En Pontevedra… El Juli y Roca Rey cortan un trofeo

Pontevedra. Domingo 5 de agosto de 2018. Feria de la Peregrina. Toros de Alcurrucén, bien presentados y de juego desigual, destacando el tercero, encastado, con transmisión y emoción. Más de tres cuartos de plaza

Julián López El Juli: silencio tras aviso y oreja.

José María Manzanares: ovación con saludos tras fuerte petición y ovación con saludos tras aviso.

Andrés Roca Rey: ovación con saludos tras aviso y oreja.

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Todos los años, todos, me lo repite mi amigo Juan Nieve por estas fechas: “Después de la Peregrina, winter is coming”. Se lo traduzco. Se acaba la temporada y los toros que, por una razón u otra, no han sido vendidos aprovechan las corridas agosteñas para lucir su escaso trapío o poca bravura. Ahora o nunca, decía Elvis.

Tenía el primero la fuerza justa en las manos para no caerse. Bueno, un poco menos, alguna vez lo hizo. Se mantuvo en el ruedo y fue un toro noble y repetidor al que Julián lo aprovechó en un toreo clásico de manos bajas llegando a veces a viajar los vuelos de la muleta arrastrados por la arena. Este público le quiere y mayor sería la recompensa si menor fuera el uso del acero. Por ahí se fue todo.

La suerte en el sorteo miró para otro lado en el caso del madrileño. Fue el cuarto un toro soso, falto de ritmo. Enseguida comprendió El Juli que se trataba de una faena al natural y con la mano izquierda logró arrancar los pases suficientes para cortarle una oreja a un toro que acudía topando, a arreones y siempre con la cara a su altura. Gustó el matador, serio en su labor.

Variadísimo quite de Roca Rey al tercero alternando chicuelinas y gaoneras. Tres cambiados por la espalda calentaron al público y la estruendosa ovación presagiaba algo grande. A eso se dedicó el peruano ante un toro fijo, humillador, repetidor… ¡un bendito! Ovacionado en el arrastre se fue Carafea, el mejor presentado del encierro, un toro en el tipo clásico de la casa y de gran juego. Se llevó las dos orejas en su sitio por culpa de la espada. Hubiera sido premiado, en cantidad y en justicia, Roca porque sabe aprovechar al máximo sus muchas habilidades y su gran momento de forma. Se lució y lució al de Alcurrucén. Lástima de suerte suprema.

El sexto era feo lo mires como lo mires. Debía ser buena persona. ¡Y simpático! Es lo que siempre se dice. Era feo, muy feo. Y bruto. En presencia y en actitud. Las embestidas no permitieron el lucimiento al acabar todas en tornillazo o con la cara hacia las nubes que hoy no pudo ver. Probó Roca y alguna tanda parece que encontró, alguna, hasta que el toro acabó suelto buscando las tablas, era lo que le faltaba. Lo intentó todo el torero, con una tanda alternando molinetes y cambiados por la espalda para acabar. Nada que hacer, a no ser tratar de imponerse al principio sin dejar hacer al toro.

De Manzanares suponemos que su boca es suya, porque ni eso dijo. Fue el segundo un toro parado en los dos primeros tercios y de menos clase y combustible que el que abrió plaza. Exigió esto mayor esfuerzo por parte de Jose Mari y su buena labor, una cosa de este mundo, arrancó una petición que rozó la concesión de la primera oreja por parte del nuevo presidente. Anotamos a El Juli este hecho.

El quinto era lavado de cara y escurrido, pobrecillo. No se entendieron ni quisieron lucirse. Las excesivas precauciones del alicantino no llegaron siquiera a hacer faena. Ni se fio ni se acopló. Toreo siempre hacia fuera y despegado.

Cuentan de una vecina mía que pidió en un restaurante de postín un cheesecake sin queso, asustada ella por tantas intolerancias cuando no tiene ninguna. La siesta nacional está tan edulcorada, tanto, que quizá ya seamos todos, ¡todos!, alérgicos a la bravura y no lo sepamos.

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