Joselito en Lima, tras cien años de su trágica partida

“Corridas de manolas, gran festival taurino,
no existe buen torero que a mi ciudad no vino,
ahí vienen la procesión y las vianderas,
que después en el solar, marineras,
Octubre mes morado color de la tradición.
…acompañaremos al Señor, Cristo Moreno,
Señor de los Milagros y Patrón de la Ciudad”.

Esta sumilla del valse criollo, Lima de Octubre, resume lo que en realidad era —y es— la costumbre en la capital del Perú de ver a las máximas figuras del toreo mundial, gusto que no ha dejado de ser hasta hoy, pese a toda circunstancia, requisito en la exigencia del público aficionado limeño.

En momentos actuales del azote de esta fatal pandemia, casi se nos pasaba desapercibido recordar no solo el centenario del catalogado más grande de todos los toreros, sino que de su paso por Lima, para actuar en la única plaza de toros en que lo hizo en esta parte del mundo, la de Acho.

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Antes que llegaran José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte, se da un hecho único en Lima: el del comienzo de una etapa fulgurante con la presencia del diestro mexicano Rodolfo Gaona durante el año de 1916 siendo el primero de los verderamente figuras del toreo que actuara en la capital peruana, precisando que nos referimos a las figuras en plena vigencia y apogeo a las que añadimos a  Ignacio Sánchez Mejías.

Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, arribaría un año después, en 1917 y repitió cuatro temporadas que culminaron en 1925, manteniendo un idilio permanente y recíproco con la afición.

José Gómez Ortega, Joselito, más joven en edad pero más antiguo en alternativa que su paisano, llegaría a esta ciudad dos años después, en 1919, actuando hasta febrero de 1920.

Pudo haber llegado el año anterior conforme tenía pactado con los empresarios de Acho de aquel entonces, el señor Ubaldo Botto y su hermano, pero la muerte de la madre del torero gitano lo impidió.

Hecho lamentable que también sumó junto a un pesar amoroso y la cada vez más exigente presión que recaía sobre él por parte de los aficionados españoles, que tomara la decisión de aceptar el contrato de los hermanos Botto para venir al Perú y “despejarse un poco de todo ello”. Aparte de lo sustancioso del contrato para la época, de unas 35 mil pesetas por corrida más las 110 mil que le correspondió de la tarde del beneficio suyo.

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En este tiempo del arribo del menor de los Gallo, reseñaba para la posteridad el cronista Leonidas Rivera Don Máximo: “Joselito se estrenó en Lima en las condiciones más desfavorables pues tuvo en contra suyo un factor poderosísimo, la sombra de Juan Belmonte, que había dejado un recuerdo imborrable”

Los partidarios de aquél que protagonizó la denominada “Época de Oro del Torero” con los otros dos irrepetibles, Rodolfo Gaona y Joselito El Gallo, consideraban irreverente que alguien —fuese quién fuese— se atreviera a opacar la estela de su ídolo.

De hecho, este período esplendoroso de la fiesta, se inicia con la alternativa de Juan Belmonte el 16 de octubre de 1913 y concluye con la trágica desaparición de José Gómez Ortega Gallito, el 16 de mayo de 1920.

Apasionamientos propios de la fiesta de los toros, tal como sucedía en la cuna del toreo, en Lima no lo llegó a ser menos y el día del debut de Joselito se hizo ostensible en los tendidos.

Como cierto es que fueron algunos españoles belmontistas quienes se encargaron de influir en crear el ambiente adverso al de Gelves entre los aficionados limeños por medio de misivas con todo tipo de denuestos en su contra.

Estos detractores locales se organizaron tras una porra de energúmenos, como refiere Don Máximo, y procuró hostilizar al diestro debutante, desde ni bien iniciar el paseíllo.

Sin duda, nada justificaba dicho accionar de ese sector de aficionados limeños que no sea atribuible a un fanatismo exarcebado.

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Gallito, el prodigio del toreo en ciernes, inmutable cruzó el ruedo y ni la bulla de pitos, matracas y cencerros le pudieron hacer cambiar de semblante.

No faltó un impertinente que le gritara en plena faena de una de la decena de actuaciones que cumplió en suelo limeño: “¡ Usa la izquierda…!”, fue entonces que el diestro cambió de mano y templó con la muleta a un toro cinqueño y albahío de Asín, para instrumentarle cinco pases naturales “portentosos” como si les dijera ahí les va, uno por año.

Tras ello, todos los instrumentos del que se valían esos patanes cayeron a los pies del torero  y las injurias dieron lugar a la aclamación unánime y delirante.

El benjamín de los Gallo, fiel a su personalidad y toreo que abarcaba los tres tercios, lo dominaba todo, al toro, a la plaza y a los públicos.

¡Que Lima estaba viendo al que la historia iba a llamar por siempre Rey de los toreros !

