Reportajes

Bernardo Lazo: El joven policía peruano que además es torero

En un reportaje anterior, decíamos que tras una buena historia era posible encontrar otras más que partiendo de la primera puedan establecerse, entre todas las que vayan surgiendo, vínculos comunes. La siguiente, es una de ellas y su conexión con la original, la del niño Elizbán Huayt’o que cumplió el sueño de conocer a su ídolo el matador Andrés Roca Rey; resulta inevitable.

El domingo 13 de noviembre del 2022, al finalizar la última corrida del corto serial de la Feria del Señor de los Milagros, numerosos aficionados aún no dejaban los tendidos de la plaza de toros de Acho. Eran tantos que fácilmente dejaban oír estentóreos ¡olés! a cada lance de capa que ejecutaba el niño Elizbán Huayt’o estrenando capote nuevo, en el medio del ruedo. Habida cuenta ya había recibido clamorosa ovación varios minutos antes cuando el astro mundial del toreo lo invitó a hacerlo mientras paseaba las dos orejas cortadas a su primer toro.

Pero el honor no fue únicamente para El Huayt’o. En un momento se acercó también al redondel un inaudito personaje. Se trataba de uno los efectivos policiales que prestaban servicio en el coso aquella tarde y que ante el asombro de los presentes por lo poco habitual del hecho, no tuvo mejor idea y desparpajo de aficionado, que echarse a pegar unos lances blandeando los vuelos del capote con singular armonía y cadencia acompasados por el entusiasmo general.

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Policía Joel Lazo, ensayando unos lances en Acho. 13/11/2022

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Se trataba del efectivo policial, SO3 PNP Joel Lazo. Un joven aficionado de 26 años y natural de una zona muy taurina del Perú profundo. La provincia de Cotabambas, Apurímac. Policía y torero, o viceversa; por cuanto lleva en su alma la identificación plena de ambas condiciones.

Hoy, pasados los días, no se arrepiente de haberse dejado llevar por aquel impulso de torero aficionado sin sopesar las posibles sanciones o amonestaciones que le pudieran acarrear. Por el contrario, se siente feliz: “Imagínese, don Martín, que le lancen olés a uno en la mismísima plaza de Acho…bien vale cualquier cosa” —nos dice, con notorio orgullo.

Le explicamos que seguramente no habrá situación tal —la de las amonestaciones por parte de sus superiores— porque no se debería considerar como falta alguna. Además el propio jefe a cargo esa fecha es un gran taurino. La fiesta de los toros es de todas las personas que gusten de ella. Despierta pasiones y sublima sensaciones por igual.

Me oye como asintiendo y parece que por ahora es lo menos que le preocupa.

De un tiempo a esta parte y por bendición de Dios, es cada vez más frecuente que los aficionados exterioricen sus sentimientos. Lo hemos visto ya en el rutilante mundo del deporte, donde futbolistas aclamados han sabido festejar con un lance o un pase, algún gol o triunfo. Cantantes famosos como Andrés Calamaro o Joaquín Sabina incluyendo en sus shows alusiones a la tauromaquia. Periodistas, personajes de la televisión, de la sociedad y de la cultura, ya que ni se diga.

Esa desinhibición que le hace frente al correctismo enmascarado tras el abolicionismo, surge ahora también dentro de los componentes más rigurosos de nuestras instituciones. Reivindica el hecho de que por encima de todo prevalece el ejercicio de la libertad como fundamento de la dignidad atribuible a la condición humana. Eso es moralmente ético. Y el verdadero acto moral implica el respeto a la propia dignidad y a la de todos. Kant lo sentenciaba categóricamente: “Una acción sólo es buena si el principio al que se somete su máxima puede valer para todos”.

Manteniendo aún el nudo en la garganta por lo vivido la tarde del pasado 13 de noviembre, al final de la corrida estelar de la feria limeña; ubicamos al agente policial Joel Lazo para conocer algo más de su historia, que desencadenó en la acción que ahora nos ocupa:

“Hola señor Martin, buenas tardes, soy el S3 PNP Joel lazo y en el mundo del toro me hago llamar como Bernardo Lazo porque así se llama mi padre quien aún se resiste a aceptar esta loca afición que me nació en el año 2008. Por eso llevo su nombre, para cuando me vea torear en una plaza se sienta orgulloso y le empiece a gustar también mi afición y llegue a entender lo hermoso que es.”

