato. De hecho, palmas y ovación fue un balance impropio del reconocido maestro.

Y la triunfadora del festejo fue la convidada de piedra, la rejoneadora francesa Lea Vicens, que avanza poco a poco, muy lentamente, pero se le premió por su decisión y su afán por agradar.

Se le notó con más oficio que en su reciente paso por San Isidro, pero sigue clavando muy despegado, ejecuta los quiebros a considerable distancia del toro, lo que reduce su brillantez, y mata tan deficientemente como los demás, siempre con el rejón trasero o en los bajos.

A pesar de todo, templó con estética y divirtió a la concurrencia, que no es poco…

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  • Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País

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