Crónicas

En la Monumental México… Y dijo adiós Ignacio Garibay

Segunda corrida de la Temporada Grande 2018-2019. Cerca de un cuarto aforo, unas doce mil personas. Se han lidiado toros de La Estancia propiedad de los señores Martínez Vértiz, disparejos en presencia, mansos, descastados e inválidos. Un toro de regalo de Julián Hamdan, manso con movilidad borreguna.

Ignacio Garibay: Oreja y oreja.

Sebastián Castella: Silencio y silencio; oreja en el de regalo.

Diego Silveti: Silencio con aviso y silencio.

Detalles:

El banderillero Gustavo Campos fue llamado al tercio tras dos pares voluntariosos, que en nada se acercan a los extraordinarios que tiene acostumbrados a los exigentes aficionados.

Al finalizar la faena al cuarto de la tarde, Francisco Dóddoli en su calidad de representante de los toreros mexicano, acompañado de Juan Luis Silis, entregaron un reconocimiento a Ignacio Garibay por su adiós a los ruedos.

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Ignacio Garibay, se ha despedido -como torero en activo- de la Monumental Plaza de Toros México, cuando veía a lo lejos su evidente nostalgia que le invadió, mirando y volviendo a mirar la inacabable majestuosidad de mayor coso del mundo, por donde transitó tantas tardes desde su temprana juventud, le comente a mi hermana Guadalupe, que me había recordado aquella frase del Mahatma Gandhi:

No existen las despedidas entre nosotros. Allí donde estés, te llevaré en mi corazón”.

Y eso supongo que le tenía emocionado a, Ignacio Garibay, porque siempre llevará en su corazón a la Monumental México, y ahí habitarán todas las tardes que vivieron juntos.

Claro, hubo triunfos y fracasos, sonrisas y enfados, pero la tarde en cuestión, a pesar de que los toros de La Estancia no fueron el elemento propicio para la grandilocuente creación; en ambos extrajo lo más intenso de su pasión, por la entrega implícita y el sentimiento explícito.

Tuvo dos toros tan debiluchos, que apenas y podían mantenerse en pie, pero les supo guiar con serena inteligencia, conducir con mimo, ofrecerles ternura infinita, tal y como lo haría el gentil ortopedista que requerían con urgencia para no desfallecer en la arena.

En este nada agradable contexto, Ignacio, se creció más ante el reto de su adiós, y concretó dos faenas que impactaron en los emocionados espíritus de los diletantes taurinos.

Y lo hizo con base en cercanías y con suma lentitud, para ayudarles a no caer.

Durante este notable esfuerzo, y ya en el último movimiento del adiós; aparecieron luces que brillaron en el epílogo de su faena venidas de los tendidos, en medio de las ya conocidas y muy mexicanas Golondrinas, melodía con la que se despide a lo más querido.

Ignacio se despidió, oreja tras la rubrica de cada ejemplar, vueltas emotivas, y salida en hombros triunfal en medio del reconocimiento de la muchedumbre que asistió a verle decir adiós al coso titular de América.

Monsieur Castella, quien por cierto lució tremenda melena –crinière extraordinaire- tuvo el santo de espalda, porque vaya dos mansescos ejemplares; eso fue lo que le deparó la suerte, pechó con ello, y dejó momentos interesantes, pero fueron tan aislados, que poco se recordará.

Por eso acudió al animalillo de regalo, algo que debería de ser cosa de un pasado del que ya nadie quiere saber en la historia de la Monumental México y, que fue escrito por el siempre mal, muy mal recordado Herrerías, quien usó y abusó de este ‘sistema’ para complacer a los figurines.

Apareció un toro de Julián Hamdan Cerda, quien lamentablemente no heredó la sabiduría del inolvidable, altruista, gentil y luminoso, San Pepe Chafik Hamdan Amad.

Un toro manso, débil de los cuartos traseros, que tampoco peleó con el caballo, al que Monsieur Castella, consumó faena correcta, con trazos templados y de indiscutible cercanía, brillando intensamente, pero…

… pero, era toro de regalo.

Taureau cadeau.

Y, eso resta toda grandeza y resta toda verdad, porque lleva a tener siempre ‘preparado’ un séptimo cajón con un animalillo escogido, y…

… y, es oportuno recordar que el arte presupone verdad.

L’art présuppose vérité.

En fin, que después de una estocada perpendicular, delantera y caída, la gente entusiasmada algunos por las bebidas espirituosas de una tarde de emociones encontradas, pidió una oreja, y…

… una oreja fue a dar a las manos de Monsieur Castella.

C’est la vie.

De, Diego Silveti, poco hay que decir, estuvo, le tocó un primero que fue inválido, y según los entendidos, si le hubiera llevado a media altura, algún provecho habría sacado, pero…

… pero tampoco pudo sacar nada de su segundo. Se pasa perdiendo el tiempo con poses que le hacen ver falso y afectado; y bueno, la gente le acabó echando.

La empresa ya cumplió con ponerlo este año, aunque sus clientes no lo quieran volver a ver.

Al final, los hombros de los habituales costaleros -cargadores- condujeron a, Ignacio Garibay, hacia el umbral de la Puerta del Encierro, que en verdad es una puerta grande, y así la atravesó en medio del cariño y respeto de sus seguidores.

¿Vendrán otras despedidas?

Puede ser, pero la que en verdad deja algo sólido para la historia, es la que hoy hemos narrado, porque se escenificó en la Monumental Plaza de Toros México.

¡Dígase la verdad… aunque sea motivo de escándalo!

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