Escucharlo, nos conmueve. Bien se afirma que ser torero no solo es coger un trasto y pegar pases. Es, sobretodo, saber sentirse torero llevando impregnado en la piel y bajo el alma un sentimiento. Natural de Quillabamba, Cusco, en la práctica se considera más cotabambino puesto que allí transcurrió su infancia.

“En el año 2014 me viene a Lima para cumplir otras metas de realización personal. Así, ingresé a la Escuela de Sub-Oficiales de la Policía Nacional del Perú. Una vez egresado comencé mi carrera sirviendo en la gloriosa caballería de la Escuela de Educación Superior Alipio Ponce Vasquez”

“Luego me desempeñé en otras especialidades como perito balístico y servicio básico en comisarías y patrullaje.”

En un momento de la charla, evoca la circunstancia más peligrosa que le ha tocado experimentar en su corta carrera policial: la de enfrentarse a malhechores cuando perpetraban un asalto. “Eso fue el 2019. Me enfrenté con dos delincuentes armados quienes ingresaron a un conocido establecimiento para cometer un asalto. Fui el único policía en ese instante y pudimos, luego con mis compañeros, capturar a los delincuentes” —nos relata con la mirada firme.

Pero y los toros, le pregunto; y ahora sí, su rostro retoma el brillo inicial:

“Le cuento. Terminando la pandemia vi un anuncio de una corrida de toros en Santa Rosa de Quives (distrito del norte cercano a Lima, en la provincia de Canta) que organizaba el novillero Guillermo del Águila. Fui sin conocer a nadie pero tuve el gusto de entablar amistad con Guille y varios otros toreros, como los matadores Víctor Hugo Garavito y Eduardo Valenzuela”

“Luego ya no había fin de semana que dejara de ir. En Santa Rosa de Quives empecé a torear y aprender del toreo. Poco a poco fui entendiendo más al toro. Su comportamiento. De tal manera que mi idilio con el toro se puede decir nació desde allí”

Decías también que tuviste profesores de toreo de salón…

“Sí claro, en realidad mis primeras clases fueron con el profesor Miguel Zapata El Piri que daba clases en una loza deportiva por el barrio de Amazonas. Pero también, en una de las jornadas en Santa Rosa, conocí al matador Paco Céspedes quien generosamente me invitó a su finca en Chiclayo”

El joven Sub Oficial Lazo, pese a no prestar servicio en el distrito del Rímac donde se ubica la Plaza de Acho, tuvo la iniciativa de encontrar la forma de poder estar presente el domingo 13 de noviembre para no perderse la última del abono con la corrida cumbre que protagonizaban Julián López El Juli, Andrés Roca Rey y Arturo Gilio. ¿Cómo lo hizo? Pues presentándose como voluntario para el servicio ante el jefe operativo, un oficial muy taurino por añadidura:

“Ese día yo me encontraba de franco (tiempo libre de descanso). Me presenté con la señora comandante comisaria del Rímac quien me derivó ante el jefe operativo del servicio policial en la plaza, el comandante Barriga, jefe del destacamento de Caballería. Mi comandante me asignó un puesto dentro del callejón”.

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Nos cuenta que su referente en el toro es el maestro José Tomás de quien dice lo motiva a enfrentar la vida como delante del toro. “En esos quince minutos tan cortos, uno entiende y valora los presagios del destino; les hace frente con determinación”. En sus palabras explica el saber anteponerse al drama irresoluto que plantean las vicisitudes de la vida misma.

En otro aparte, manifiesta su satisfacción por estar conociendo a muchos toreros. Acaba de hacerlo con los matadores Pedrito de Portugal, Manuel Escribano, El Juli; el propio Roca Rey

Joel, o Bernardo Lazo como le gusta anunciarse en alguna tienta o capea, sabe que el techo en la carrera policial está determinado por situaciones variables. Por eso sigue paralelamente estudios universitarios de Derecho. Lo del toro no lo va dejar y afirma categórico que su pasión lo acompañará de por vida. De hecho, piensa que cuando forme familia la trasladará a su descendencia.

De momento, acaba de retornar del norte peruano, donde en la ciudad de Piura le echaron dos vacas avisadas y exigentes. Cumplió con la papeleta como cumple con su deber ante la sociedad; pero sobre todo, cumple consigo mismo, fiel a su convicción y pasión personal.

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Junto a los novilleros Guillermo del Aguila y el Piri con el matador Emilio Serna

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Foto portada: Gonzalo Yanallalli

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