En Badajoz… Orejas que tapan la realidad

Badajoz. Casi tres cuartos de aforo. Tarde de temperatura cálida. Se han lidiado toros de Zalduendo, correctos de presentación y de condición desrazada.

Enrique Ponce: Oreja y oreja.

Antonio Ferrera: Oreja y ovación con saludos.

Ginés Marín: Dos orejas y silencio.

Detalles:

A la finalización del paseíllo se guardó un minuto de silencio en memoria del Fernando Masedo Torres, decano de los periodistas extremeños.

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Una vez más, y son ya tantas que he perdido la cuenta, la corrida de Zalduendo fue fiel al guion establecido: un petardo ganadero, en el que se sucedieron por toriles uno detrás de otro, animales nobles; pero huecos de raza y exentos de bravura. Justo lo contrario a lo que se necesita en estos tiempos para, al menos, mantener a los cuatro locos que siguen apostando por gastar su dinero en ir a los toros en una ciudad que minuto a minuto se desangra taurinamente hablando.

Salgo de la plaza aburrido y triste. En una palabra, descorazonado. Y también cabreado. Que Enrique Ponce y Ginés Marín saliesen a hombros no es más que un espejismo que nubla la realidad vivida en el ruedo. Que además lo hiciesen sin esperar a que se marchase a pie su compañero Antonio Ferrera, es un gesto feo y a contra estilo que no le pega a ninguno de los dos espadas.

Cinco orejas se han cortado. Principalmente porque los tres toreros, con profesionalidad y mucho oficio, echaron para adelante una corrida desangelada en la que las cinco orejas concedidas no hacen más que tapar la realidad.

Una de cada uno de sus antagonistas cortó Enrique Ponce tirando de magisterio, mucho pulso y enormes dosis de temple. A su primero le tapó todos los defectos habidos y por haber toreándolo siempre a favor de obra. Hasta el punto de que llegó a entusiasmar a un público, que, en esos momentos iniciales, deseaba con toda la fe del mundo de que pasasen cosas en el ruedo. Y lo que pasó fue que el de Chiva dictó la enésima lección de qué es el temple ante un animal sin celo que como toda la corrida buscó el camino de los chiqueros. Caminos que el valenciano supo taparle hasta que al final no le quedó otra que terminar toreando en los tendidos de sol, zona en donde se ubica los corrales en la plaza pacense.

El cuarto resultó más de lo mismo. Otro toro que salía de las suertes mirando a tablas y que encima calamocheaba en las embestidas. A base de tesón y otra ración de dosis de temple consiguió enjaretar, casi al final de su labor, una meritoria serie en redondo jaleada con entusiasmo por el respetable.

El primero del lote de Antonio Ferrera se acostaba por el pitón derecho. Lo puso de manifiesto en el saludo capotero y lo volvió a mostrar en la brega de Javier Valdeoro. Como no hay dos sin tres, al segundo muletazo de trasteo que le administró Ferrera se le coló por dentro poniendo el uy en las gargantas. Con buen criterio, el de Villafranco cimentó su labor al natural. Lo llevó siempre muy tapado con objeto de evitar parones y miradas. Por más que el torero extremeño puso la técnica al servicio de su tauromaquia le fue imposible corregir la tendencia del animal a picar para adentro. Lo mató de forma habilidosa sabiendo el peligro que encerraba el astado en su pitón derecho.

La faena al quinto la comenzó Ferrera con los vuelos para abrirle los caminos y de esa manera evitar que el toro se le quedase en las zapatillas como era su condición. Al igual que en el anterior lo mejor vino por el izquierdo al natural. Pero duró lo poco que el astado tardó en echar la persiana. Se puso complicado para entrar a matar, lo que unido a la colocación defectuosa del acero y el golpe de verduguillo hizo imposible cualquier atisbo de petición. Todo quedó en una ovación con saludos. La que eché en falta al romperse el paseíllo y que esperaba que se produjese de una afición que llevaba cinco años se cumplirán mañana sin verle en su ruedo.

El lote de Ginés Marín tuvo el denominador común de la mansedumbre en estado máximo. Su primero huyó de los capotes durante todo el primer tercio. Se dobló el de Olivenza en los compases iniciales del muleteo hasta llevarlo a los medios. Con suavidad le fue corriendo la mano al natural, pero la sosería del animal impidió que la labor cogiese fuelle. A pesar de los esfuerzos del torero por agradar. Lo mejor sin duda de su actuación fue el tremendo volapié que tiró al de Zalduendo sin puntilla.

La faena al sexto la comenzó por estatuarios. En el primero, dado a favor de querencia, se le coló de forma peligrosa. Y ese fue todo el recorrido que tuvo el astado que puso el freno de mano haciendo imposible la mínima opción de plantearle faena. Marín, con buen criterio, abrevió y lo pasaportó con otro buen espadazo. Tardó el animal en doblar y tuvo que atronarlo con el descabello.

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