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Joselito compareció en la capital del Perú en 10 actuaciones:

1919

14 de diciembre, con Isidoro Martí Flores Ferrando Flores y Francisco Martín Curro Vásquez (padre de la saga de los famosos Vásquez) ante toros de La Rinconada de Mala.

21 de diciembre, junto a Curro Vásquez y Ángel Fernández Pedraza Angelete, en corrida de La Rinconada de Mala.

Esta fue una actuación notable de Joselito conforme relata el crítico Tío Cencerro: “Joselito hizo dos grandes faenas, en las que cortó orejas y un rabo; actuación llena de detalles artísticos de la que salieron los más exigentes de la plaza con una satisfacción y alegría que pocas veces han experimentado”.

28 de diciembre, repite con Flores y Angelete, con toros de Asín.

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1920
1° de enero, novillada en la que Joselito participa acompañando a su cuadrilla para las que se daba el festejo en beneficio, nada menos que como banderillero. Los novillos eran de Vilcahuaura, propiedad de don Augusto Leguía.

4 de enero, agotados los billetes del viejo coso limeño de Acho, corrida de El Olivar propiedad de don Celso Vásquez, conformada por los hijos de El Sereno un semental de Veragua. Alternó con Isidoro Flores y Curro Vásquez.

Sobre esta corrida, el crítico taurino del diario decano “El Comercio”, Carlos Solari Don Quijote (padre de Zeñó Manué), escribió:

“La afición limeña tiene ya para rato. La de ayer fue una corrida de ovaciones delirantes y la labor primorosa que desarrollara Gallito, el egregio sevillano, bien merece, no digo, ser el ritornello obligado de diálogos y soliloquios, sino que es ecreedora a la obra de arte imposible, que la perpetuase para mayor gloria de Gelves, enseñanza que las futuras generaciones y confusión de taurófobos indocumentados y sin sindéresis…

“¡Joselito, Ave César, Imperator ! ¡De todos los tiempos y de todos los magnates de coleta y taleguilla, Ave, Ave !

“Tres verónicas monumentales y un quite que fue el acabóse!

“¡Qué finura, qué temple, qué suavidad¡ !Dominio y arte supremo incomparable!”

11 de enero, mano a mano con Manuel Rodríguez Manolete, padre del Mosntruo de Linares, toros de El Olivar.

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19 de enero, corrida suspendida a mitad debido a la descomual bronca que se produjo en rechazo a los Saltillos mexicanos que adolecieron poco trapío e invalidez. Hicieron el paseíllo, Curro Vásquez y Joselito y como sobresaliente apareció Joaquín Capa Capita.

25 de enero, mano a mano con Isidoro Flores, ganado de El Olivar.

1° de febrero, otro mano a mano, esta vez con Curro Martín Vásquez ante una corrida de La Rinconada.

8 de febrero, corrida de El Olivar donde Joselito, que mató seis toros cortando cinco orejas y un rabo, doctoró al nacional Alberto Fernández Cachucha.

Fue la última presentación de Joselito en una Lima que quedó maravillada y fanatizada con el diestro, a decir del mismo cronista del diario La Prensa, El Tío Cencerro, que reseñaba:

“Cautivó para siempre a la afición limeña de por sí tan exigente y tan amiga de los grandes toreros. ¡Cuánto de hacer en el toreo hizo José (Joselito) en Lima! Toreó de capa con arte, verdad y variedad insuperable, sus verónicas ceñidas, sus quites abanicados con suavidad y elgancia. Banerillero en los terrenos más difíciles, hizo faenas maravillosas, supremamente estéticas destacando algunas series de naturales inmejorables y muy acertado matando.

“Se ve al gran artista pero toda la afición supo aquilatar su arte soberano, su ciencia maravillosa y la manera impecable como interviene en los lances de la lidia…”.

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Joselito toreó nueve corridas y participó en una novillada en Lima, no todas con buenos resultados por los fallos del ganado en su mayoría y por los factores inesperados que suelen aparecer en el toro desde siempre condicionando a que no fueran aquellas tardes de rotundidad y de triunfo clamoroso.

Pero de las buenas y memorables sin duda que bastaron estas para dejar en las retinas de los privilegiados que las presenciaron y que ya no están, como indeleblemente en los registros y textos que hacen perdurar la epopeya y el recuerdo de alguien que como él representa la cumbre misma del toreo universal de todos los tiempos.

Algo más de tres meses posteriores a su última actuación en estos pagos al borde del río hablador, moría, hace una centuria, el gran y mítico Joselito, vestido con el traje grana y oro que le confeccionaron aquí, tras ser prendido por un toro de la Viuda de Ortega en Talavera de la Reina, dando origen con ello a su otro y definitivo encumbramiento, aquel que Lima, esa vieja y señera Ciudad de los Reyes, le contemplara como el rey de todos los toreros.

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