Crónicas

En Aguascalientes… El sendero del cempasúchil

Plaza de toros Monumental de Aguascalientes, menos de medio aforo. Corrida en el marco del Festival de Calaveras. Se lidiaron astados de Montecristo desiguales en presentación y de juego variado.

Octavio García El Payo: Palmas y palmas tras aviso

Luis David Adame: Al tercio y oreja con protestas

Diego San Román: Silencio y silencio

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Díganle a la muerte que se espere, que aún no deseamos que nos lleve de la mano, díganle a la señora que aún nos quedan esperanzas de que, una tarde cualquiera, volvamos a emocionarnos, a corear faenas cumbres, porque la tarde de hoy día… no”.

Sí. Díganle a la muerte que se espere, que aún no deseamos que nos lleve de la mano, díganle a la señora que aún nos quedan esperanzas de que, una tarde cualquiera, volvamos a emocionarnos, a corear faenas cumbres, porque la tarde de hoy día… no.

Hoy en la Monumental la Catrina nos guiñó el ojo, llegó tan dulce la muerte a sentarse en tendido, curiosa de nuestro pensar, de nuestro callar, y es que no es para menos ya que la afición hidrocálida siempre está en espera de algo que le estruje el alma, no nos culpen, es la costumbre y es que a últimas fechas las gotitas con sabor a torería son pocas.

Las dos caras de la moneda fueron las faenas de Luis David Adame, la primera asentada y esperanzadora, la segunda bullanguera e histriónica.

Adame en el primero de su lote, un astado de brío en la salida al que saludó con larga afarolada, de pie lanceó a la verónica para rematar con media a manos bajas, poca vara al de Montecristo para luego quitar por chicuelinas y revolera.

Por alto comenzó su labor con la muelta, zapatillas firmes rematando con el pase de pecho. Por derecha lo metió poco a poco a su labor y vaya que por naturales hubo algunos de mucha calidad y pinturería, mismos que nos hicieron pensar que por fin se había quitado el estigma familiar.

Prosiguió por ese lado con largueza y sonó (sin pedirla) la Pelea de gallos, luego las poncinas en exposición, tanto que el astado le metió un achuchón, esto no agradó a todos y se lo hicieron saber con silbatina. Para finalizar dejó en las carnes del burel tres cuartos de acero, trasero y tendido para escuchar palmas en el tercio.

El quinto de la tarde fue para Luis David la hora de la vendimia. Saltó a arena un astado justo de presencia que tuvo alegría hacia tablas y capotes, lances a pies juntos y revolera lucida. Chicuelinas andantes para llevarlo al caballo donde recibió poca leña. Caleserinas y la diana desde las alturas. Hasta ahora caminaba por el rumbo de la seriedad, mientras cruzábamos los dedos para que fuese así y no se asemejara a un afiche inelegante, como su publicidad, pero nos equivocamos.

Puso banderillas con más teatralidad que estructura y colocación; y de muleta aquello se acrecentó, rodillas en tierra ante el inminente desencanto de algunos, luego de pie tandas por derecha ante un astado que fue manejable y repetidor, pero prontito se distrajo con las miraditas al alto tendido habitado por los músicos y con ademanes muy entendibles les dijo:

 ¡O la pelea de gallos o ninguna! y los mandó a callar.

Prosiguió por ese lado que fue potable, tomándose de los cuartos traseros y otra vez la desviación a lo musical

 ¡Qué le pongan la suya! Expresivamente decía.

Ya al fin la obtuvo y a torear y a cantar se dedicó, gritando juntamente con el tendido

¡Viva Aguascalientes!

¡Ah, pero de torear se trataba, sí! Pues de eso prosiguió por naturales limpios, aguantando en la cara, por ello bien, pero lo sobreactuado y nada natural nos lleva a creer que estábamos en el ferial. Unas tandas más por derecha, pero ya el astado deslucía por la debilidad, se le puso rodillas en tierra y los avíos a volar.

Y es que cuando en la actuación, el toro deja de ser lo más importante es ahí donde la fiesta brava se convierte en una fiesta gansa,  y si el torero en cuestión tiene las armas, el valor, la elegancia para encumbrarse.

¿Por qué decantarse por el terreno de lo vano?  

Al final, dejó tres cuartos de acero muy caída y muy trasera, aun así, el coleta espero en el tercio, ejerciendo presión al juez de plaza, cual enamorado espera bajó el balcón de su amada, mendingando un poco de amor, y aunque no se asomaron los pañuelos se le otorgó una oreja que fue protestada.

Es aquí que, por este tipo de actos cuando la afición quizá acepte decirle sí a la Catrina se decida caminar por el sendero del cempasúchil.

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La Catrina del celebérrimo grabador hidrocálido José Guadalupe Posada

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Una flor de cempasúchil, para recordar a los inolvidables muertos

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Octavio García El Payo se enfrentó en primera instancia a un astado justo de presentación que nunca se empleó, poca vara y de muleta El Payo comenzó por bajo a media altura, dándole la tela por derecha, cambios por la espalda y el remate de pecho. Esforzado el torero ante un enemigo que se le quedaba muy corto, voluntad sin más respuesta. Mató de tres cuartos de espada trasera y caída para escuchar palmas.

Con uno de mejor presencia El Payo tuvo su segunda actuación, la debilidad del astado no le permitió muchas florituras, intentándolo por ambos lados sin lograr la conexión deseada, sin embargo, quiso agradar extendiendo su labor, mal con las espadas hasta escuchar un aviso y retirarse entre palmas.

Diego San Román se enfrentó al tercero de la tarde uno de mejor presencia de Montecristo, que salió sin emplearse apenas empujando en tablas, de muleta probó por derecha, aunque por ese lado doblaba las extremidades delanteras, continuó con la embestida descompuesta había que ponerse dominante, puesto que no era de dulce, le desprendió varias veces de la muleta, pero regresó a plantarle cara para extraerle algunos muletazos. Ya para el ocaso de la faena se le quedaba corto y aquerenciado le levantó la cara pegándole un susto, las cosas se le complicaron con el acero hasta escuchar un aviso y retirarse en silencio

El que cerró plaza fue otro justito de presencia que en las telas iniciales no se empleó, provocó un tumbo en el caballo, sin sangre y hubo que acercarle una vez más al piquero. El Payo aprovechó su turno al quite y dibujó verónicas y revoleras, mientras que San Román replicó con chicuelinas.

Con la muleta le puso las peras a diez, nada fácil el de Montecristo que también exigió las credenciales, el joven queretano con deseos intentó por ambos lados sin concretar la labor. Complicada la situación, se fue por la espada fallando en varias ocasiones para retirarse en silencio.

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@AnaDelgado28 

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