En Manizales… Castella bebe de pozo seco

Monumental Plaza de Toros de Manizales, cuarto festejo de la feria taurina de la capital cafetera, correspondiente a una corrida de toros. Con un lleno parcial, al ruedo los cornúpetas de procedencia Domecq de la dehesa de Las Ventas del Espíritu Santo, dispares de hechuras y justos de fuerza y casta, tres de ellos pitados en el arrastre, destacando el quinto, en el que cierto sector del público vio condiciones para un exagerado indulto.

Paco Perlaza: Silencio tras dos avisos y silencio.

Sebastian Castella: Oreja y dos orejas.

Álvaro Lorenzo: Silencio y silencio tras aviso.

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Con un lleno parcial se dio inicio al cuarto festejo de la feria taurina de Manizales, da gusto ver como la fiesta brava ha encontrado nicho ideal en la capital caldense a razón de su cultura, idiosincrasia y calidez; definitivamente todo un ejemplo para las principales capitales de la américa taurina en cuanto a organización, acceso y economía, al demostrar cómo se pueden ofrecer tardes de interés sin necesidad de asfixiar el bolsillo del aficionado.

En la cartelería se anunciaron los toros de Las Ventas del Espíritu Santo, en su única comparecencia en la temporada nacional, presentado un encierro dispar de hechuras, aparatoso en kilos y justísimos de fuerza y casta.

Bueyes de pesebre (apelando al apunte de Emanuel Sanchez) que en ocasiones debía empujar para que acudieran a las telas; en fin, una corrida pensada para el destoreo propuesto por las figuras, y que exigía de un trato (más no lidia) experimentado y contundente.

Paco Perlaza: El ya curtido diestro vallecaucano, que venía de indultar en Cali, expuso sus argumentos ya conocidos, toreo de punta y para la galería, forzando la figura y la forma en función de tapar las carencias de técnica; su primero Melódico (496 kilos) se mostró incierto de salida, optando por refugiarse en tablas exigiendo de una lidia de manso, que nunca llego, con el acero se embarrulla escuchando dos avisos, silencio y sonoros pitos en el arrastre.

Su segundo, el jugado en cuarto bis, Sonoro (554 kilos) sin duda fue lo más feo del encierro, mostrando hechuras de vaca lechera y falta de fondo, tras dar clavar los pitones en la arena da voltereta que lo mengua dejando todo en intenciones; un bicho al que nada pudo hacerse, con la espada deja feo bajonazo que silencia la tarde, de nuevo pitos en el arrastre.

Sebastian Castella: El torero de Béziers ya hace parte del corazón del aficionado colombiano, por su temple y sitio, por esa frialdad armónica con la que se entrega; su primero Pamplonica (482 kilos) fue un animal con movilidad al que el francés supo dominar, mostrando una poderosa derecha afeada por la desclasada embestida que nunca supo de humillación; mata con convicción dejando estocada un tanto contraria, recibiendo un apéndice en premio.

El quinto Barco (544 kilos) aunque incierto y mansurrón de salida, se vino a más en el último tercio, presentado esa movilidad tan propia del toro contemporáneo, condición que el galo supo aprovechar abandonándose a su toreo, ya conocido y recorrido, pero que no deja de llamar la atención y calar en los tendidos, fue tal la entrega que, cierto sector del público se volcó por un indulto, exagerado e inconveniente (pues no podemos llegar a la decadente indultitis de plazas como la Monumental México); con la espada deja soberbia estocada que le permite reclamar dos trofeos, mientras el toro da la vuelta al ruedo.

Álvaro Lorenzo: Así como inexplicable fue su inclusión en la feria como intrascendente su presentación, quedándose en una pose de figura, cuando aún tiene todo por ganar y demostrar; una pena que se pierda un cupo internacional en un torero tan frío e inconexo con los tendidos, una expresión aséptica alimentada solo por pretensiones, propia de una época en que es mejor parecer que ser.

Valga citar el caso del señor Talavante que ahora pretende ser un segundo Jose Tomas, resguardándose en la pretensión de que dejando de torear se convertirá en mito, empero cada maestrillo con su librillo, y la pose nunca será mejor que la original, la primera está destinada al olvido, la segunda ya es inmortal.

En su primero Mesurado (488 kilos) dejo algunos momentos con la pañosa, siendo más funcional que emotivo, acompañando más no toreando; con el estoque deja una trasera obligándolo a descabellar en contadas ocasiones, silencio.

El cierra plaza, de nombre Melacita (454 kilos) acuso el sino mansurrón del encierro acudiendo sin convicción, obligado y con la cabeza por alto, en fin, un manso reservón y reculón, al que el toledano acompaño y sobo lo mejor que pudo, en una labor carente de emoción y carisma, con los aceros de nuevo fea estocada y repetidos usos del descabello, silencio tras aviso.

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@Manzanarestoro

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Fotografía: Cafo Ossa

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